Israel

Mi recuerdo de Itzjak Rabin, de su vida más que de su muerte

Este jueves se conmemoró el 25° aniversario del asesinato del Primer Ministro Itzjak Rabin, cometido por un judío extremista el 4 de noviembre de 1995. El Israel oficial siempre señala las fechas claves del calendario-las malas y las buenas-según el calendario hebreo. Esta fue sin duda una de las más trágicas.

Foto: Ariel Jerozolimski

Recuerdo el espanto al confirmarse que alguien había disparado a Rabin. Al informarse que el atacante había sido un judío. El horror de saber que estaba grave. Y el llanto que cortaba la respiración al salir Eitan Haber, Director de la oficina del Primer Ministro y su veterano y más cercano colaborador, a la entrada del Hospital Ichilov de Tel Aviv y leer el terrible comunicado que había redactado poco antes con la ayuda del entonces ministro Yosi Sarid: “El gobierno de Israel comunica con estupor, con  gran pesar y profundo dolor, la muerte del Primer Ministro y Ministro de Defensa Itzjak Rabin”. 

Yo no estaba allí personalmente. No había ido esa noche a la manifestación “Por la paz y contra la violencia” en la plaza que hoy lleva el nombre de Rabin pero que en aquel momento se llamaba “Kikar Maljei Israel”. Pero tuve claro de inmediato que esa noche comenzaba una nueva era en el Estado de Israel.

Recuerdo la sensación de orfandad de aquellos días. El silencio en las calles. La gente hasta manejaba más despacio. Casi no se tocaba bocina, así lo sentí yo. Parecía que después de haber pasado lo peor, todos sentían que hay que ir pisando con cuidado. Y con la excepción de los extremistas felices por el asesinato, la aplastante mayoría de la población de Israel, también quienes habían discrepado con su política en el proceso de Oslo, estaba de duelo. Recuerdo los coches que por los pegotines en sus ventanas podían claramente identificarse como habitantes de los asentamientos o quienes les apoyaban, que también tenían esa tira horizontal autoadhesiva que había llegado a todos a través del periódico Yediot Ahronot, con la frase “Shalom Javer” (Adiós amigo), que el Presidente Bill Clinton, con el rostro triste y lleno de dolor había dicho en la Casa Blanca al salir a la prensa tras enterarse del asesinato de Rabin.  

Y el día del funeral, kilómetros de ciudadanos haciendo cola, en silencio, como si esto fuera Suecia y no Israel, esperando su turno para pasar junto al féretro y presentar sus respetos. “Estoy avergonzado”, decía el cartel que un hombre religioso, con expresión llorosa, llevaba en camino al ataúd. “No matarás”, era la frase que acompañaba uno de los dibujos colocados como despedida a Rabin. Allí estaban todos, laicos y religiosos, israelíes nativos y quienes llegaron de distintos confines del mundo a sumarse al sueño de generaciones, ese sueño que fue posible gracias precisamente a héroes como Itzjak Rabin que dedicó su vida a luchar por Israel.

En las largas filas, el pueblo de Israel se despedía, agradecía. Padres que traían a sus hijos pequeños para que entiendan el peligro de la violencia. Para explicarles qué es democracia. Nos acercábamos a entrevistar y había gente que no lograba responder porque abría la boca y comenzaba a llorar.

Recuerdo la silenciosa y potente marcha con los restos de Rabin en camino al cementerio en el Monte Herzel de Jerusalem. Al pueblo dándole el último adiós. Al Rey Hussein de Jordania y al Presidente Husni Mubarak de Egipto en la primera fila. Al Presidente Clinton repitiendo con evidente congoja lo que había dicho en la Casa Blanca la noche del asesinato : “Shalom, javer”, Adiós amigo. Y las palabras de la nieta Noa Ben-Artzi que sin parar de llorar decía que ella quiere hablar de su abuelo.

Contacto directo

 

Yo había estado frente a frente a Rabin en 1992, antes de las elecciones que lo llevaron a la victoria en su segundo gobierno. Tras muchos intentos, logré pactar una entrevista con él en la vieja sede del partido laborista en  la calle Hayarkon en Tel Aviv, prácticamente frente al mar. Estaba tan emocionada que hasta recuerdo qué me había puesto para ir a su encuentro.

Recuerdo que me pareció un poco tímido, como incómodo de hablar ante un micrófono. Pero firme, seguro, tajante. Era antes del proceso de Oslo, pero tenía claro que quería cambiar el orden de prioridades, ver qué se puede hacer para acercarse a la paz. Rabin no era un pacifista en el sentido que la izquierda suele dar al término. Había dedicado su vida a la lucha por la seguridad y tenía claro que para preservarla, hay que luchar. Pero también tenía claro el precio de la guerra. Por eso quería tratar de abrir un horizonte diferente.

Rabin, como Comandante en Jefe de Tzahal, en la Guerra de los Seis días, en la Ciudad Vieja de Jerusalem, junto al Ministro de Defensa Moshe Dayan y al jefe del Comando central Uzi Narkis (Foto: Archivo de Tzahal)

 

Al terminar la entrevista con Rabin-y esto es un recuerdo anecdótico que nada tiene que ver con él- crucé a la vereda de enfrente a otra entrevista que me emocionaba y esperaba ansiosa. El entonces Presidente de la República Luis Alberto Lacalle se hallaba de visita oficial en Israel y yo había conseguido una cita para reportearlo. Ese día sí que uní mis dos mundos en unas horas de encuentros muy significativos para mí, tanto como periodista, como en mi calidad de ciudadana uruguaya e israelí.

Pocos meses después lo vi a Rabin la noche de las elecciones  en las que resultó victorioso. Lo recuerdo en el podio de oradores del hotel de Tel Aviv que el laborismo había organizado como su cuartel de la jornada electoral, en medio del jolgorio generalizado, proclamando “Aní enavét”, que traducido del hebreo es algo así como “yo voy a guiar, yo voy a marcar el rumbo”. Se lo interpretó enseguida como un pinchazo a su adversario de siempre, Shimon Peres, con quien había estado durante años en la puja interna por el liderazgo del partido. Tiempo después, cuando el proceso de Oslo, se convirtieron en grandes socios que se complementaron y trabajaron juntos por lo que creían sería un futuro mejor.

Foto: Ariel Jerozolimski

Muy poco después de la histórica firma en la Casa Blanca el 13 de setiembre de 1993 de la Declaración de Principios, el primer acto público formal y oficial de reconciliación entre Israel y la OLP, con aquel apretón de manos con Yasser Arafat por el que Rabin irradiaba tanta incomodidad, comenzaron a abrirse puertas. Rabin fue invitado a China en visita oficial y yo me sumé al viaje como periodista. Fue una experiencia inolvidable. 

Claro que era una gran cosa poder tener acceso a varias pequeñas ruedas de prensa con él que brindaba a los periodistas que le acompañamos. Pero más que nada, recuerdo su dimensión humana, su interés por las explicaciones sobre la gran muralla china, y su preocupación constante, si por unos segundos no veía a Lea, su esposa, de cerciorarse que estaba cerca y bien.

Rabin en la muralla china (Foto: Yaakov Saar, GPO)

 

Al año siguiente, cuando fue cometido el atentado terrorista contra la AMIA, el 18 de julio de 1994, el Primer Ministro Rabin me concedió una entrevista que publiqué en su momento en Semanario Hebreo y en la revista argentina Noticias. Era importante transmitir de inmediato su mensaje, firme, seguro, categórico. No dudó ya en el primer momento en culpar a Irán y Hezbolá. Conociendo la situación de fondo, él no precisaba esperar el resultado de ninguna investigación.

 

Foto: Ariel Jerozolimski

Mucho se habla hoy de su legado, un término problemático creo yo cuando se espera que el pueblo todo condene su asesinato. Claro que su opción de marchar por el camino de intentar lograr la paz con los palestinos y su éxito en firmar la paz con Jordania, son parte clave de su legado. Pero sobre parte de ello, el proceso de Oslo con los palestinos, no se puede esperar que haya uniformidad de ideas. Fue un proceso polémico, discutido hasta hoy. También grandes demócratas israelíes del otro lado del espectro político israelí, gente de posiciones nacionalistas y conservadoras, quieren la paz, pero discrepaban con aquel camino. 

Rabin, Clinton y Hussein en la Aravá, en la firma del acuerdo de paz entre Israel y Jordania, 26 de octubre de 1994
(Foto: Ariel Jerozolimski)

 

Rabin no era ni un santo infalible, ni una figura perfecta. Pero era un político convertido en estadista, que decía la verdad a la gente en forma directa, no andaba con vueltas y no mentía, un gobernante que pensaba primero en el bien del país y el pueblo y no en el provecho propio. Claro que se recordará siempre que fue el Primer Ministro que murió asesinado. Pero lo que lo distinguió no fue su muerte sino ante todo su vida . En mi opinión su principal legado fue su liderazgo íntegro y derecho, pensando  no en las próximas elecciones sino en las próximas generaciones. 

Ana Jerozolimski
(30 Octubre 2020 , 10:38)

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