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Conversando con Silvia Ferreira, la hija de Wilson, en un nuevo aniversario del histórico regreso al país

Un homenaje personal a un caudillo que ya no está, pero que jamás terminará de morir

 

Este 16 de junio se cumplió un  nuevo aniversario del regreso del gran caudillo blanco Wilson Ferreira Aldunate a Uruguay. Partió de Buenos Aires la noche del viernes 16 en el Vapor de la Carrera, acompañado por una multitud de uruguayos, y arribó a la mañana siguiente. Fue detenido al llegar y trasladado a Trinidad, pero ya estaba de vuelta en el país y eso era para él lo principal. 

El Partido Nacional señaló la fecha en un acto, como es tradición, en el puerto de Montevideo, donde hace unos años fue instalada una Marca de la Memoria por el regreso.

Así lo informó el canal del Partido Nacional.

 

 

Pedimos autorización a Silvia Ferreira, hija de Wilson, para reproducir hoy aquí la entrevista que publicamos hace dos años en la edición impresa del Semanario Hebreo, con motivo del 30° aniversario del fallecimiento de su padre.

P: Silvia, tuve el gusto en varias oportunidades de entrevistar a tu mamá, de bendita memoria, y a Juan Raúl, que también escribió muchas veces  en “Semanario Hebreo”. Y a ti nunca te había entrevistado. Y estos días, pensando cómo honrar la singular memoria de tu papá al cumplirse 30 años de su fallecimiento, sería bueno recabar tu testimonio, el de su hija mujer, la hija del medio. Y yo me pregunto¿cómo se distingue el recuerdo a nivel personal como hija, y lo que es a nivel nacional por lo que significa tu papá? 

R: Como hija, lo sigo extrañando. Siempre tuve una muy buena conexión con papá. Él  encontró un canal para hacer sentir especial a cada uno de nosotros. Nos seguía y nos acompañaba en lo que más nos gustaba a cada uno. Después, a la distancia, cuando se fueron del país, mantuvimos una relación por carta, porque en aquel momento no existían los medios de comunicación instantánea como tenemos hoy, pero en casa tuvimos la suerte de que nunca se perdiera ninguna de sus cartas. Fuimos manteniendo y contando el día a día de ellos y nuestros, y de sus nietas; creo que logré que el día que volvieron a Uruguay ellos ya estaban al tanto de las cosas chiquitas: que ya no se dejaba la leche para el lechero porque ahora venía en sachet, que la heladería Fuentes había cerrado y que los helados tenías que comprarlos enfrente. Eran pavadas, pero que te hacen sentir que no te pasaste de largo de lo que pasó en Uruguay, porque había muchísima gente encargada de ponerlo al tanto de lo político, pero yo quería que siguiera estando como en la esquina.

Después pudimos disfrutar esos años juntos, hasta que se enfermó. 

Silvia y Wilson en la Plaza Trafalgar en Londres

 

P: Y se fue sin duda antes de tiempo.

R: Sin duda…Te diré que papá tenía mucha gracia y mucha chispa, era muy bromista. Encontraba en cada situación algo gracioso. Con una mirada y un pequeño gesto sentías lo que le hacía gracia de lo que estaba haciendo otra persona. A veces me pasan episodios así y pienso "le voy a contar a papá"; 30 años después. También me pasa con mi marido. Uno sigue con la presencia tan cercana. 

 

LO RECUERDA TODO URUGUAY

P: Y a toda esa dimensión personal se agrega el duelo, digamos, nacional.

R: Claro…Estas conmemoraciones son dolorosas porque uno no puede evitar -y me pasa con mi marido, con mi mamá y mi papá- que  cuando se acerca la fecha uno empieza a pensar qué estaba haciendo aquel día en esa hora. Te remueve mucho. Pero bueno…no hay otra.  Tiene su compensación, porque todo en la vida tiene su lado bueno, como el hecho que  aparece gente que lo sigue recordando como si fuera ayer y siente que Wilson sigue estando presente en sus vidas diarias. 

P: Me imagino que les pasó también ahora en los días de homenajes.

R: Claro. Nos pasó en estos días, encontrar gente que hace mucho tiempo que no veía. Todos tienen su anécdota y su historia,  cuentan que lo vieron y de qué charlaron. También gente que dice que sólo lo pudo ver de lejos, pero que lo votó. Son días muy removedores.

El homenaje en el Parlamento, 15 de marzo del 2018, 30° aniversario de la muerte de Wilson

 

P: Es como que la ciudadanía los acompaña ¿no?

R: Así es. Te cuento que está el tema de la película de Mateo Gutiérrez que salió este año...

P: La vi hace pocos meses, emocionante, muy fuerte.

R: Sé que nadie se habría olvidado de Wilson, pero desde la película hubo como un  nuevo brotar de emociones. Me ha sorprendido gente muy joven comentándome sobre eso. En el supermercado, que venga un niño de 11 años a decirte que sus padres lo llevaron a ver la película y que le gustó, es muy fuerte. La película creo que marcó un hito. 

Y sobre los homenajes te diré que fue  un día muy emotivo, porque en la Asamblea General participó gente de varios partidos, todos con su punto de vista, y te hace darte cuenta de que Wilson es un tesoro del Partido Nacional pero que ya forma parte de la historia de Uruguay. Ya es un poco de todos, hay que compartirlo.

P: Yo me acuerdo de aquella noche cuando él ya estaba enfermo, Nochebuena o Navidad, y en la vereda lo saludaba gente con diversas banderas de todos los partidos. Fue una expresión de amor y admiración muy fuerte.

R: Claro, me acuerdo. Le llevaron un pan dulce enorme para compartir. 

 

NO RENDIRSE

P: El salía a la gente, aunque ya estaba muy enfermo.

R: Te  comento algo que creo que dice mucho de su personalidad. Siendo él un hombre muy atractivo físicamente, creo que fue muy especial que él asumió que la gente lo viera con muy poquito pelo, demacrado y más delgado. Siguió saliendo a la calle y sus últimas salidas fue un homenaje a Enrique Beltrán, y un saludo de fin de año del semanario Democracia. Ahí había un señor que también tenía cáncer, y los hijos cuentan que el hombre le dijo "qué feliz que usted está mejorando, yo en cambio no tengo...", y Wilson le respondió "¡muchacho, me estoy muriendo! Pero hasta el último día yo voy a disfrutar la vida". Como a ese hombre le hizo tan bien escuchar eso,  se fue a su casa de afuera y empezó a recibir amigos que hacía tiempo no quería ver. Papá sabía que estaba muy mal, pero hasta último momento vivió lo mejor que pudo y nos acompañó. 

P: ¿Recuerdas  cómo fueron los primeros momentos  cuando toda la familia se enteró de que estaba enfermo? Aparte del dolor de "papá está enfermo" está también que hace poco había vuelto del exilio y ahí llegaba  otra tragedia.

R: Sí, claro. Porque lo que pensamos que era “una gripe mal curada”, que un día te digan que no, luego tener la ilusión de ir a Estados Unidos a una gran clínica y ahí le explicaron que el tipo de cáncer que tenía no tenía solución…fue duro. Dentro de todo toleró muy bien la medicación, no sé si tenía ganas y también hay físicos que aguantan mejor que otras, pero logró ir al campo en verano, pasó enero allá y vio a sus sobrinos y hermanos. Pasamos Nochebuena en su casa, con los nietos de Gonzalo. Se aprovechó lo que se pudo, sabiendo que el final estaba cerca. Murió en su casa y acompañado por la gente en la calle. 

P: Silvia, cuando se enteró de la enfermedad: ¿lo viste en algún momento diferente de lo que fue siempre, tal vez sin esa fuerza y optimismo?

R: No, siempre estaba mirando para adelante. A los pocos días, fuimos a Estados Unidos, yo lo acompañé con mi madre y recibimos una habitación compartida. Había un riel por el medio de la habitación con una mampara que se corría, y el compañero de habitación era un médico  que tenía varios hijos que entraban y salían. Papá y él hablaban mucho, y este señor después nos mandó una carta, papá ya había fallecido, agradeciéndole por cómo le había levantado el ánimo cuando quedaron los dos solos. Se comunicaban con este señor en inglés y lo animaba. Él siempre tenía una palabra amable para con las enfermeras, un chiste. Lo llevó muy bien. 

 

TRANSMISIÓN DE  VALORES

P:¿Descubriste algo que no sabías de tu papá, a través de las historias de la gente?

R: No necesariamente algo nuevo, pero  siempre las veo muy veraces porque coinciden con su forma de hablar. Encuentro cosas de los que me cuentan que me caen muy bien, porque cada uno tiene su visión. Te cuento una pequeña anécdota: una señora, que resultó que nos conocíamos del colegio, me contó que su marido era colorado y ella blanca y tenían cinco hijos. Un día, su marido se enojó mucho con uno de sus hijos y lo mandó en penitencia; el chico antes de irse a la penitencia le dijo "¡Viva Wilson!" (risas). La madre me dijo "mirá que yo no los manijeaba", les dijimos que leyendo historia cada uno decidiera qué iban a hacer. Ese niño ya había elegido, pero lo usó para recalcarle a su padre lo ofuscado que estaba por la penitencia. Hay un tesoro de anécdotas...

R: Hermosa anécdota….

R: Hay muchos recuerdos lindos. Juan Raúl siempre dice que nosotros somos hijos de un par de novios, luego de un joven matrimonio, que arrancaron juntos cuando la guerra de España y la guerra mundial. Eso en casa se hablaba, ¿por qué nosotros pensábamos lo que pensábamos? No era porque se nos ocurrió agarrar un libro de historia, sino que lo vivimos y escuchábamos a nuestros abuelos y padres. 

P: Me acuerdo de cosas que me contó tu mamá sobre eso, la guerra civil, los valores y lo fascinada que quedaba escuchando los discursos de Wilson sobre todo eso.

R: Así es. Espero que esa transmisión de valores la hagan también mis hijas con mis nietos. Hay cosas que no hay por qué llenar viendo la televisión. Hay que encontrar momentos para escuchar, de preguntar. Ahora, para el día de la mujer, en el colegio de uno de mis nietos chicos, tenían que escribir sobre una mujer que trascendió. Mi nieto de ocho años eligió a Malala.

 

P: ¡No me digas! Muy fuerte…

R: La verdad que sí. Ocho años …y se le ocurrió ella porque sabía que le pegaron un tiro unos hombres que pensaban distinto de ella. Está bien que los niños sepan lo que está pasando y lo que sucedió, ese es un deber de padres y de abuelos. 

 

P: Tus hijas alcanzaron a estar y compartir con tu papá. ¿Qué sentís que les dejó?

R: Mi hija más chica tenía su primer día de liceo la mañana que murió papá. Faltó a su primer día de clase. La mayor ya estaba por entrar a la facultad, creo que estaba en el último año del bachillerato.

Supongo que les dejó un poquito más que a otros jóvenes, le dejó la responsabilidades de lo que tenemos atrás. Es un orgullo, pero también una responsabilidad la de estar a la altura de estar donde a él le hubiera gustado que fuéramos y que fueran ellas. Fue un abuelo muy cariñoso, muy divertido. Las idas a Londres siempre eran una fiesta, porque íbamos en el verano de acá. Los días eran muy cortos y muy fríos, así que aprovechábamos a hacer la calle temprano. A las 5 de la tarde ya estábamos  de vuelta y era abuelazgo a full. 

Wilson y Susana con Silvia y las nietas, en Londres

 

P: ¿Era de tirarse al piso a jugar con las nenas?

R: Sí. Cocinaba con ellas. Además era un  gran coleccionista, cuando descubría que había algo que le gustaba algo a una de las nenas,  él iba a la pesca de cosas similares. Claro que las idas a Londres después eran muy tristes, pero en Londres pasábamos  muy bien.

 

HACIA EL FIN DE LA DICTADURA

P: Silvia, cuando ibas a Londres y volvías, aparte de la separación física, ¿dificultaba la incertidumbre de qué iba a pasar, cuándo se iba a terminar el exilio, cómo podía ser el desenlace de todo cuando en Uruguay todavía había dictadura?

R: Claro, los primeros años era pensar que de pronto no volvía porque uno no sabía qué iba a pasar. Más adelante nos empezamos a encontrar en Brasil, así fue dos veranos y estuvimos con ellos. Ya en el año '83 uno veía un fin próximo. Después nos encontramos en Buenos Aires cuando asumió Alfonsín. Se veía una luz de que esto se acababa, pero los primeros años fueron difíciles. Recuerdo por ejemplo lo duro que fue cuando falleció mi abuela, la madre de mi madre. Para mamá su muerte fue muy dura, sintió eso de "¿por qué no la traje?", pero era imposible, por la vida errante que llevaban, andar con una señora de 80 años. Mi abuela quedó acá, y esa separación de la familia fue dura. Sobre el final uno empieza a agarrar fuerzas y a pensar que se va a acabar, hasta que se acabó.

 

P: ¿A él lo viste alguna vez perder la esperanza sobre el fin de la dictadura? 

R: No. Pero Buenos Aires fue especialmente duro, por el  fin abrupto con la muerte de sus amigos. Para mí eso era lo peor, porque se fueron y no se sabía bien dónde se iban a quedar. Hubo que ir a buscar sus cosas a Argentina, que vinieron con la mudanza de Matilde (A.J: Matilde Rodríguez Larreta, viuda de Héctor Gutiérrez Ruiz), que eran cuatro cosas pero había que levantar un apartamento. Para mí el año '76 fue peor que el '73, era como que íbamos cada vez peor. 

 

EL EXILIO Y LA SEPARACIÓN FAMILIAR

P: ¿Tú estuviste en Uruguay todo el tiempo, salvo esos viajes a Londres?

R: Sí.

P: La dictadura separó a la familia esos años…Juan Raúl estuvo gran parte del exilio con tu padre, primero en Buenos Aires y Estados Unidos después...

R: En un momento él intentó quedarse, alquiló un apartamento pequeño que después tuve que levantar yo, hasta que le dijeron que no volviera. Después ya salieron de acá y fueron a un festival de Estados Unidos de las audiencias del Congreso y después decidieron quedarse en Londres. Juan Raúl quedó en Estados Unidos y después en México, iba y venía, siempre fue muy itinerante. En los últimos tiempo se quedó en  Washington, y en Londres iba mucho a visitarlos pero no se quedó allá. Gracias a Dios me pude quedar y mis hijas crecieron acá, mi marido después fue destituido, pero comparado con otras familias la sacamos bastante mejor. 

 

P: En los primeros tiempos, cuando estaban en Buenos Aires, me imagino que se acrecentaron las preocupaciones porque tu hermano también podía correr peligro, ¿verdad? Los podían haber matado a los dos, a tu papá y a Juan Raúl.

R: Sí, eran tiempos que no sabías qué podía pasar. Habían detenido personas inexplicablemente, yo fui un par de veces a declarar al Departamento, una vez por un cassette y otra porque mi padre puso una participación del casamiento de mi hermano mayor, ya efectuado. Aclaremos, no es que anunció que sería por ejemplo al día siguiente,  no sea cosa que se llenara de banderas y dijeran que habíamos encubierto una manifestación sino que después de que se casó, mi papá y mamá participaron con un  pequeño aviso del diario El Día, ya efectuado. Al otro día tocaron la puerta y estuve todo el día declarando. 

 

P: En el Departamento de Inteligencia…

R: Sí. La vez de los casettes tuve que ir a los Juzgados Militares en la calle 8 de octubre. Era una cosa que pasaba, por suerte después volví a mi casa. 

 

EL ALIENTO AL PARTIDO

 

P: Toda esa movida de los casettes fue muy fuerte. ¿Cuál  sentías era el papel de tu papá entre la comunidad blanca en Uruguay durante su ausencia? Los cassettes eran un ejemplo de su vínculo.

R: Eran una fuente de fuerza y de inspiración, porque tampoco eran "hagan esto". La gente tenía ansiedad de escuchar esa voz y del aliento. En uno de los  homenajes a los que fui, uno de los exponentes-que no era de nuestro partido-  dijo una cosa muy cierta: que gracias a Wilson el tema de los derechos humanos en Uruguay llegó a los organismos internacionales, que habían nacido pensando en los problemas de derechos humanos en Europa Oriental, y después empezaron a ver a Argentina y Chile. Pero Wilson moviéndose y yendo en avión, tren, de un lado para otro, logró que los organismos, como Amnistía Internacional, entre otros, tomaran el tema de Uruguay y lo pusieran en el tapete. Eso ayudó muchísimo. 

Además, a los mismos que escuchaban el cassette les daba una sensación de que estaban haciendo algo. Estaban pasando cosas y yo estaba en mi casa esperando que pasen, yo creo que al ánimo de la gente le hacían mucho bien. “Hoy llevo el cassette a mi oficina y llevo tres copias”... era como sentirte parte activa de la resistencia. 

 

P:  ¿En algún momento alguien te comentó "lo precisamos acá"? 

R: No, más bien lo escuchaba en los últimos años de algunas personalidades políticas, que con todo el derecho de opinar decían "bueno, yo me quedé y él se fue". Pero bueno, fue su elección y creo que sirvió mucho que estuviera lejos, más allá de para mí no verlo preso. Fue efectivo todo lo que él hizo desde el exilio.

 

EL REGRESO

La despedida en el Vapor de la Carrera, 1984

 

P: Cuando tomó la decisión de volver o en algún otro momento del camino, cuando ya se podía ver de lejos el fin de la dictadura ¿pensaste que iba a llegar a Presidente?

R: Con toda sinceridad, en ese momento lo único que me importaba era que estuviera en su casa con sus cosas, que estaban arrinconadas en un depósito, y con sus nietas para que después del colegio pudieran ir a merendar con él. En ese momento lo que me importaba era que saliera y que estuviera en casa, después se vería. Estaba escrito, por una cosa o por otra, que a Presidente nunca iba a llegar. 

Desde el momento en que lo llevaron en helicóptero a Trinidad, hasta el día en que salió, eran contar los días para saber que estaba de vuelta entre nosotros, libre y con sus amigos, haciendo su vida. Todo llevó muchos años, se hizo largo.

 

P: Y cuando volvió lo separaron a él y a Juan Raúl en dos cuarteles distintos, ¿verdad? Fueron ambos presos, pero separados, lo cual no podía menos que agravar la angustia.

R: A dos cuarteles, así es. Nosotros íbamos a visitarlos dos veces por semana, primero a Trinidad, después comíamos algo en la carretera-como a  Durazno no nos dejaban entrar, entonces comíamos en un parador en la puerta de la ciudad- visitábamos a Juan Raúl y volvíamos. Los sábados y los miércoles. 

Después, cuando liberaron a Juan Raúl, como estaba en el cuartel, cuando  llamamos dijeron "todavía está acá, hay mucho papeleo". Y Juan Raúl  estaba en 8 de octubre en el juzgado. El día que liberaron a papá pensamos que iban a hacer lo mismo. y entonces me tocó a mí quedarme, para que quedara alguien con la llave por si salía. Mamá, Gonzalo y Juan Raúl se fueron para Trinidad, y yo me quedé en Montevideo esperando, primero en la casa en que papá estaba viviendo, un apartamento en Pocitos. Cuando ya se supo que estaba en la plaza de Trinidad y que arrancaban por la ruta hacia Montevideo, ahí me fui a la explanada. Fue un día muy emocionante.

 

P: Un día en que quizás lo querías  con sus nietas, pero en el que podían decir qué bueno ver como todo el pueblo festejaba.

R: Sí, es verdad. En un momento le preguntaron si había valido la pena tanto sacrificio y él dijo: "la salida del cuartel y hacer la carretera a Montevideo viendo los fogones, eso ya hizo que todo lo demás valiera la pena".

 

P: Tiempo después se enteró que estaba enfermo. ¿Pero dirías que alcanzó a hacer más o menos vida normal en familia entre la liberación y el cáncer? ¿Alcanzaste a sentir que tenés a tu papá de nuevo en casa con normalidad? 

R: Sí, sí, mucho. Él hizo enseguida su rutina, tenía el directorio del partido y claro que le encantaba el día antes de la salida de la salida de “La Democracia”. El editorial lo escribía de madrugada, era noctámbulo, pero la noche antes de salir el diario se reunían en un bolichito, primero en la redacción y después bajaban a comer algo. Era un día que le encantaba. Y era mucho del campo. La verdad que disfrutó muchísimo ese tiempo, que fue corto, pero lo disfrutó.

P: ¿Dónde dirías que está Wilson hoy?¿Wilson tiene hoy en el Partido Nacional el lugar debido?

R: Yo creo que sí. Gandini dijo el otro día "Wilson es inspiración". Nadie puede decir que en determinado tema hoy Wilson diría determinada cosa. Ya no está y son 30 años de cosas distintas, pero sí su presencia como pensar en el país antes que nada y de lo que pueda ser beneficioso para el partido. Votar lo que el país necesite, aunque en ese momento no estés tan de acuerdo. Optar siempre por la gobernabilidad y por sacar el país adelante. Su optimismo, el nunca bajar las banderas. Es una figura del Partido Nacional, y como decís tú, ya del país entero. 

P: Silvia, gracias mil por tu tiempo, por esta conversación que combina tristeza y nostalgia, con mucho orgullo por lo que significó tu papá, de bendita memoria.

R: Gracias a vos Ana.

Ana Jerozolimski
(18 Junio 2020 , 02:11)

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