Ianai Silberstein

Ianai Silberstein

Nacido 1957, casado, dos hijos. Empresario. Licenciado en Literatura y Literatura Inglesa en la Universidad de Tel-Aviv en 1980. PDD en la Universidad de Montevideo en 1999. Participante de los Seminarios para líderes comunitarios del Shalom Hartman Institute en Jerusalém en los años 2009,2010,2011,2012, 2016, 2017, y 2018. Integrante del Consejo de la EIHU entre 1997 y 2006. Vicepresidente en 2003 y 2004. Miembro de la Comisión Directiva de la NCI 2003 a 2013. Presidente 2006 a 2009. Actualmente Vicepresidente 2º de la NCI. Creador del espacio radial “radiomaná” al aire entre 2004 y 2009. Creador del sitito web (hoy blog) TuMeser en línea desde 2009 a la fecha. Escritor. Charlista. Juez All-Rounder del Kennel Club Uruguayo.

Columna de opinión

RH 5781: El Día Después

El uso de máscaras es una tradición pagana. Los judíos no las hemos usado jamás, excepto en Purim, cuando precisamente se relativizan todos los valores en aras de “la suerte”, o “pur”. Nuestra religión prohíbe cualquier tipo de imagen, por lo cual es natural que nuestros ritos religiosos, desde el tiempo de los sacrificios en el Templo hasta el tiempo del rezo en las Sinagogas, sea a cara descubierta. El hombre, o la mujer, hecho a imagen de Dios, enfrentado a sí mismo a través del prójimo, en comunidad, con palabras en común y al unísono.

Por eso fue tan extraño vernos en la sinagoga con tapabocas o barbijos puestos este Rosh Hashaná 5781, año del virus del Corona, 2020 del calendario gregoriano. Este año estuvimos juntos pero difícilmente nos vimos. Resultó difícil no sólo reconocernos sino también escucharnos, por momentos hasta entendernos. .

Confiamos más que nunca en el liderazgo de los oficiantes que, en aras de preservar la salud de toda la comunidad, se convirtieron más que nunca antes en “shlijei tzibur”, los representantes del colectivo. Ellos rezaron, ellos cantaron, ellos sacaron y pasearon los rollos de la Torá, la leyeron, la mostraron, y la “vistieron”. Nosotros fuimos voces anónimas que bendecimos cada lectura y que sobre todo nos escuchamos a nosotros mismos, bajo los barbijos, entonar los rezos que nos son tan familiares. Estuvimos localmente cercanos, con nuestra familia íntima, y apenas próximos al resto de los presentes.

La mayoría se quedó en casa. Así estaba previsto. Allí seguramente se canta a viva voz, pero se canta solo, mediante la ilusión tecnológica del streaming, imaginándose en comunidad, acaso añorando, acaso más tranquilos, y seguramente con mucho menos frío que en una sinagoga con sus puertas abiertas de par en par. Quienes se quedaron en casa no usaron máscara, la máscara fue la pantalla.

Como sea, dónde hayamos estado, había algo al mismo tiempo muy loable y hasta sacrificial en nuestra presencia, virtual o presencial. Esa fue nuestra ofrenda este Rosh Hashaná. Había una cierta testarudez en mantener viva la tradición, por abreviada que sea, y cuidarnos unos a otros en esta coyuntura imprevisible e inimaginable un año atrás. Con todo y a pesar de todo, había una contenida alegría y vitalidad existencial e identitaria que atravesó la comunidad a lo largo y a lo ancho de Montevideo.

No en vano más de doscientas personas se reunieron en la playa de Pocitos finalizado el servicio religioso de la NCI para la ceremonia, generalmente soslayada, de Tashlij, que este año incluyó el toque ritual del Shofar. El aire libre dio rienda suelta a los deseos de congregarnos. Bajaron de la sinagoga los menos y de los edificios los más. Rosh Hashaná 5781 fue sin duda el del Covid, pero también fue el más público y compartido con toda la sociedad en muchos años. Los judíos celebramos un nuevo año pero no puertas adentro sino al aire libre: Pza. Gomensoro, Pza. Virgilio, Trouville, todos esos espacios escucharon la voz del Shofar. Este año se supo “en Gat y en las calles de Ashkelón”, no fue secreto, sino secreto a voces.

A diferencia de las máscaras griegas, los tapabocas ocultan los sentimientos que nos invaden durante la ceremonia religiosa. En alguna medida, era EL obstáculo a superar. Todos estamos demasiado acostumbrados al reencuentro, a vernos, a sabernos con certeza. Los barbijos son el signo de la incertidumbre, de la duda, ¿quién es detrás de la tela? Sin embargo, hay algo en la tradición que nos permite intuirnos mutuamente y que, como colectivo, habilita un ritual si bien más breve, probablemente mucho más contundente. Tal vez el aparente anonimato de las “máscaras” mudas haya dado lugar a la fuerza colectiva como pocas veces hemos tenido la oportunidad de vivir.

Muchas veces hemos sido muchos, pero tal vez nunca tantos, tan presentes en lo virtual y lo presencial, tan sensibles, tan predispuestos, y tan receptivos a una experiencia tan intensa como contundente. El judaísmo sigue teniendo en su seno la capacidad de reinventarse, es sólo cuestión de que los judíos sepamos leer entre líneas y asumir el desafío.

Ianai Silberstein
(24 de Septiembre de 2020 a las 12:12)

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