Friedrich Perschak

Friedrich Perschak

Lector, muy lector.  Desde hace años participo de talleres de escritura y lectura.  Estudiar Tora me lleva de la mano a mi identidad judía. Desde que me acuerdo, he leído.  En un verano, cuando tenía 9 años, mi padre nos dio a mis hermanos y a mí, libros para leer en la hora de la siesta;  ese fue el verano de Stefan Zweig. Desde ese momento mi relación con la literatura nunca se rompió. Todos los libros son buenos para ser leídos, todo lo vivido para ser narrado y para ser visto en el cine. La comunicación literaria como mi forma de vida.

Columna de opinión

Oro

Como mi hermana vive en Nueva York, a lo largo de los últimos 20 años, he ido varias veces a visitarla y siempre por largas temporadas. Por eso puedo decir que es una ciudad que conozco mucho y bien. 

En cada viaje, hay actividades obligatorias, como ir a ver “The Frick collection”, tomar el ferry para Staten Island y elegir entre el MOMA o el Met para llevar al sobrino que quiera ir conmigo. 

Por el distrito de los diamantes, está esa característica rara que las calles son como túneles, en ciertas épocas del año, a la hora del amanecer y al atardecer el sol solo se ve en el extremo más lejano al que puedes llegar con la vista; como si el sol estuviera en la salida del túnel de edificios. A esa hora en el rango de unos 20 metros que son iluminados por la boca del túnel, todo se tiñe de dorado. Lo que puedas ver se convierte en divino y adquiere un brillo espectral.

Había ido a buscar a mi sobrino a la escuela. Hacía frío e íbamos tomados de la mano, esquivando gente, charcos y montones de nieve embarrada.  Uriel saltaba sobre el agua y metía el pie en la nieve.  “Viste como a estas botas no le entran ni las balas” repetía más o menos cada dos veces que sacaba el pie cubierto de escarcha y restos de hielo.

A mi sobrino también le gustaba escuchar las historias de los libros que leía. Por lo general siempre conversábamos sobre literatura. Se entretenía tanto al escucharme y ponía tanta atención, que luego se las contaba a su madre o a sus amigos como historias propias. Una vez le dijo a su maestra, como excusa por no haber hecho los deberes, que su casa estaba invadida  por una especie de sombra rara. Unos días antes le había narrado mi versión para niños de “Casa tomada” de Cortázar. Aun ahora que ya creció y está ya en la universidad y no lo veo tanto como antes, tengo una relación muy cercana con Uri.

En aquel viaje tuve doce horas de vuelo desde Montevideo a Nueva York;  fueron de lectura, tocó “City” de Alessandro Baricco. Cuando bajé del avión, ya tenía planes.  Estaba la urgencia de ir al MOMA a ver los “Nenúfares” de  Claude Monet.  ¡Qué buen trabajo de escritura hizo el italiano!, al leer podrías ver los colores, la textura del musgo, hasta oler el agua estancada. Fue uno de esos vuelos inolvidables. 

Al salir del museo, compré un imán para la heladera con un minúsculo detalle del cuadro. Estuve sentado como una hora mirándolo, recordando y releyendo el libro. La gente pasaba frente a mi y trataba de esquivarme para ellos también ver el cuadro. Están todas las partes colocadas una al lado de la otra en una sala enorme. La iluminación va variando y se mueve como una ola en un estanque.

Tuve que irme del museo, porque le había prometido a mi hermana ir a buscar a uno de mis sobrinos al colegio.

No sé si fue casualidad, destino o magia, pero en la esquina de la sexta con la cuarenta y nueve, cuando estábamos esperando el cambio de las luces del semáforo, vi entrar en un Starbuck a Paul Auster, seguido del mismísimo Alessandro Baricco. Mi sobrino me tiraba del brazo porque ya podíamos cruzar, pero yo quedé petrificado. No podía creer: esos dos juntos y tan cerca de mí. 

No supe qué hacer. Seguir para la casa de mi hermana y prepararle la merienda a ese niño impertinente o entrar detrás de mis dos amigos y sentarnos con ellos a tomar un café.

—Vení, vamos a cruzar la calle y entrar a tomar un café allí.

—Tengo hambre, puedo comer algo también.

—Sí. —dije.

La luz había cambiado a rojo. Tuvimos que esperar para poder cruzar la avenida. Pasó un camión de bomberos con la sirena prendida. Se detuvo todo el tráfico para darle paso. 

Traté de no perderlos de vista. Allí estaban.

Cruzamos la calle, en una mano tenía agarrado a Uri, la otra dentro del bolsillo de la campera tocaba el imán. Corrimos.

Cuando por fin pudimos entrar, estaban sentados en una mesa, frente a un ventanal. Era exactamente la hora del túnel. Fue en ese instante en que todo se tiñó de oro. Y ellos dos, mis dos escritores preferidos de ese año, fueron iluminados y brillaron como si fueran casi dioses.

 

Friedrich Perschak
(22 de Septiembre de 2021 a las 20:48)

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