En comunidad

Un mensaje para meditar hoy

Por Guido Cohen, de su facebook

Escribí esto el año pasado, y me lo reencontré este año, editado, posteado en muros y blogs y sin citar fuente.
Me encantaría pensar que es simplemente un error, pero dado que retocaron el texto y cambiaron alguna cosa acá y allá, no puedo pensar otra cosa que es alguien corto de inspiración intentando atribuirse algo que no escribió.

Me encanta que mis palabras inspiren. La torá está para ser compartida y mientras más difundamos mejor.
Y al mismo tiempo, lamento que en el ambiente de educadores y líderes haya gente que no tenga la dignidad de citar lo que encuentra interesante antes de copiarlo.
Cómo ya es la tercera vez que encuentro algo escrito por mí posteado en otros foros y sin citar en estos últimos días, no puedo dejar de compartir cuánto me alegra que haya gente que encuentre interesante lo que escribo, y cuanto me apena que sus egos no les permitan citar de forma apropiada.

Enseña el talmud en el tratado de Megila, que dijo Rabbi Janina en nombre de Rabbi Eleazar "Todo aquel que dice algo citando en nombre de quién lo dice, trae la geula al mundo"

El seder de la foto fue el primero, en brazos de mí abuelo,. Hace 38 años me iniciaba en este ritual sagrado de contar nuestra historia alrededor de una mesa que aún con el paso del tiempo y los cambios de escenario, sigue manteniendo ese particular aroma y esa magia que le dan las melodías que hacen cantar al alma.

Nada me hace más feliz que sentir que mí casa huele a Pesaj. Hace semanas, Daf Setton comenzó a preparar recetas transmitidas de generación en generación, que transforman la casa en hogar y evocan recuerdos que nos conectan con aquellos que amamos trascendiendo tiempos y geografias. Quizá sea esa la única forma en la que como parte de una familia separada por geografías, pueda sentirme tan cerca de aquellos que más amo.

La vida judía es una especie de juego de la oca, que arranca en una punta de la mesa de Pesaj y nos invita a movernos cada vez más lejos de esa esquina, en dirección hacia la cabecera.

Comenzamos en una alejada esquina, como bisnietos, mirando con curiosidad rituales incomprensibles, absorbiendo aromas y melodias, haciendo preguntas y travesuras, sintiendo como pellizcan nuestros cachetes y celebran cuánto crecimos.

De a poco los años pasan y los lugares en la mesa comienzan a girar. Algunos ya no están físicamente y su ausencia se siente en estos días más que nunca, otros llegaron para hacer la mesa más hermosa y ocupar esa esquina que alguna vez nos perteneció. Llegan primos jóvenes, se suman esposas y cuñados, los patriarcas y matriarcas ya son nuestros padres, no nuestros abuelos. Un día, ya no es mí hermana la que levanta la bandeja sino una hija o sobrina. Un día no es el abuelo el que dice el Kiddush sino mí viejo. Un día la comida que añoro no es el dulce de membrillo de mí abuela, sino el que mí madre aprendió de ella , y cuyo sabor mágico mí hermana ya sabe imitar.
Y en el rincón están nuestros hijos y sobrinos, ocupando los lugares que antes estaban reservados a nosotros. Haciendo las preguntas y esperando nuestras respuestas. Cantando el Ma Nishtana con la misma melodía que alguna vez aprendimos a cantar nosotros casi al tiempo que aprendíamos a hablar.

De a poco vamos acercándonos a la cabecera, comprendiendo que no somos más el niño al que le narran la historia sino el padre que tiene la responsabilidad de transmitirla. Mientras más nos acercamos a la cabecera más grande el deber de conocer esa historia para poder transmitirla.
Ese aroma indescriptible de un hogar que se prepara para Pesaj, ya no solo emana de las ollas de nuestras madres y abuelas, sino que debe comenzar a percibirse en nuestros hogares. Si Pesaj es el recuerdo de una generación que ya no está, y no la promesa de aquella que está naciendo, entonces algo no funciona bien. Si el olor a gefilte fish o mahude es el de la casa de la abuela y no el de la propia, entonces cuando lleguen al mundo nuestros nietos no conoceran esos aromas y algo valioso se habrá perdido.
Si el que lee la Hagada está viejito o ya no está entre nosotros, entonces nos toca asumir el desafío, entender nuestro lugar en la milenaria cadena de nuestro pueblo.


Es nuestra responsabilidad crear en nuestros hijos memorias indelebles como aquellas que nuestros padres y abuelos inspiraron en nosotros. Los hijos pequeños de ayer somos los padres de hoy y los abuelos de mañana. Sólo el tiempo dirá si tuvimos el éxito que los que nos antecedieron sin duda alcanzaron.


La única forma para que los valores y tradiciones del pasado sean recibidas y honradas por quienes hereden el futuro, es que nosotros las celebremos y vibremos con ellas en el presente. No hay futuro para que el judaísmo de ayer exista mañana, si no lo vivimos como algo relevante hoy.


El desafío de volver a narrar la misma historia año tras año es la sagrada tarea de transformar lo milenario en eterno al repetir antiguos rituales para dotarlos de un sentido relevante y renovado. Que esta noche podamos asumir el sagrado desafío de celebrar nuestra historia y crear las condiciones para que quienes nos continúan sigan recorriendo esa mesa que es símbolo de continuidad y futuro.
Que esta noche hagamos de nuestros hogares santuarios, dedicados a contar una historia que es la propia a través de tradiciones milenarias que evocan el eterno mensaje de celebrar nuestra libertad y nuestra identidad.
Jag sameaj!!


 
 

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