Entrevistas

Como el Uruguay a veces hay. No es una frase. Es un libro

Con su autor, el periodista Tomás Linn.

La muy conocida y didáctica pluma de Tomás Linn-columnista durante muchos años en Búsqueda y hoy en El País-ha producido un nuevo libro que él ve como un largo ensayo, sobre Uruguay. Una mirada original al país en el que el autor cree, a pesar de ser consciente de las dudas existenciales que lo han acompañado a este pequeño y gran Uruguay desde su creación misma. Habiendo comenzado la lectura-aún no terminada-sentimos que Tomás Linn logra distanciarse para analizar, pero sin dejar de ser parte, para abordar tanto la historia como la idiosincrasia y mentalidad de los uruguayos.

 

P: Tomás, nos convoca a esta entrevista la publicación de tu nuevo libro, original y especial ya desde su título “Como el Uruguay a veces hay”. ¿Lo resumirías como una visión pesimista u optimista del país?  ¿Muestra que la cosa no está tan mal como podría parecer al escuchar a los quejosos o que los uruguayos se creen mejores de lo que son?

R: Muchos que han leído el libro, quedan algo descolocados por eso que ven como pesimismo. Y a todos les contesto que si fuera pesimista, no hubiera escrito el libro. Un pesimista respecto a Uruguay no gastaría su tiempo escribiendo sobre algo que considera que no tiene remedio. Entiendo que existe tal cosa como una idiosincrasia uruguaya, pero que ella no es inamovible. Que de los procesos históricos (y paso revista a varios de ellos ocurridos en el último medio siglo, algunos muy traumáticos) se aprende, se asimilan nuevas formas de ver y se cambia. En muchas cosas Uruguay cambió para bien, en otras lamentablemente cambió para mal y en otras, sigue igual como si nada hubiera pasado. Entonces, para resumir, rechazo lo de pesimista pero sí digo que mi libro tiene un fuerte tono crítico, de rebeldía y enojo, que de alguna manera es una forma de expresar mi forma de querer a mi país.

La razón del nombre del libro, “Como el Uruguay a veces hay” (que cambia un poco aquella vieja frase de “como el Uruguay no hay”)  es la de cuestionar esa idea de que nos creemos únicos y peculiares, y no hay país en el mundo como el nuestro. Hay: hay países mejores y hay países peores. Y todos tienen su peculiaridad y todos tienen, también, muchas más cosas en común de las que creemos. Por lo tanto, con ese título quise desde el arranque, poner las cosas en su lugar en cuanto a sobre qué sería el libro. Un libro que abarca reflexiones sobre un largo período que arranca en una etapa en que existía un espíritu de gran autocomplacencia y de sentirnos satisfechos con nosotros mismos (los años 50 del siglo XX), pasa por los muchos sacudones y traumas así como también cosas buenas que nos pasaron en ese largo período hasta llegar a esta actual etapa de nueva autocomplacencia, muy parecida a aquella aunque quizás un poco erosionada en estos dos últimos años.

En nuestro regodeo de creernos un país peculiar, hacemos un gran esfuerzo por tomar distancia de otro país que no siendo como el nuestro, tiene muchos elementos en común que es Argentina. Y digo un poco en serio un poco en broma, que si los argentinos creen ser los mejores del mundo, los uruguayos (siempre proclives a la ley del menor esfuerzo) les alcanza con sentirse mejores que los argentinos.

 P: Al empezar a leer, ya en el prólogo, sentí que te movía una necesidad de aclarar cosas que los propios uruguayos no entienden a fondo. O que no conocen. Cosas básicas de la historia nacional tanto de los orígenes como de la historia moderna, especialmente desde los Tupamaros y la dictadura militar. ¿Estoy en lo cierto?

R: Es que una de esas discusiones interminables que tienen los uruguayos es respecto a nuestra independencia. ¿Cómo es eso de que el 25 de agosto de 1825 se declaró la independencia, si a reglón seguido decidimos unirnos a Argentina? Es una pregunta de quien lee los hechos con el diario del día siguiente. Hoy hay un Uruguay como país. En 1825 no existía ni la remota posibilidad de que ese país existiera. Lo que hubo fue una provincia que era parte de la Provincias Unidas, pero estaba ocupada por los brasileños (antes los portugueses) y que quiso romper todo vínculo con ese imperio. Roto ese vínculo, la provincia vuelve a su seno original: las Provincias Unidas que ya eran independientes de España. Después vino toda la otra discusión a partir de cuando esa Provincia se separa de las otras y termina creándose un estado nuevo. Pero creo que esa enorme confusión tiene mucho que ver con la forma en que los uruguayos nos vemos a nosotros mismos. Un país que tuvo largos períodos de conflictividad civil, y largo períodos de civilizada convivencia. El que arranca a fines de la década del 60, con el surgimiento de la guerrilla, la agitación social y política, la violencia, la represión y el desenlace en una dictadura que duró 12 años, fue muy traumático para el país y dejó sus huellas. A su vez, lo que vino después (con todos sus bemoles) fue y sigue siendo una etapa larga de vida democrática muy estable donde todos los partidos en algún momento alternaron en el gobierno. Uruguay tuvo largos períodos de civilizada convivencia democrática en el siglo XX, pero creo que esta es el período que viene siendo más largo, y ciertamente más estable y maduro. Así que, como ves, no en todo puede decirse que soy demasiado crítico.

Tomás en su escritorio (Foto: Lidia Campana)

P: ¿Cuál dirías que fue tu nervio motor central para escribir este libro?

R: Muchas veces me han preguntado cómo se me ocurrió escribir este libro y a lo que respondo con cierta ironía que hace tiempo tenía en mi cabeza escribir algo sobre un tema muy preciso y acotado: el Uruguay.

La propia experiencia profesional fue uno de los motores que me impulsó. Hace más de 45 años que ejerzo el periodismo y eso implicó estar, vivir, ser testigo y ser protagonista de muchas cosas. Creo que fue un medio siglo fundamental en la historia del país y me pareció necesario dejarlo consignado. Y acá hago una aclaración muy importante. Esta es mi visión de cómo siento, vivo y entiendo a mi país. Quiero a través del libro compartirla con mis lectores, pero no pretendo que ellos estén de acuerdo con cada una de las cosas que opino.

P: Como bien aclaras en la introducción misma, en el libro.

R: Así es. No intento convencer a nadie de mis razones. Que lean y disfruten el libro sí, pero sería un acto de suprema arrogancia suponer que además estén de acuerdo en todo. Cosa que por otra parte es imposible que pase. Con suerte algunos lectores estarán de acuerdo con algunos capítulos pero no con otros y además, cada lector discrepará en cuestiones diferentes. Creo que eso es bueno, que para eso uno escribe. Para compartir mi forma de pensar, para estimular a la reflexión pero no para generar unanimidad.

P: Tú comenzás el libro haciendo referencia al bicentenario para el que falta poco. Pero de hecho a tan unos años de una fecha tan significativa, sigue habiendo  percepciones diversas respecto al tema de la independencia nacional, lo que Artigas quería, y sobre la pregunta de en calidad de qué nació Uruguay.  ¿Cuál es la respuesta más clara al respecto?

R: Cuando yo nací hacía 20 años que el país había celebrado el centenario de su Constitución, que fue el momento en que Uruguay empieza a funcionar tal como lo conocemos. Me impresiona pensar que en poco tiempo más empezamos con la ronda de los bicentenarios de los hechos de 1825, 1828 y 1830.

Algo de cómo percibimos la independencia te comenté en una respuesta anterior. En mi libro tomo mucho de lo que sobre ese origen reflexionó en su momento Carlos Real de Azúa, quizás la visión más ponderada de cómo fue aquel proceso. Pero es verdad que en temas que tienen que ver con nuestros orígenes sigue habiendo una interminable discusión. Tal vez, para reafirmar la identidad de un país recién creado, de forma un poco forzada (más allá de esa historia de fuerte rebeldía y autonomía que tuvo esta provincia respecto a otras) era necesario anclar una figura como el gran héroe nacional y fundador de nuestra nacionalidad. Esa necesidad es entendible. Pero dudo que Artigas se haya visto en ese rol, por el simple hecho de que Uruguay, como tal, no existía. Así hemos forjado una idea de un gran prócer, único e irrepetible, de una manera tal que no ha sido sana para el país. Si partimos del supuesto que Artigas fue lo máximo, nadie más puede serlo. Por lo tanto, este país nunca podrá ser mejor de lo que es. Está destinado a estancarse.

Es lo que yo llamo a lo largo del libro, la tendencia al “unicato”. Suponer que solo un única forma de entender nuestra historia, nuestras figuras, nuestras expresiones culturales es válida y lo demás ni existe. Y ojo, siempre pensé que Artigas fue una gran figura. Polémica, intransigente a veces en demasía, con una propuesta sólida: el Artigas del año XIII, con aquella Oración de Abril y las famosas Instrucciones, donde despliega toda esa visión democrática, republicana, federal y liberal. Muy pocos de los líderes independistas de aquella época tenían tal lúcidez. También tuvo sus flancos débiles y su talla histórica responde a su grandeza pero también a sus flaquezas, sus imperfecciones. Como todo ser humano tiene.

 

P: Quizás justamente la combinación de grandezas y flaquezas es lo que puede convertir a una figura en un gigante…no la infalibilidad. Me despierta una asociación con la figura del Rey David en la historia judía…¿Por qué él “Rey de Israel” y no su hijo el Rey Salomón? Quizás por algo similar… Una pregunta relacionada a la anterior. ¿Las dudas sobre la viabilidad de Uruguay como país te parece que se plantean por su origen mismo o por las circunstancias en las que vive ya su vida independiente?

R:Presumo que cuando se planteó la creación de un estado separado de las Provincias Unidas e independiente del Imperio del Brasil, se daba por sentado que era una idea viable. Fue luego que vinieron las dudas. En parte por esa cercanía casi asfixiante con sus dos poderosos vecinos. Y más tarde apareció el tema de la viabilidad económica. Hay algo como que nunca cierra en Uruguay. Su escasa población, una productividad acotada, trabada por la burocracia y el costo de un estado desmedido. Un país que si bien por lo menos desde inicios del siglo XX tuvo siempre una relativamente equitativa distribución de la riqueza, no logra superar los bolsones de pobreza. En el libro uso la imagen (que es de un líder político, no es mía) del “país de la frazada corta”. Sí, hay una frazada que cubre y protege pero al abrigar un hombro destapamos un pie y nunca logramos que todo el cuerpo esté bien tapado. Es un país que tiene cosas de país desarrollado, pero nunca logra serlo. Y sin embargo, pese a las dudas, subsiste. El debate sobre sí el país era o no viable fue muy fuerte en los años 60, años agitados si los hubo, tanto en lo político como en lo económico. Y 50 años después, con todo lo que pasó en el medio, acá estamos. Es decir que por el solo hecho de que contra viento y marea, el país subsiste, alcanzaría para decir que es viable. No por la mejor de las razones. Pero lo es. O al menos, lo viene siendo.

 

“Con laicidad, a veces ofendo y temo”

P: Creo que uno de los títulos más fuertes de los casi 30 capítulos es “Con laicidad, a veces ofendo y temo”. Que Uruguay es un país sumamente laico es bien conocido, aunque también haya mucha gente creyente. ¿Es una laicidad exagerada que coarta? ¿Cuál es el temor de por medio?

R: No sé si la palabra es que la laicidad uruguaya es “exagerada”, pero ciertamente es un concepto que se aplica con dureza, con rigidez y con intransigencia. Y no creo que eso sea bueno, porque expresa intolerancia (y hasta un sentido de superioridad) hacia quienes profesan algún tipo de fe religiosa. Los uruguayos ven como algo normal que su población, en una proporción muy alta, no se sienta religiosa. Pero no es lo habitual, ni siquiera en las democracias más seculares de los países desarrollados del mundo. Eso lleva a una suerte de represión intangible a toda forma de expresión pública de lo religioso. Se reclama que lo religioso no salga de adentro de las cuatro paredes del templo. No se acepta que la prédica de alguna religión pretenda ser parte del debate público de la sociedad. Esto va más allá del concepto de separar iglesias de estado. La gente que se siente parte de una religión es tan uruguaya como el resto. Es ciudadana y además religiosa y los valores de su religión son parte de lo que quieren ser como personas que integran una sociedad. Sin embargo eso es socialmente reprimido (no legalmente, no por la fuerza) en Uruguay. A mi entender viene de una visión afrancesada del concepto de separación de iglesias y estado, que no me convence demasiado. Y es que la separación se hace para defender al Estado de la influencia de las iglesias. A mi entender, la separación debería hacerse para defender al ciudadano, para que el Estado no le imponga una determinada religión oficial, para que cada uno sea libre de creer en lo quiere, y practicarlo, si es que cree en algo. O sea, el laicismo no debería estar para proteger al Estado, sino para garantizar al ciudadano la libertad de elegir qué creer, cómo creer, si es que quiere creer en algo.

P: Dicho sea de paso en ese capítulo mencionás por ejemplo el año nuevo judío y el Día del Perdón, en sus nombres hebreos, Rosh Hashana y Yom Kipur.

R: Así es. El uso de las expresiones en hebreo para referirme a festividades judías, confieso que lo hice con total naturalidad. En Uruguay convivimos uruguayos de diferentes religiones y orígenes inmigratorios y asumimos expresiones y prácticas culturales que son de otros. Si bien no soy judío, en mi vida cotidiana, en mi profesión, en mis contactos habituales lo judío está siempre presente. Tengo amigos judíos, colegas judíos, he tenido estudiantes judíos, es todo parte de una convivencia natural y lógica. Si los judíos uruguayos se refieren a sus festividades en hebreo, termina pues siendo la forma uruguaya de decirlo. Como debería ser la forma uruguaya de denominar a otras festividades por su nombre histórico y milenario: la Navidad o la Semana Santa, sea o no santa, sea uno creyente o no. En mi casa (mis raíces son escocesas e irlandesas) algunas de esas festividades se las llamaba por sus nombres en inglés, y me parecía lo más normal. Como algunos las mencionan en italiano o en la lengua que sea. Eso es Uruguay: todos venimos de lugares distintos, arrastramos modismos, tradiciones y costumbres distintas, somos capaces de reconocer las de los otros porque al final, todos somos uruguayos y creo que eso es algo muy positivo.

 

¿Es posible resumir un país?

P: En el libro abordás muchas facetas del país, no sólo de su historia sino también de su actualidad y percepción de sí mismo. Si te pido presentar a Uruguay en unas pocas frases, pintar a nuestro país de cuerpo y alma en uno o dos párrafos…o en tres o cuatro oraciones ¿qué dirías?

R: Como de cualquier otro país, no cometería la injusticia de sintetizar en pocos párrafos lo que es el país. Creo que un país es algo demasiado complejo, su gente, la forma en que fue evolucionando a través de la historia, como adhiere a ciertas costumbres que marcan su identidad y rechaza otras; todo ello define la complejidad de un país. A veces lamento que pese a su escasa población, que un país con tanta diversidad sea tan adepto a los unicatos. Solo una visión, una música, un tipo de libro, un prócer; son unicatos que nos identifican pero lo demás no cuenta. Eso no es bueno. Por otra parte, si bien en muchas cosas Uruguay ha mejorado y evolucionado, lamento que en otras sea un país tan hostil, a veces tan cruel consigo mismo. Por momentos, parece que no nos queremos.

Por otra parte, valoro mucho el apego histórico (pese a algunas interrupciones) a lo que es la institucionalidad democrática y a como importa la libertad de su gente y el respeto al Estado de Derecho. Me resulta, eso sí, asfixiante la presencia de un Estado abarcador que no da espacio al desarrollo personal, al crecimiento y a un mayor bienestar. Creo que el Estado tiene funciones que cumplir, sin duda, pero en Uruguay tiene dimensiones asfixiantes y por momentos paralizantes. Por eso mismo siempre está expulsando a su propia gente a buscar mejor destino en el exterior.

Veo con mucho interés el desarrollo de lo que yo llamo cambios “socio-morales” y que otros llaman la agenda de derechos. Rechazo muchas veces la retórica ideológica, tan agresiva y excluyente, que se usa para defender esa agenda, pero creo que reconocer esos derechos era algo necesario. Así es nuestro país, propenso a complicarse, entreverado, pero que en algunas cosas saber ir para adelante. Solo que a un ritmo lento, demasiado lento.

P: ¿Algo más que quisieras agregar, que no pueda faltar?

R: Por más que en una entrevista intente explicar que quise hacer con este libro, al final pienso que este, como cualquier otro libro, se defiende por sí solo. Creo que se trata de un texto que atrapará al lector, lo enojará por momentos, lo interpelará en otros, le hará ver coincidencias y también discrepancias y por último lo invitará a reflexionar. Y mucho. Ojalá pues que sea así.

P: Enriquecedor. Muchas gracias Tomás. Un gusto y un honor entrevistarte.

R: Gracias a ti Ana.

Ana Jerozolimski
(20 Octubre 2019 , 09:44)

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