Friedrich Perschak

Friedrich Perschak

Lector, muy lector.  Desde hace años participo de talleres de escritura y lectura.  Estudiar Tora me lleva de la mano a mi identidad judía. Desde que me acuerdo, he leído.  En un verano, cuando tenía 9 años, mi padre nos dio a mis hermanos y a mí, libros para leer en la hora de la siesta;  ese fue el verano de Stefan Zweig. Desde ese momento mi relación con la literatura nunca se rompió. Todos los libros son buenos para ser leídos, todo lo vivido para ser narrado y para ser visto en el cine. La comunicación literaria como mi forma de vida.

Columna de opinión

La última noche

De la única manera que podría definir esa noche es como nuestra. Cuando comento que fue así para mí, la gente me mira incrédula. Triste sí, pero solo de nosotros.

Ya no soportabas más. El médico dijo que la última opción que quedaba para probar era el bloqueo neuronal.

-        ¿Qué es eso? -preguntaste.

-       Te inyectamos una sustancia por la vía que tenés en el brazo, que bloquea la sensibilidad, ya no vas a sentir ningún dolor, no sentirás nada. Nunca más.

-        Hagámoslo -dijiste- Ya no quiero más esto, ya fue suficiente. ¿Tiene alguna    consecuencia legal para mí, para ustedes o para él?

-       No, ninguna. Es un tratamiento paliativo de rutina. ¿Estás seguro de hacerlo?

      -      Completamente -contestaste.

Tuviste que esperar unos días a que llegara el producto. Los calmantes cada  vez te daban menos tranquilidad. En esos momentos, querías que mirara por la ventana y te contará lo que veía; ya no sabía que inventarte. Me pedías que te leyera. Leí primero “Breves amores eternos” de Pedro Mairal. Te reíste con “La última noche” de James Salter.  Lo último fue “Jane Eyre”.

-       Me gustaría que fuese como Helen. -dijiste.

-       Ja ja si claro. Pero si no sos tan bueno como ella….

Vino el doctor, se despidió de vos. Te agradeció que hayas sido su paciente. Decidiste volver a casa, me fui antes para preparar tu llegada. Fuiste solo en la ambulancia. La camilla no entró por el ascensor,  te tuvimos que pasar a tu silla de escritorio y así entraste al departamento. 

Llegaste sonriendo con una frazada a cuadros rojos y verdes que te cubrían las piernas. Fue una llegada perfecta. Estabas feliz de haber vuelto.

Nos dejaron solos. Me pediste que apagara los celulares y el timbre de la puerta. Querías silencio, estar juntos.

Ya casi no podías hablar. Estabas muy débil. Te levanté de la silla, no pesabas nada. Eras casi una pluma. Te llevé a la cama en brazos. Parecía la primera noche de una luna de miel. Seguro también vos lo pensaste. Sonreíste.

Te tapé con nuestro acolchado. Te peiné, ya te había crecido un poco el pelo. Perfumé tu cuello y tus muñecas. Tu aroma convirtió la casa de nuevo en nuestro hogar.

Supiste que cuando fui a buscar una taza de café con leche, había llorado. Sabías que trataba de estar sereno, pero que me era imposible.

Vos también tenías miedo, yo lo sabía. Nadie puede ser tan digno, tan fuerte cuando se llega a esa noche.

Te cambié los pañales,  curé las éscaras que tenías en la espalda, traté de que tragaras un poco de agua, te abrigué. Arreglé las sábanas. Moví la lámpara de la mesa, para que su luz no te diera en la cara.  Veías como no podía estar quieto, como quería hacer todo por ti. Agradecerte por la vida preciosa que tuvimos.

-       No quiero. No, ya no lo quiero.

-       Lo sé -pude decir.

-       Nadie quiere que pase, aunque esté así como yo. ¿Quién va a querer terminar en este estado?

Te acaricié los brazos. Eran dos huesos sin forma. 

Hiciste el gesto de que me acueste en la cama, diste varios golpes suaves con la mano sobre la frazada.

Me desvestí y nos acostamos juntos. Te abracé por atrás;  como siempre que volvía a casa cansado del trabajo, hacíamos un rato de cucharita y todo volvía a ser perfecto.

Estuvimos así hasta que te dormiste. Yo también me dormí. Agradecido porque pasaríamos otra noche juntos. Contento, habías pasado otro día.

Me despertó una claridad. Era el reflejo del sol que entraba por la ventana. Tú me abrazabas. No sé de donde sacaste fuerzas para cambiar de posición. ¿Por qué no me avisaste? Lo hiciste solo. Tú brazo duro y frío pesaba tranquilo sobre mi hombro.

Fue igual que Helen. Pero no de tuberculosis.

Fue nuestra última noche. Una noche perfecta.

Solo nuestra.

 

 

Friedrich Perschak
(6 de Diciembre de 2021 a las 13:50)

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