Janet Rudman

Janet Rudman

Me gusta leer y escribir. Encontré en la lectura y la escritura una forma de canalizar mi esencia. Leo con la misma pasión con la que tomo café. Me gusta escribir sobre historias mínimas. He trabajado en varios proyectos editoriales uruguayos que construían identidad judía: Kesher, TuMeser, Jai y ahora formo parte del staff de SemanariohebreoJai.

Columna de opinión

El cinturón de viaje de mamá

Cuando mamá murió,  yo vivía en Buenos Aires. Me avisaron al mediodía, quedé unos minutos en shock. Mamá era una mujer inmortal.  Era como la mujer maravilla, no por su belleza, siempre fue bastante fea, con la nariz ganchuda y los cachetes rojos. Si me hubiera imaginado una campesina polaca, ahí tenía la imagen de mamá. No era tan  mayor, por lo menos yo la sentía joven aún. Tenía 70 años, seguía trabajando en el kiosko que había tenido durante 40 años. Trabajaba ahí 12 horas por día, solo cerraba una hora al mediodía para almorzar.

Llamé a Ernesto a la oficina para avisarle que mamá murió y que me iba al aeropuerto a tomar el primer vuelo a Montevideo. Esto pasó hace 10 años. Lo tengo tan presente como si hubiera sucedido ayer.

Le avisé a Nelda que cocinara la cena para Ernesto y los chicos. Metí cuatro cosas en una valija y me tomé un taxi y enfilé para Aeroparque.  Pluna existía aún.  A las 7 de la tarde llegué a la casa de mis padres. Ellos vivían en el centro, en la calle Soriano. Papá me recibió llorando como un niño, nunca lo había visto llorar, ni siquiera el día que murió su madre. Me djio: “¿Cómo voy a vivir sin ella? Yo me tendría que haber ido primero”. Lo abracé fuerte y nos quedamos llorando en silencio.

Me pregunté si mamá había tenido alguna preocupación extra en estos últimos meses. Yo hacía tres meses que no venía a Montevideo y la llamaba una vez por semana. Mamá me ocultaba si tenía algún problema. No le gustaba preocuparme.  Era una mujer de  las de antes, creía que había venido al mundo a sufrir. Siempre me contaba que cuando era niña, el baño estaba fuera de la casa. Que vivía en una parte de una ciudad que no tenía saneamiento y que yo me quejaba si un día se rompía el calefón y me tenía que bañar con agua fría. 

 A papá siempre le gustó el casino y eso hizo que ella asumiera el rol de hombre de la casa. Siempre lo hizo con entereza. Ella no se quejaba de su suerte, pero su mirada amarga la acompañó siempre. A papá lo habían echado de buenos trabajos por jugarse el dinero de la cobranza y ella siempre buscaba la forma de arreglar los entreveros que él hacía. No era malo, pero era un adicto al juego y, si lo pienso, como marido lo hubiera mandado preso.  Fue un ejemplo de todo lo que yo no quería en la vida.

Ahora lloraba. Para mí era la culpa que lo carcomía por dentro. ¿Cuál había sido la última de sus andanzas?  Yo estaba sentada en el sofá del living, concentrada en mis pensamientos, el teléfono sonó y me sobresalté.  Fui a atender y llamaban de Road. Estaban por hacer el lavado del cuerpo y encontraron un cinturón de viaje con 10.000 dólares.  Le dije que salía para ahí a buscar el dinero. Le mentí a papá diciendo que tenía un trámite urgente en la funeraria.  Me quedaba claro por qué mamá no guardaba el dinero ni en el banco ni en casa. Siempre desconfió de los políticos y de los bancos y de papá.  

Janet Rudman
(9 de Septiembre de 2020 a las 18:28)

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Fuente: https://besacenter.org/ Por Dr. Reza Parchizadeh

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