Mundo Judío

Los avatares de hacerse hombre

por Julieta Habif en twitter @julietahbf

Gracias por la autorización, fue publicado en medium

 

La relación con mi papá desde que entré en esta primera adultez, o como quiera llamarse, es mejor. Abandoné la obsesión con la independencia emocional y nos encontramos para un café una vez por semana, cada diez días. Charlamos de nuestras mañas, nos gusta admitirnoslas; de política, a veces me trae a casa del trabajo y yo desmiento lo que dicen en Radio Mitre y él evidencia que lo que yo digo es, cuanto menos, miope; nos ponemos de acuerdo en que el otro tiene razón, pero. También hablamos de la juventud. Él cumplió 70 está meta flashback, yo le digo que quiero empezar una maestría, él trata de que sea más militante del ocio, de que no me la pase queriendo crecer porque hay buena parte de eso que viene solo. Me encanta que quiera que sea feliz y también no sentir que lo desespera la idea de lo contrario. Este año lo vi caerse en la calle y por primera vez, en lugar de reír, me preocupé. Pero este año también me reconcilié con sus limitaciones, y él comprendió mis lecturas; él contuvo mi llanto desmedido y yo un par de veces lo vi llorar. Pude ver de dónde salía lo que yo llamaba ‘su torpeza para la adversidad’ y él quiso involucrarse más. Nada de esto tiene que ver con la historia que quiero contar, que no es propia ni es de mi papá, pero que parte de un jueves en que me dijo que no podía desayunar conmigo porque tenía el bar mitzvah de Julio, su amigo de hace 40 años, que hoy tiene 74. Mi papá estaba camino al bar mitzvah de un tipo de 74.

Antes de entrevistar a Julio, a quien conozco y que para mis 15 me regaló un reloj Baby-G (que en ese momento era todo lo que una chica sin mayores inconvenientes creía que quería), me imaginé la secuencia y pensé en las preguntas que quería hacerle. Imaginé que, como mi papá, si le invitaba un café no iba a dejar bajo ningún punto de vista que yo me hiciera cargo de la cuenta. Me pregunté si le haría algún comentario sobre la cualidad de ‘incorregibles’ que tienen, no sé si algunas personas, pero al menos algunas acciones. Me pregunté cómo le caería, a mi papá sé que no muy bien. Él me dice, por ejemplo, que es al menos cuestionable que me guste el reguetón y “practique” (así dice) el feminismo. (Me parece bien el verbo, soy una convencida de que el feminismo es acto).

La tarde antes de nochebuena Julio me abre las puertas de su casa, entiendo ahí que tiene mucho más sentido (y es mil veces mejor) que sentarnos en un café. La casa es blanca, amplia, está llena de juguetes de los nietos tirados por el piso, Julio acaba de terminar una juntada con sus amigos. Esa es la primera pauta de la conclusión que todavía no redondeo, pero que tiene que ver con que hay cosas que atamos a la juventud y que en realidad no tienen que ver con un momento, sino con curvas que nos atraviesan y nos acompañan a donde sea que vayamos. Los amigos se levantan, me saludan y se van, él me da un abrazo y yo le doy una macetita con suculenta que le compré a una amiga ceramista. Me ofrece un vaso de agua que va a buscar y en eso baja Diana, la mujer con la que el 31 de enero cumple 50 años de casado. Nos saludamos, Julio le dice “te acordás de Julieta”. Lo afirma porque sabe que me tuvo en brazos, no hay manera de que no se acuerde, pero la verdad es que creo que ni Diana ni Julio me ven hace una década, y han tenido a todos mis amigos de la infancia en brazos, estaría bien (si es que se puede reducir algo tan ambiguo como un recuerdo a ‘bien’ o ‘mal’) que no se acordara. Para fortuna de su memoria, soy igual a mi papá.

Tengo un compás desprolijo para contar. Calculo que es importante, o al menos pertinente, sobrevolar en alguna parte qué es un bar mitzvah; hacer, tomar, celebrar el bar mitzvah. Se lo pregunto a un chico israelí que me cruzo en un hostel dos días antes de año nuevo. Él acaba de terminar el servicio militar obligatorio. Por un rato somos lo más básico que cada uno, desde su lugar, puede ser: yo le gusto por judía y él me gusta por su short de fútbol. Básicos: estamos de vacaciones y queremos fabricar anécdotas. Exprimamos la juventud que papá dice que dura poco. Le pregunto, entonces, le digo que yo ya sé de qué va pero que es para esta nota, y me dice “ok, es una tradición religiosa cuando los chicos se vuelven adultos, más bien jóvenes adultos, y desde ese momento deben vivir bajo los mandamientos de la Torá. Esto es así para personas religiosas, pero la verdad es que para los chicos es sólo una ceremonia y no nos afecta mucho a los 13 cuando la hacemos, es una experiencia excitante, yo la recuerdo así”. Sin que yo responda, agrega “por supuesto que yo no creo que los 13 sean una edad para hacerse hombre, pero la Torá lo dice así, y la Torá fue escrita hace mucho, mucho tiempo, no sé cuánto, cuando las edades en las que se hacían las cosas, casamientos, hijos, incluso muerte, eran otras”. Me encanta que haya introducido la idea de ‘hacerse hombre’ y también me gusta que se haya atajado con lo de la tradición y los tiempos. Me gusta que haya hablado de muerte porque es algo a lo que por lo general la gente no se le anima. Le digo que le voy a mandar la nota cuando la termine, con las sensaciones de Julio y con toda la pompa, pero muy probablemente no lo haga, más que nada por la vergüenza de llamarlo básico.

En la casa de Julio los dos tomamos nuestro vaso de agua con hielo, yo prendo el grabador y 5300 caracteres después empieza la nota. Le pido que empecemos por sus 13 años, qué pasó ahí, si es que pasó algo, que dejó trunco el bar mitzvah y postergó su hombría. Julio arranca con “la historia empieza así”, le valoro la simpleza. Cuenta que cuando él tenía que “hacer bar mitzvah” su papá se enfermó muy gravemente. Su familia estaba compuesta por su papá, su mamá, dos hermanos mayores y una hermana menor. El padre vino a Argentina de Polonia en el ’36, su mamá en el ’38 con su hermano mayor. Para cuando lograron acomodarse, más de una década después, Julio entraba en su pubertad y tenían pensada una fiesta importante para celebrar a ese hombre en potencia. Entonces Julio estudió Torá un año, como todos los chicos de su edad (en ese momento, las mujeres no hacían); invitaron a familiares de afuera, alquilaron un salón, mandaron a hacer invitaciones, compraron ropa elegante. Un mes antes de la fiesta, al padre de Julio le agarró una hemorragia que casi lo mata, y los planes hicieron un aterrizaje de emergencia en una cena austera pero grande, “para agasajar más que nada a los que venían de lejos”. Nada de templo, nada de Dios, nada más que dar gracias a los extranjeros que se tomaron la molestia y a los médicos que lograron controlar la sangre. El tiempo pasó, Julio creció, se casó, tuvo hijas, nietos, se jubiló, y su relación con el judaísmo, dice él, se sentía permanentemente incierta. Lo que quería era un templo de pertenencia. Un lugar al que ir en las fiestas, abrazarse con los afectos, cantar, sentirse parte, una ruta de identidad que fuera doble mano. Ese fue su objetivo a principio del año pasado, por eso se contactó con un rabino recomendado para que lo orientara, que le dijo que después de mitad de año se abrían los cursos de Torá para adultos. Julio tomó el dato y esperó. Pasada mitad de año, recibió el llamado.

“El curso era lunes y miércoles. Lunes curso de Torá, miércoles de hebreo. Arrancaba el lunes a las siete, yo siete menos cuarto estaba parado en la puerta”, cuenta. Hubo un primer asombro: todas sus compañeras eran mujeres. Rocío, tucumana, de cuarenta, que se crió entre judíos. Siempre tuvo las costumbres muy cerca, y de grande viajó a Israel y “de alguna manera, lo sintió”. A los 40 minutos, Julio (creo que sin recordar esto que me dijo de su compañera) me dirá sobre la propia experiencia “me alegra mucho haber estado en la condición de sentirlo”. La otra era Micaela, de 25, a quien su familia le ocultó durante muchos años una bisabuela judía porque no estaba bien visto mezclar sangres. Ella empezó a tirar del hilo, se deshizo de toda la parafernalia moral y quiso aprender más. A la par de este viaje de autoconocimiento, se cruzó con quien es ahora su pareja, un muchacho judío, como seguramente hubiera querido esa bisabuela. Y la otra era Camila, médica, de 28, judía, ahí por y con ganas. “Al principio fue raro, porque cuando yo era más chico en esos espacios no había mujeres, después fue muy lindo compartir con ellas, y después hasta fue necesario. En mi fantasía iba a ser toda gente de mi edad, las chicas podían ser mis hijas, pero nos llevamos muy, muy bien”. Me muestra la foto de los cuatro con el rabino, Ioni Shalom, a quien agradece siempre que lo nombra, y después una con la cantante litúrgica del templo.

En defensa de la extrañeza, cuando Julio era chico prácticamente ningún espacio tenía mujeres.

Amplía una imagen de escrituras en hebreo. Me dice “ves esta marquita roja de acá, de esta hasta esta otra, todo esto, en hebreo. Yo tenía la fonética, si no era imposible para mí, entonces todas las noches hacía el ejercicio de ir asociando la fonética con las palabras. La Torá no la podés leer sin que sea en hebreo, entonces hacía eso, dos palabras y repetía, tres palabras y repetía, y además es cantado, hay que dar una tonalidad. En algún momento empecé a reconocer las letras”. Eventualmente, por cuestiones de horarios, para noviembre tuvo que dejar el curso de hebreo, pero continuó los lunes, y los viernes y sábados iba a las ceremonias de shabat. Se acercaba la fecha y Julio debía interiorizarse (o recordar, si es que todo esta seguía alojado en alguna parte de su cerebro) sobre el resto de los pasos, los tefilin, por ejemplo, que son como unas correas de cuero que uno se ata para leer, todas las mañanas, la berajá (una bendición), y que terminan en una especie de cuadrado que queda en la frente, puntualmente entre los ojos. Julio se puso las mismas que cuando practicaba a sus 12 años. Me cuenta otras reglas: la Torá no se puede tocar, se lee con un apuntador para que las letras no se borren. La Torá se lee entera una vez por año (por año judío), y se repite al siguiente, y al siguiente, y al siguiente. La Torá se escribe a mano. Lleva muchos años terminar una. La Torá empieza por el génesis y termina “en estos días”. Hay lecturas particulares para cada día, los sábados se leen las 7 de la semana. “De todo esto que yo te estoy diciendo, antes de mitad de año era un cero al as, nada sabía, nada de nada”. Le pregunto por el nivel del grupo, me dice que las chicas tenían todas una gran ventaja sobre él, puntualmente las dos chicas que estudiaban para convertirse al judaísmo hace más de un año: “¡sabían todos los cánticos!”. Repite la idea anterior sobre Rocío: “ella es para mí una mujer muy especial. Siente el judaísmo, lo siente como quizá no lo siente un propio judío, y yo de eso también aprendí”.

Antes de que le tocara a él, Julio fue a dos bar mitzvah de chicos de 13 que no conocía. Quería ver la dinámica, los tiempos, todo. Me dice que sabía que estaba preparado, que sabía que sabía, pero que igual tenía temor a pararse ahí, frente a un templo lleno de gente, leer mal, olvidar, pasar papelones. Finalmente salió bien. Sólo cuenta de un momento que lo quebró: durante la ceremonia, se acostumbra nombrar a un chico o chica que falleció en el holocausto y no llegó a hacer su bar mitzvah, es el canal que encontraron para “brindar” esa posibilidad. Para Julio, mientras practicaba, era una instancia más, pero al momento de pronunciar “comparto mi bar mitzvah con…” se largó a llorar.

Con el diario del lunes, le pregunto si se siente “más judío”. Me dice que él siempre supo que era judío, y siempre supo y sabe que practicar el judaísmo “es muy hincha huevos”, pero que su sensación no tenía que ver con la fe, sino con la identidad. “Lo que en un momento era pesado se me empezó a hacer placentero, creo que de eso se trató todo esto”, dice, y habla de estar grande, de pensar en las cosas que podría haber hecho y que no hizo, en las cosas que ya no hay tiempo para hacer y en las que sí (acá, otra vez, reconozco a mi papá), y en lo que “viene de adentro”.

El acto de fe fue, además de para con Dios, hacia él.

Le pregunto por la deuda saldada. Me dice que más allá de eso, fue uno de los días más maravillosos de su vida. Lo dice tres veces, como si cada vez lo dijera por única vez: “fue uno de los días más maravillosos de mi vida”, “fue uno de los días más importantes de mi vida, de los más increíbles sin dudas”. Lo compara con los días en que fue padre y abuelo.

“Hay un momento del sábado en que se cantan alabanzas y habla el rabino, y después se abre el lugar donde está la Torá y vos te ponés el talit (una especie de pañuelo que cubre los hombros). Vinieron mis nietos a ponérmelo, eso para mí no fue sólo un honor, también fue sentir pura emoción, y sano, sanado. Después pasás con la Torá y la gente la besa y te saluda, y no sé cómo será a los 13, pero a los 74 fue, para mí, una marea que me invadía el pecho”. Le pregunto por su papá, si lo recordó. Sabe que mi mamá murió hace poco y creo que por eso se limita a responder con la unidad mínima de esencia: “de una manera u otra, los viejos siempre están”.

Después fueron todos a almorzar, incluidas Camila y Rocío. Micaela estaba festejando en paralelo, por eso no pudo. De sorpresa, Nico, su nieto de 10 años, tocó el violín. El salón entero se paró a aplaudir emocionado, lo sé porque mientras conversamos Julio me muestra fotos y videos. Veo a mi papá abrazado a su mujer tratando de retener las lágrimas. Veo a tipos de 70 llorar ante un nene concentrado. No es ternura. Lo escuchan, lo admiran, lo respetan con su silencio. Julio está feliz porque siente que todo fue auténtico. Concluyo en que eso es, si es que existe tal sintagma,hacerse hombre.

https://medium.com/@julietahbf/los-avatares-de-hacerse-hombre-69a7dad977d6

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