Ruben Kurin

Ruben Kurin

Soy Ruben Kurin, trabajé desde los 14, un día me di cuenta de que tenía más de 60 y pensé que necesitaba un cambio. Siempre me gustó escribir y quise dedicarle más tiempo a temas que me interesaban,  aprendí idiomas, informática, filosofía y  historia, Ahora puedo escribir y expresarme. Soy feliz porque considero que lo que no disfrutamos es tiempo perdido.   

Columna de opinión

Vida o muerte

    - ¡Suban al vagón!

Gritaba aquel soldado alemán a nuestro grupo que, aterrorizados por la incertidumbre obedecíamos en silencio.

Diez días antes, cuando nos disponíamos a festejar el Shabat, sentimos ruidos que venían de la calle y nos asomamos a la ventana. 


Cinco camiones estacionaban en nuestra cuadra, bajando de ellos decenas de soldados que se dispersaban en varias direcciones.

 
Yo tenía dieciséis años y no entendía nada. 


Pregunté a mi padre qué era lo que estaba pasando. 

Éste, envuelto en su impecable Talit, su Kipá y el libro de rezos atesorado entre sus manos, me miraba sin saber que responderme. 


Luego de cinco minutos, sentimos fuertes golpes en la puerta acompañados de gritos que decían:


-    ¡Judío Polak y familia! - e inmediatamente estaban adentro, permitiéndonos
solo llevar tan solo nuestros abrigos.


Nos empujaron como vulgares ladrones escaleras abajo ante el asombro e impotencia de nuestros antiguos vecinos no judíos. 

Subieron a mi padre a mi hermano mayor a mi tío Hershel y luego a mí a un vehículo repleto de hombres de todas las edades y niños  llorando


Luego de aproximadamente cuarenta y cinco minutos de incómodo viaje llegamos.


Eran los depósitos de la estación del ferrocarril que habían tomado los alemanes para embarcar desde allí su despreciable "mercadería", a nosotros los judíos.


Siete días mas tarde nos separaron por edad. 

No volvimos a ver más a mi padre ni al tío Hershel


Ya en cautiverio con mi hermano caminábamos y corríamos para mantenernos en forma y por que no para no aburrirnos. 

Estábamos con mucha gente conocida, amigos de nuestra edad, compañeros de clase. No teníamos la menor idea de lo que estaba pasando. 

Estábamos a la espera, seguros de que en unas horas más todo terminaría y volveríamos a la vida normal a casa con la familia. 

Creo que si por la mente se nos hubiera pasado lo que el destino nos deparaba los nazis no nos hubieran masacrado como lo hicieron, humillándonos de esa manera y me pregunto: 

¿Dónde estaba nuestro orgullo y valentía?
Porque en el grupo éramos todos fuertes, rebeldes por la edad, sanos, capaces, valientes. 


Había una razón; falló nuestra crianza. 


Nos enseñaron a bajar la cabeza, a rezar, a pedirle a Dios que resuelva todos los problemas.

Obedientes a lo que nos habían inculcado, ahí estábamos: 
En una miserable fila entrando en un vagón como ganado.

-    ¡APRETENSE, VAMOS! - Gritaba el alemán.


Estábamos parados en aquel apestoso carguero con olor a excremento humano dejado por la carga anterior.


Nuestras ropas estaban malolientes por tantos días sin higiene. 
Los piojos comenzaban a darse grandes festines en nuestros cuerpos. 


Cuando se cerró la puerta del vagón, al sonido del golpe se unieron gemidos, gritos, llantos, luego... el silencio y la oscuridad total.


El tren comenzó a marchar. 

Pensé que no demoraríamos mucho en ese infierno, en esas condiciones ningún ser humano podía resistir. Los ojos se me fueron cerrando y me dormí parado por la oscuridad total y el movimiento monótono del transporte. 


Debe haber sido ahí que perdí un zapato o quizás me lo saqué en forma inconsciente.

El frío de mi pie descalzo me despertó. 


Otra vez llantos, gemidos y el fétido hedor de la gente que hacía sus necesidades encima, entumecidos por el frío y el cansancio, algunos dejándose morir ahí parados como estaban.


Calculé tres horas de viaje. 

El tren paró. 

El alivio recorrió mi cuerpo esperanzado de salir de ese infierno. 

Ya no me importaba lo que pasara peor que eso no podría ser. 

Pero no, estuvimos parados otras tres horas. 

Mi pie derecho se congeló, no lo sentía para nada y me quedé dormido por una hora más.


Sobresaltado, desperté otra vez con el tren en marcha. 


Viajamos otras dos horas y paramos. 

Sentimos abrirse las puertas de los otros vagones. 

Los soldados comenzaron a decirle a la gente que se baje. 

Se comenzaron a oír gritos confusos y tiros de escopeta. 
Entonces vino a mi mente algo que había pasado en casa de mis padres hacía unos meses:  


Salomón, un primo que había venido escapado de Alemania a Polonia, único sobreviviente de una familia a la cual los nazis entraron a su casa matándolos a todos, nos contaba como logró esconderse detrás de la puerta y los soldados no lo lograron ver.


Yo le pregunté:

-    ¿Cómo lograste esconderte, si tu no sabías que los venían a matar?
-    Fue una corazonada, un reflejo... y ese reflejo, me salvó la vida.


Cuando sentí que la puerta de nuestro vagón comenzó a abrirse, escuchando la voz de los soldados diciéndonos que bajemos a estirar las piernas, a tomar un poco de aire, me dije: 


¡Qué tan buenos son ahora, cuando el veinte por ciento de los que iban con nosotros, ya estaban muertos... Pensé... ¡Ahora o nunca!


-    Elías- dije a mi hermano- cuando bajemos del vagón hay que echar a correr, nos matarán de todas formas, es un presentimiento, es hora de escapar o morir.


Él, no hizo caso de mi consejo, otras cinco o seis personas que me escucharon, asintieron con la cabeza.


La gran portera se abrió. 

En el entrevero, los cuerpos que saltaban del transporte, otros que caían, los empujones, el encandilamiento al ver la luz después de tantas horas en la oscuridad logré ver un bosque y comencé a correr hacia él. 

Mi pie descalzo tocaba el frío barro, haciendo tambalear mi cuerpo. 

Las balas pasaban a mi lado, pero, la desesperación hacía que yo corriera más que ellas. 

Varios compañeros cayeron a mi lado mientras yo me decía... ahora me toca a mí... 


Así pude llegar al bosque, refugiándome detrás de un gran árbol.


Con mucho miedo, mi pie sangrando, miré hacia atrás y logré ver el tren con el tendal de gente caída alrededor rodeada por los soldados matando ahí mismo a los escapados. 


Los dejaban tirados en la nieve y seguían matando a todo a quien agarraran    

         
        - ¡No me atraparán- me grité para adentro!

 

Miré la copa del árbol tratando de subir, no pude.
Sentí tiros de metralla, escondí la cabeza entre mis manos y de pronto se hizo silencio.
Miré hacia el tren y vi que mataron a tiros sin piedad a todo el cargamento. 


Murieron todos incluyendo mi querido hermano.


No sé de dónde saqué fuerzas, pero comencé nuevamente a correr por el bosque. 

En el camino encontré un muerto, no le miré la cara, solo los pies. 

Yo nada más quería sus zapatos, pero el infeliz traía uno y para mi mal era el derecho. 


Se lo saqué y como pude lo coloqué en mi pie izquierdo lleno de cortes, tajos, barro y mugre, pero no me importaba... 

Con mi par de zapatos izquierdos, correría la mejor carrera... 


La carrera hacia la salvación de mi vida

Ruben Kurin
(8 de Diciembre de 2021 a las 14:12)

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