Ana Jerozolimski / Directora Semanario Hebreo JAI

Editorial

Sociedad israelí: entre el horror, el alivio y la preocupación


Momentos para pensar

Solemos dedicar este espacio especialmente a temas de actualidad política, a desafíos de seguridad con los que lidia Israel, a las amenazas que enfrenta y las discusiones acerca de cómo mejor derrotarlas. Esta vez queremos mirar hacia adentro, a temas que no van en las secciones de actualidad política o de seguridad de los diarios, sino en policiales. Y deben ser vistos con no menos preocupación.

Nos referimos a dos hechos que conmocionan a la opinión pública israelí: la acusación a 12 jóvenes israelíes, por sospecha de violación durante sus vacaciones en Chipre, y por otro lado el asesinato de un hombre por una discusión por estacionamiento.

El caso de la violación impactó en Israel hace aproximadamente dos semanas, al publicarse que 12 jóvenes israelíes, varios de ellos menores de edad, habían sido detenidos en el hotel en el que se hospedaban en Aiya Napa en Chipre, al denunciar una turista británica de 19 años que la habían violado y tratado violentamente. Según su denuncia, había mantenido relaciones sexuales con uno de ellos por su voluntad, pero una noche, súbitamente comenzó a actuar violentamente, la violó y trajo a varios de sus amigos a su habitación, violándola todos ellos sucesivamente.

No es difícil imaginar la consternación, la preocupación, la vergüenza.

Gradualmente, a medida que avanzaba la investigación, parecían ir aclarándose las distintas situaciones en las que se hallaban los diferentes muchachos. Se informó que algunos lograron salir de Chipre, que otros fueron liberados, y quedaban 7 en prisión. Negaban rotundamente la acusación de la turista inglesa. Algunos decían que no habían estado con ella y otros destacaban que las relaciones habían sido absolutamente voluntarias, negando categóricamente las acusaciones tanto de violación como de violencia en general.

Hasta que el domingo, todo se dio vuelta.

Al ser llamada a un nuevo testimonio ante la policía chipriota, la turista británica se contradijo, cambió de versiones, y los investigadores llegaron a la conclusión que había inventado su denuncia. Se ordenó excarcelar de inmediato a los jóvenes israelíes, la joven británica fue detenida, y confirmó que había presentado una falsa acusación porque estaba furiosa con los israelíes que habían filmado esa noche cuando ella mantenía relaciones sexuales con algunos de ellos.

Cabe respirar aliviados –especialmente los padres por cierto-al confirmarse que los jóvenes en cuestión no habían violado a nadie. Pero entre eso y la recepción que recibieron en el aeropuerto de parte de sus familias y amigos, como si fueran héroes, hay años luz de distancia. Esos jóvenes son una vergüenza. Participaron en una orgía, filmaron y lo subieron a las redes. Dan asco.

Lo primero que tienen que hacer varios de ellos es sacarse la kipá que algunos llevaban, quizás para crear la impresión de que son santos devotos de la moral. Repugnante.

Una periodista de uno de los canales de la televisión israelí preguntó a uno de los jóvenes si no está avergonzado y él respondió como si no entendiera a  qué se refiere. Y  aquellos de los padres que atacaron a los medios, deberían, en lugar de salir a festejar, sentirse avergonzados por los hijos que criaron.

Las reacciones las oímos y vimos en los medios de comunicación  israelíes. Algunos de los padres no salieron en cámara ni comentaron nada públicamente. Estimamos que más de uno comprendió la dimensión auténtica de lo sucedido. Ojalá estén ya pensando dónde y cómo empezar a lidiar con el desafío que el hecho les impone desde un punto de vista educativo.

Evidentemente, también la joven turista británica-que parece que durante sus vacaciones mantuvo relaciones con numerosos hombres- precisa tratamiento.

Que estos israelíes no hayan violado, claro que es clave destacarlo. Eso no los convierte sin embargo en un dechado de integridad y pureza. Son una vergüenza para la sociedad. Y sus propias familias deberían ser las primeras en comprenderlo.

Este domingo, mientras se respiraba alivio en Israel por la confirmación que la denuncia contra los jóvenes había sido falsa, una noticia impactó en todos los informativos. Un hombre de 40 años había muerto por balazos que recibió a raíz de una discusión por estacionamiento en el centro comercial Azrieli en la ciudad de Ramle. Ofir Hesdai había llegado en su coche con su esposa Dikla y sus tres hijas para hacer unas diligencias en el shopping. Vio que un coche mal ubicado le impedía estacionar, se bajó del suyo, le dijo al conductor que se mueva porque estaba ocupando dos lugares de estacionamiento, el hombre se negó, su esposa se bajó del coche y le pegó con su cartera, tras lo cual Ofir la empujó, la mujer cayó al piso y el esposo salió del auto, sacó su revólver y le disparó a Ofir, primero a una pierna. “¿Qué haces? ¿Por qué me disparas?”, preguntó Ofir según contó luego su esposa Dikla. Y el hombre, Victor Cattan, de 74 años, volvió a disparar, esta vez en el pecho. Ofir se desmoronó, ante su esposa y sus hijas. El agresor fue detenido y su abogado intenta presentarlo como una persona enferma, con comienzos de demencia, que trató de defender a su esposa “en peligro” por el ataque.

Tras el estremecimiento ante la facilidad con que una persona puede quitar la vida a otra, y ante el horror por las circunstancias absolutamente banales en las que ello ocurrió, lo primero era preguntarse si acaso las autoridades controlan debidamente a quién se da licencia de portar armas. Esos permisos no son perpetuos y cada tanto deben ser renovados. Debe haber un mecanismo que haga posible reevaluar cada vez si la licencia puede mantenerse o debe ser cancelada. Burocráticamente, claro está, es una complicación. Mucho peor, es quitarle la vida a alguien injustamente.

Pero a la tragedia en sí se agregó una nueva dimensión de horror, al confirmarse la situación especial de la familia de Ofir Hesdai, en la que él era la columna vertebral. Su esposa Dikla sufre de distrofia muscular y no puede trabajar. Tienen mellizas de 9 años, una de las cuales está en silla de ruedas, con la misma dolencia que su madre.  Y una bebita de 18 meses, con parálisis cerebral, conectada constantemente a un respirador.

Los datos sobre esta tragedia movilizaron de inmediato a la opinión pública israelí. En menos de un día, entraron a la cuenta de banco de los Hesdai 2 millones de shekel. Una página de crowd-funding abierta para Dikla y sus hijas, se desmoronó en horas por el aluvión de gente que se contactó para ayudar. Gente desconocida llegó a la casa de Dikla en Ramle con comida y preguntando en qué puede ayudar. El pueblo de Israel, como en tantas otras ocasiones, reaccionó solidario y espantado ante el horror.

Las sociedades son una combinación de las contradicciones que conviven en el ser humano. La israelí, no es una excepción.

Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(30 de Julio de 2019)

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