Mundo Judío

Basta de eufemismos, antisionismo es antisemitismo

El sionismo es como la saliva, todos la tenemos en la boca, pero no sabemos de dónde viene, qué es y para qué sirve.

Se puede ser sionista, no sionista o antisionista. Cada uno tiene su derecho a elegir a cuál de estos grupos quiere pertenecer. Pero para eso, tiene que estar claro que significa cada uno de estos términos. Para llamar las cosas por su nombre, intentaremos entender qué es el sionismo.

Cuando escuchamos al grupo musical Boney M cantar “By the rivers of Babylon, there we sat down, ye-eah, we wept, when we remembered Zion”, no se tratá solamente de un tema que llegó a ser hit mundial, alcanzando el primer puesto del ranking en todo el mundo, sino de una adaptación del Salmo 137 “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aún llorábamos acordándonos de Sión”, que remite al primer exilio al que se vio forzado el pueblo judío dejando Sión, Jerusalén, en el año 586 antes de la era común, luego que el rey babilónico Nabucodonosor destruyera el Templo, hace 2600 años.




De eso se trata el sionismo, de un pueblo que aspira a ser libre en su tierra. Esto quiere decir que el sionismo es la misma esencia de los judíos, desde Abraham, el primer hebreo que eligió esa tierra para que su descendencia forme un pueblo, pasando por Jerusalem, una ciudad que siempre que estuvo a disposición fue elegida como capital en los períodos de independencia judía en la región, a diferencia de lo que hicieron las potencias ocupantes de la zona, que vieron en Jerusalem una ciudad marginal, sin darle la importancia necesaria para hacerla capital.

El sionismo es un deseo que pasó a ser el común denominador del pueblo judío a lo largo de su historia, especialmente desde que los romanos destruyeran el Segundo Templo y Jerusalem en el año 70.

La vida judía y las creaciones culturales del pueblo giraban en torno al regreso a Sión, por ejemplo el poeta judeo-español del siglo XI Yehuda Haleví, escribió “mi corazón está en Oriente y yo en los confines de Occidente. ¿Cómo cumplir mis votos mis promesas si sigue Sión bajo el poder de Edom y yo sometido a los árabes? Me parecerá tan fácil abandonar todo el bien de Sefarad (España) como preciado contemplar las ruinas del santuario destruido”.

El deseo de regresar a la Tierra de Israel, un lugar donde nunca dejó de haber presencia judía, no solo se expresaba en la poesía y en las plegarias, también fue el destino de judíos que en 1492 inmigraron provenientes de España, Portugal, Sicilia y Cerdeña. También fundaron la primera imprenta hebrea en Safed en 1563.

Incluso cuando Napoleón Bonaparte llegó a la ciudad de Hebrón en 1789, con él llegó una numerosa comunidad judía para sumarse a la que vivía ahí bajo el régimen del Imperio Otomano.

Sin embargo, los que se encandilaron con el iluminismo, al poco tiempo vieron que el alcance de los derechos conseguidos era a cambio de su identidad, cuando nada más y nada menos que Robespierre dijera en el seno de la revolución francesa “para los judíos como franceses, todo. Pero para los judíos como tales, nada”.

Por eso, cien años después Alfred Dreyfus, el capitán francés que fue condenado, no por un ilícito, sino por ser judío. Ese caso conmovió a Teodoro Herzl, un periodista que estaba cubriendo el juicio, y se dio cuenta que el pueblo judío era una nación fuera de su tierra. A raíz de eso fundó la Organización Sionista Mundial en 1897.

Herzl no inventó nada, simplemente cambió el método, haciendo del Sionismo un movimiento que lograría la fundación del Estado de Israel cincuenta años más tarde.

Llegó el día en que el pueblo judío pudo volver a su tierra, autogobernado en un país democrático, generando cultura y siendo el garante para que no ocurra una persecución masiva a los judíos como lo fueron la inquisición en el siglo XV, la matanza de los cosacos encabezada por Bohdan Jmelnitzky en 1648, el Holocausto, o la Semana Trágica de la Argentina de 1919, entre otras.

El Estado de Israel es el resultado exitoso del Sionismo, un movimiento no antagónico que concretó el reclamo de un pueblo al que la esperanza de volver a su tierra lo mantuvo unido por dos mil años. El que apoya la existencia de este estado, es sionista.

¿Y el que critica a Israel? Así se construyó el estado, desde la aceptación del disenso y el diálogo. Por eso, todas las críticas, de derecha y de izquierda, son bienvenidas. Y son tan sionistas como Daniel Barenboim, quien llegó al estado judío por sionismo y lo ejerce construyendo la paz y educando con su orquesta, como los medios de comunicación israelíes que cuestionan políticas gubernamentales u organizaciones como Betzelem, que muchas veces son las principales fuentes de los corresponsales extranjeros que las eligen para poner la lupa al mundo. Estas instituciones son importantísimas para el movimiento sionista y para que la democracia israelí pueda seguir creciendo. La pregunta que surge es por qué estas voces que incomodan a sus gobernantes se escuchan solo de un lado, y del otro nadie se anima a romper la espiral del silencio que los saque de un discurso monolítico.

¿Y un no sionista, quién es? Es la persona de paso endeble que ve la vida pasar y no quiere jugársela para que no lo identifiquen con nada ni con nadie. Es de ese tipo de gente que dice “yo no sé de política”, pero vota, una especie de personas que repite “esto no me importa”, pero opina. Lo más parecido a “El hombre light”, el libro que Enrique Rojas le dedicara a quienes viven una vida sin valores.

Le llegó el turno al antisionista. Si el sionista es quien apoya la existencia de un estado judío en su tierra histórica donde nació y se desarrolló como pueblo, el antisionista es aquel que quiere que se borre del mapa al Estado de Israel.

El que les niega a los judíos la existencia de su estado o acuerda con la existencia de organizaciones que en su carta magna pregona la desaparición de ese estado, aunque no le guste que lo llamen así y a muchos se le trabe la lengua por miedo a llamarlo como lo que es: un antisemita.

Por Alejandro Mellincovsky

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