En comunidad

Embajadores de Proyecto Shoá acompaña iniciativa de Algo por Alguien

Por Fabian Alvarez

El pasado sábado 10 de agosto salimos a servir comida con la organización Algo por Alguien con los Embajadores de Proyecto Shoá. En esta actividad participamos pocos, en especial porque como uno de los coordinadores hacia algunos meses que no había podido organizar nuestra actividad mensual. La continuidad y el sentido de pertenencia en los proyectos de voluntariado son fundamentales. 

Sin embargo Teófilo y Samuel de Montevideo, Maylén de Juan Lacaze y Agostina y yo como coordinadores acudimos a la cita y le dedicamos nuestro sábado a salir de nuestra zona de comodidad y a combatir la indiferencia. 

A lo largo de mis ocho años en el proyecto y mis aún más haciendo trabajo honorario, de servicio a la comunidad, mucho de lo que hice fue hablando, tratando de inspirar a otros a ser el cambio que desean ver en el mundo, instándolos a salir de la indiferencia.

Creo fuertemente en el poder de las palabras para dejar de ser insensibles frente a la realidad que nos golpea. Creo que todos podemos hacer la diferencia dando y dándonos al otro. Amando fuerte. Generando espacios seguros, poniéndonos en el lugar del otro. Como podamos, lo mejor que podamos. Cada lugar es único y es irreal pensar que podré realmente vivir lo que el otro vive. Que el otro viva lo que yo vivo. 

Sin embargo las palabras dicen poco si no se acompañan de hechos. Y con los Embajadores lo sabemos. Nuestra actividad mensual consistió justamente en llevar café y comida caliente a quién lo precisa. 


Nos juntamos a cocinar e hicimos polenta con salsa, arroz frito (con cebolla, morrón y caldo de verduras), estofado de arroz, papa, boniato, caldo de verduras, lentejas y arvejas y arroz con salsa.

Cocinamos por horas, nos reímos de lo torpes que quienes coordinamos Embajadores somos en la cocina, admitiendo lo privilegiado de nuestra existencia. Los chicos nos enseñaron a Agos y mí más de lo que podríamos nosotros a ellos. Y entre todos le pusimos amor. Y vimos que era bueno.

Al llegar nos llevamos sorpresas. Muchas de las personas ya habían comido sin embargo habían otras tantas con hambre y necesidades, pidiendo café o algo caliente, viendo si había juguetes para niños u abrigo... y de repente escucho entre la gente el grito de “¡Profe!”. Sabrina, una de las alumnas que asiste a la UTU del Cerro donde soy docente estaba allí. No es mi alumna, pero si de una profesora amiga y yo sabía que era parte de un grupo de alumnas que son fatales. Le serví la comida no sin antes rezongarla con dulzura y pedirle que sea mejor con mi colega. Yo sabía que trabajaba en un contexto de vulnerabilidad, empero, no imaginaba ese golpe de realidad. 

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