Mes de la Mujer 2019

Miriam Peretz, una mujer ejemplar.

Apostando a la vida contra viento y marea

 

En la víspera del Día internacional de la Mujer, Miriam Peretz-galardonada el año pasado con el Premio Israel “por una vida dedicada al espíritu judío y la educación”-pidió recordar a la mujer más significativa en su vida: su madre.

“Mi madre tenía algo sumamente importante: inteligencia del corazón. Es por eso que sin haber estudiado en la universidad ni un curso de psicología o educación, sabía qué era la modestia, la sencillez, la alegría y el inagotable amor al prójimo”, declaró. “Por eso, este día, como todos los demás días, para mí mamá Ito es mi gran maestra”.

 

Ito Ohayon, seria, con pañuelo sobre la cabeza
Ito Ohayon, la madre de Miriam Peretz

 

 “En más de una ocasión me han preguntado qué mujer es para mí un modelo a imitar y mi respuesta siempre ha sido: mi madre. Siempre fue consciente de que no hay que tomar nada por sobreentendido. Nos enseñó que cada mañana, ante todo, hay que decir gracias. Que no hay que estar mirando lo que falta, lo que está mal, sino agradecer por lo que hay, por lo que uno tiene.  Y eso es una lección para la vida”.

Ya de grande, Miriam tuvo que aplicar ese aprendizaje en medio de gran dolor, al perder a dos de sus hijos, Uriel y Eliraz, oficiales en Tzahal, en combate.

Miriam Peretz  sentada, rodeada de 3 de sus hijos
Miriam Peretz con tres de sus hijos, entre ellos uno de los caídos, Eliraz, a la derecha.

 

 Miriam recuerda la determinación de su madre. “Ya de jovencita decidió que nadie tomaría decisiones por ella. A los 17 años le presentaron un hombre y le dijeron que se casaría con él. En la noche de la boda, cuando ya tenía puesto el vestido blanco, oyó a las hermanas del novio criticando la pequeña dote que había traído su padre, Majluf Vaknin, que las había criado solo a ella y sus hermanas. Mamá decidió escaparse, no aceptar un destino que no le haría bien. Huyó, deambuló sola por las aldeas hasta que llegó a Agadir, desde donde pudo contactarse con su padre y decirle que estaba viva. De allí llegó a Casablanca, donde tiempo después conoció a mi padre, Yaakov Ohayon”.

Miriam recuerda que le preguntó a su madre de dónde había sacado la valentía para tomar la decisión de huir. “Hay muchas cosas que debemos aceptar de este mundo”, me respondió. “Pero estar junto a gente que nos ofende, no es una de ellas”.

 Peretz, conocida hoy en todo Israel, apreciada a todo nivel y recibida con honores por el Presidente de Israel, recuerda cuán orgullosa se sentía cuando iba a visitar a su madre al trabajo. “Era empleada en la casa de Baba al-Aziz, uno de los grandes rabinos de Marruecos. Allí, en el prestigioso barrio fuera del “Malah”, el congestionado barrio judío en el que vivíamos, descubrí un nuevo mundo. Por primera vez en mi vida toqué un horno, hornallas y una heladera eléctrica. Vi los estantes de libros del rabino y noté claramente con qué respeto trataba a mi madre. Y también ella sabía respetar a todos”.

Y agrega: “Años después, cuando llegamos a la maabara Hatzerim en Beer Sheba y no teníamos horno, mamá, sin dudarlo, construyó uno de arcilla en el patio. Todos los viernes trabajaba durante horas frente al fuego, horneando con amor el pan para todos. Nunca se le pasó por la cabeza cobrar a otros por ello, y así, de ella aprendí cómo ser ingenioso para saber solucionar problemas y aprendí el valor de saber brindarse a los demás”.

Su mama no sabía leer y escribir pero disfrutaba con orgullo ver que Miriam podía leerle y compartir así diferentes obras hebreas, que simultáneamente le traducía al dialecto marroquí. “Su libro preferido era ´Tres obsequios´de Y.L. Peretz. Yo le leía el libro sobre la abnegación por el país, el sionismo y el amor por el prójimo, y ambas llorábamos”.

Miriam recuerda una mamá llena de amor, que sabía abrazar y besar a todos y al mismo tiempo irradiaba modestia y sencillez. “Mi madre me enseñó que para hablar con Dios no se necesita una sinagoga o un sidur.Cada mañana la veía parada junto a la mezuzá a la entrada de la casa, colocando una mano sobre ella y con la otra tapándose la cara…y hablando con Dios”. Recuerda que le decía : “Ante todo, rezo por el pueblo de Israel. Luego por los soldados y por todo lo necesario”.

Miriam Peretz en el comedor de su casa. De fondo, sobre la pared, fotos familiares y de sus hijos caídos.
Miriam Peretz en el comedor de su casa. De fondo, sobre la pared, fotos familiares y de sus hijos caídos, Eliraz y Uriel

 

Todos estos aprendizajes forjaron la singular personalidad de Miriam Peretz. Y al escucharla, es  difícil decidir qué hacer primero: secarse las lágrimas, abrazarla o agradecerle por el mensaje de aliento, que parte de su propio dolor.

Miriam perdió a su hijo mayor Uriel (22) en una emboscada de terroristas en el sur libanés.  Doce años después, cayó su segundo hijo varón Eliraz  (32) por disparos de terroristas en la frontera con la Franja de Gaza, cuando ya estaba casado y tenía tres  hijos chicos. Pero Miriam abrazó la vida, por sí misma, por sus otros hijos y nietos. Y recorre Israel pidiendo a quienes la escuchan que aprecien las pequeñas grandes cosas de la vida, que no olviden de ver la mitad llena del vaso, que santifiquen la vida.

“Quisiera volver a la vida común y corriente que tenía antes, a mi esposo y mis seis hijos. No imaginé que al caer mis hijos y decidir yo que opto por seguir viviendo, eso sería visto como un mensaje al mundo”, nos dijo en su casa en una entrevista especial. “ Sé que mucha gente creía que al sepultar a dos hijos y luego a mi esposo Eliezer al que le falló el corazón por el dolor, uno no puede por nada volver a levantarse. Pero yo quise seguir.Y por eso hablé con la gente sobre esa elección que hice. Sí, yo elegí lidiar con todo y seguir adelante. Yo no elegí la muerte de mis hijos, pero sí decidí cómo lidiar con ello”.

 

Miriam habla de su madre, pero ella misma es un ejemplo.

“ Mi vida no fue fácil. Nací en 1954 en Casablanca, Marruecos en un hogar extremadamente sencillo, al que mis padres se mudaron desde una aldea  en los montes Atlas. Mis padre no sabían leer ni escribir hasta el último día de su vida. Si mis padres estuvieran con vida-fallecieron cuando yo tenía 30 años- no entenderían ni una palabra del hebreo que hablo hoy. Hablaban  solamente árabe marroquí. Pero hay dos palabras que sí entendían: Ierushalaim, o sea Jerusalem. Y shalom, paz”.

Y agrega: “Crecí en un ambiente muy pobre. Trabajé desde los 8 años. Estudiaba de mañana en la escuela Alliance y al mediodía iba a lo de la maestra a limpiarle la casa. Pero no era infeliz, sentí que aprendía cosas. En lo de la maestra había muchos libros y eso me gustaba. Vi agua corriente, una bañera, el gas. Cosas que antes no conocía.  Así que siempre supe que dentro de toda oscuridad hay luz, desde chica. Cuando llegamos a Israel en 1964  fuimos directo a una “maabará”, campamento transitorio para los inmigrantes, en Beer Sheba. Allí no teníamos heladera, ni gas ni horno. Vivimos allí hasta 1971. Yo limpiaba casas, en el verano trabaja en el campo  juntando tomates y papas y de a poco pude comprar a mis padres lo que les faltaba.

Recuerdo un hecho muy significativo. En la escuela nos daban almuerzo. La maestra se percató de que yo siempre limpiaba las mesas y no entendía por qué  yo siempre pedía estar de turno. Y  era porque al final siempre recibía algo, una olla gigantesca, más grande que yo, de agua con jugo de frambuesa. Yo me llevaba la olla, bajaba por el valle que debía cruzar en camino a la maabará, rogando que no se me volcara ni una gota, y cuando llegaba a casa mi mamá y mis hermanos me recibían agradecidos diciendo “¡Bendito sea Dios! ¡La tierra de Israel!”. Así que aprendí a agradecer por las cosas pequeñas de todos los días”.

 

 

Las ansias de avanzar e instruirse, fueron parte de su empuje.Ella, que egresó graduada de la Universidad Ben Gurion y dirigió una escuela, recuerda el pasado. “Fíjate que cuando mis padres venían a una reunión con la maestra, yo tenía que traducirles lo que ella decía. Y una vez, lo que tenía que transmitir era que había fallado en un examen grande,cuando tenía 10 años y era recién llegada. “Dile a tu papá que no te fue bien en el examen y que tendrás que ir a la clase práctica, no de estudios comunes”, dijo la maestra. Y yo decidí decirle a papá “la maestra dijo que voy a aprender un oficio” . El, que hasta su muerte vistió una galabía típica de Marruecos, se levantó de la silla, le dio un beso a la maestra, la bendijo y exclamó: “¡Gracias! ¡Mi hija tendrá un oficio!”.

Ríe al recordar el shock de la maestra, que no entendía nada.  

“Pues aprendí diseño gráfico pero tuve una maestra que se dio cuenta de mi seriedad para estudiar y me pasó a la otra clase, de más alto nivel. O sea que en la vida, lo que se necesita es alguien que crea en tí. Y desde ese momento, me destaqué siempre en los estudios. La educación, sin duda, es el camino hacia la movilidad, el cambio, la forma de salir de la pobreza. Así que de allí llegué a la universidad, hice mis estudios, fui directora de una escuela durante 22 años y hasta hoy me dedico a la educación.  Así que aprendí que el ser humano tiene fuerza”.

Miriam cuenta que antes de instalarse con su familia en Guivat Zeev, la casa en la que nos recibió y donde vive hasta hoy, vivió en Ofira, en el Sinaí, de donde fueron desalojados en 1982 en el marco del acuerdo de paz con Egipto. Allí nacieron sus hijos mayores, los que cayeron años después en combate.

“Allí  vi niños judíos que no sabían lo que era “Shma Israel”. Me pregunté cómo eso era posible.Y me prometí que yo nunca enseñaría en una escuela religiosa sino en la educación general, para que todos sepan el legado de nuestro pueblo. Y enseñé judaísmo. Quería que al terminar sus estudios, mis alumnos conozcan sus raíces y puedan con eso en la mano, elegir qué camino seguir. No les dije qué elegir, pero sí les di los elementos para conocer la biblioteca judía.  Quería que un niño pudiera acompañar a su abuelo a la sinagoga, que se pueda continuar el legado. No ser religioso o secular sino ser un judío que conoce las raíces de su pueblo. Y hoy estoy a cargo de la preparación de los maestros  de cara al servicio militar de los alumnos mayores, en el Ministerio de Educación”.

Miriam Peretz rodeada de niños
Miriam Peretz rodeada de numerosos niños de su escuela

 

P: ¿Y qué valores le parece que hay que transmitir a los jóvenes cuando están por iniciar su servicio militar?

R: Lamentablemente sabemos que la lucha por la tierra de Israel no ha terminado por lo cual tenemos que seguir defendiéndonos.  No queremos guerra, se los explicamos a los chicos. No queremos batallas. Pero sí es un privilegio que un judío pueda defenderse. En la Shoá no pudimos. Es un privilegio poder vestir el uniforme de las Fuerzas de Defensa de Israel.

Pero también queremos que se sientan conectados con la tierra, que amen el lugar en el que nacieron. ¿Cómo? No es fácil. Yo amo a mis hijos y daría mi vida por tenerlos aquí. Israel es una tierra compleja, que nos exige mucho esfuerzo y lucha. Sabemos que se paga un precio por vivir aquí. Queremos enseñar a la juventud el valor de la amistad, de la solidaridad y ayuda mutua, responsabilidad, de tomar parte en la construcción de esta nación.Por eso los alentamos a tomar iniciativa, a ser líderes. A no ser indiferentes, a hacer cosas, no escribir comentarios quejándose por internet sino a hacer algo para cambiar las cosas cuando uno siente que es necesario.

P: Al hablarles a los jóvenes sobre el hecho que aún hay que luchar por esta tierra ¿cómo se garantiza que no se interprete como un apoyo a la guerra? Oímos a menudo del otro lado el apoyo a la violencia y con razón lo condenamos. ¿Cómo no caer en eso?

R: Lo que yo destaco es que no queremos morir por nuestra tierra. No salimos a guerras para ampliar territorios ni robar sino para permitir a nuestros hijos ir al jardín de infantes con seguridad. Para que la gente pueda salir a pasear y vivir con normalidad, para que los judíos donde sea que estén, puedan seguir viviendo como judíos sabiendo que el hogar nacional está seguro aquí en Israel. Mi hijo Eliraz siempre decía: “cuando salgo al combate, en la mochila no llevo solamente municiones  sino también los ojos de todos los judíos del mundo”.

Y a nuestros jóvenes les decimos que la guerra nos es impuesta, que no la queremos, lo que queremos es vivir. Y yo decido todos los días vivir. Y les dijo a nuestros jóvenes “es bueno vivir por nuestra tierra”. Nuestro mensaje es el de la santidad de la vida.

A veces les pregunto a los alumnos qué recibieron hoy de regalo  y me dicen “un i-phone”, “I-pad”, cosas así, pero no entienden que el regalo que recibimos toda la vida es la vida. El hombre debe saber usarla para garantizar que la vida sea significativa. Y para mí, vida significativa es una vida que santifica la vida, una vida de entrega y solidaridad.

Ana Jerozolimski
(08 Marzo 2019 , 07:14)

Ultimas Noticias Ver más

ONU: el ilógico papel central de los regímenes oscuros
Noticias

ONU: el ilógico papel central de los regímenes oscuros

24 Marzo 2019


Sólo en la ONU: Irak, 3er país del mundo en desigualdad de género, a vicepresidencia de Comisión por Derechos de la Mujer. Y mucho más...

Una pareja disfrazada en Jerusalem
Israel

Majane Yehuda disfrazado

23 Marzo 2019


El principal mercado de Jerusalem se llenó de color con la festividad de Purim

Restaurantes con sabor a historia
Israel

Restaurantes con sabor a historia

23 Marzo 2019


Si bien las oportunidades para conectarse con el pasado histórico de Jerusalén a través de recorridos históricos o visitas a museos son comunes, estos restaurantes le...

Esta página fue generada en 0.0317612 segundos (3601)
2019-03-24T12:51:49-03:00