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Israel

No lo recuerdo sólo a Rabin sino también la incitación que llevó a su asesinato

24 años después, recuerdo el estupor, la sensación de orfandad.

A Itzjak Rabin lo mató el odio, la intolerancia, la incitación. El extremismo de quienes se creían dueños de la verdad y patrones de la seguridad de Israel. Igal Amir apretó el gatillo y disparó tres veces, pero el arma la cargaron quienes en manifestaciones violentas y discursos enardecidos, calificaron a Rabin de traidor que vende el presente y futuro de la nación.

No, Rabin no era un santo merecedor de idolatría. Era un político falible, con el que sus adversarios tenían derecho a discutir. Y más aún, si estaban convencidos de que la política que estaba llevando adelante, era peligrosa para Israel.

A discutir, no a matarlo para frenar el proceso de diálogo que había echado a andar con sus otrora enemigos.

Rabin era un gobernante valiente que tras décadas de dedicar su vida a la lucha por la seguridad de Israel, llegó a la conclusión que se debe intentar pasar la página y dialogar con aquellos a quienes antes veía sólo por la mirilla del arma, porque así lo habían impuesto los enemigos de Israel. Riesgos calculados en aras de la paz, sin dejar de lado medidas de seguridad.

 

Sin duda, era una apuesta compleja. Rabin sabía que se corría riesgos y tomaba todas las precauciones para intentar minimizarlos. La idea era llegar a la paz en una realidad distinta, no exponer a Israel. Eso lo pueden hacer los estadistas, no los pequeños políticos.

Y también hoy recuerdo…el estupor cuando el asesinato.

El dolor.

El llanto que jamás pensé podría brotarme con tanta fuerza por alguien que no era de mi entorno cercano.

La sensación de orfandad.

El silencio en la calle. Los rostros serios de la gente por doquier. Como si nadie se animara a preguntar en voz alta cómo pudo pasar algo así.

Hasta se manejaba con más cuidado…como si todos hubieran comprendido súbitamente que los exabruptos hacen mal.

Recuerdo las kilométricas filas de ciudadanos de todo el país que esperaban en silencio su turno para pasar junto al féretro de Rabin colocado  en la explanada de la Kneset. Entre ellos, muchos que no lo habían votado. Pero que no podían creer que lo hubiesen asesinado.

Recuerdo al hombre en silla de ruedas que se acercó al ataúd, levantó sus manos al cielo, se tocó la kipá que le cubría la cabeza, y lloró.

Y el dibujo que alguien había dejado entre las coronas de flores: las Tablas de la Ley, los Diez Mandamientos…y en letras negras, destacadas: “No matarás”.

Y recuerdo al Rey Hussein de Jordania en el funeral en el Monte Hertzl de Jerusalem. Un año y una semana antes del asesinato, había firmado la paz con Israel y con su socio y amigo Rabin.

 Y al entonces Presidente de Estados Unidos Bill Clinton, que admiraba y quería a Rabin, con la voz entrecortada y el rostro triste, diciendo : “Shalom Javer”.

Y a los niños en la gran plaza de Tel Aviv, que a raíz del asesinato dejó de llamarse kikar Maljei Israel y pasó a llamarse Kikar Rabin, encendiendo velas.

Y a los judíos y los árabes que lo lloraron.

No, no porque fuera perfecto. No porque tuviera razón en todo. No porque fuera infalible.

Lo lloraron porque sintieron que en gran medida, habían quedado huérfanos al irse el Primer Ministro que trató de darles un futuro mejor.

Itzjak Rabin (1922-1995) (Foto: Ariel Jerozolimski)
Itzjak Rabin (1922-1995) (Foto: Ariel Jerozolimski)

 

Y las lágrimas todas debían ser por Israel, donde aquel 4 de noviembre de 1995, con esos disparos, muy poco después de cantarse Shir LaShalom, la canción por la paz, con un Rabin desafinado como siempre pero feliz al ver las multitudes apoyándolo por sus intentos de cambiar la situación y el futuro, se cruzaron todas las líneas rojas.

Y hoy, 24 años después, la gran pregunta es si aquella tragedia se podría repetir.

Hoy son muchos menos los que creen factible aquella paz que Rabin quiso construir. Desde entonces, han pasado años de terrorismo y más guerras. Hoy, el primer desafío es, como dijo Beni Gantz en la multitudinaria ceremonia de este sábado en la plaza Rabin, la paz entre casa, interna.La otra, con los vecinos, sigue siendo un desafío importante, un objetivo clave para alcanzar.

La diferencia entre hoy y 24 años atrás, es que parecería que hoy nadie se hace demasiadas ilusiones.

A Rabin y sus esfuerzos no se los debe olvidar.

Tampoco a los incitadores. Ni a Igal Amir, el asesino. No se los debe olvidar para que a quienes quieran emularlos, los podamos identificar.

Ana Jerozolimski
(02 Noviembre 2019 , 20:57)

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