Ana Jerozolimski / Directora Semanario Hebreo JAI

Editorial

¿Qué caricaturas habrá visto el asesino en la sinagoga de Jabad en California?


Pensando, más allá del atentado de este fin de Pesaj en California.

 

Sí, sí, la libertad de expresión es importante. Toda sociedad que se precie de ser abierta y-valga la redundancia-de ser libre, debe respetarla. Pero ello no puede incluir la libertad de incitar al odio. Y eso se hace no solamente llamando explícitamente a viva voz a odiar sino también implícitamente, al difundir palabras o imágenes que crean asociaciones negativas generalizadoras contra un grupo humano o un sector determinado de la sociedad.

No tenemos idea aún de los elementos incitadores a los que ha estado expuesto el asesino de Poway, en California, que este sábado abrió fuego en Beit Chabad, mató a una mujer y dejó a otras 3 personas heridas. No sabemos qué diarios leyó, a quién escuchó hablar ni qué figuras o artículos lo pueden haber inspirado. Quizás ninguno. Pero al enterarnos de lo que había ocurrido, lo primero que pensamos, aparte del horror que ocurra algo así y muy especialmente en una casa de oración, fue que no sorprende. No sorprende que siga habiendo asesinos que cometen crímenes de odio contra judíos, cuando tan fácilmente y con tanta ligereza hay caricaturistas que se creen grandes artistas utilizando elementos claramente antisemitas en sus creaciones (como ha ocurrido tanto en Estados Unidos como en Brasil y otros lares)  y quienes se creen graciosos (como ha ocurrido días atrás en España) por hablar entre risas de lo bueno de matar judíos.

Claro que es especialmente simbólico que esto haya ocurrido en Estados Unidos un día después de la publicación en la sección internacional del periódico “The New York Times” de una caricatura en la que se ve a un perro salchicha representando al Primer Ministro de Israel Biniamin Netanyahu, con una Estrella de David colgada al cuello, guiando a un Presidente Trump ciego, con kipá en la cabeza. Ante el aluvión de protestas, el diario publicó en su cuenta de Twitter que la caricatura tenía elementos antisemitas, que era ofensiva y había sido un error de criterio publicarla.

Pero el daño ya estaba hecho. No por el asesino de Poway, que quizás nunca en su vida miró siquiera el “The New York Times”, sino por todos aquellos que sí vieron la caricatura y pensaron “si está impreso en un diario tan reconocido, por algo será”.

Cabe aclarar lo que consideramos evidente: ofensas de este tipo, imágenes denigrantes que inspiran asociaciones negativas contra un grupo humano, son inaceptables no sólo si son contra judíos. Lo son también si generalizan contra cristianos, musulmanes, homosexuales, chinos, uruguayos o israelíes. Criticar a cualquier figura pública por su comportamiento o acciones, es legítimo. No lo es hacerlo de modo que sugiere una generalización por su pertenencia a tal o cual grupo, a menos que se trate de un marco que por definición, colectivamente, actúa contra la ley, como por ejemplo una organización terrorista.

Pero aquí estamos hablando de antisemitismo. Así que, sí, nos referimos a los ataques contra judíos.

No vamos a ponernos a filosofar al respecto cuando aún no se sabe mucho sobre el asesino de turno. Basta con recordar ahora-o mejor dicho advertir- que las palabras matan. Que quien tiene un discurso de odio, está cargando las balas del enajenado social convencido de que al abrir fuego, estará haciéndolo un favor a la humanidad.

Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(27 de Abril de 2019)

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