Friedrich Perschak

Friedrich Perschak

Lector, muy lector.  Desde hace años participo de talleres de escritura y lectura.  Estudiar Tora me lleva de la mano a mi identidad judía. Desde que me acuerdo, he leído.  En un verano, cuando tenía 9 años, mi padre nos dio a mis hermanos y a mí, libros para leer en la hora de la siesta;  ese fue el verano de Stefan Zweig. Desde ese momento mi relación con la literatura nunca se rompió. Todos los libros son buenos para ser leídos, todo lo vivido para ser narrado y para ser visto en el cine. La comunicación literaria como mi forma de vida.

Columna de opinión

Bella Unión

Bella unión, es una cuidad de una sola calle, una avenida larga que va desde la ruta hasta el río. Luego de unas rocas puntiagudas hay un pequeño muelle, desde allí, si ves para la otra orilla, se divisa Argentina y si esfuerzas la vista, donde los árboles cambian de color en el horizonte se ve Brasil. El río forma una triple frontera unida por un puente hacia la ciudad de Quarai o en balsa con Monte Caseros en Argentina. Tres ciudades tristes, pobres y sin gente.

No hay mucho para hacer, solo ver pasar los días, los camiones que van hacia el puente y las barcazas que pasan pero que nunca se detienen. Alejandra saluda con la mano pero sin respuesta. Nadie le devuelve la cortesía. 

Le gusta ir al río. Cuando sale de la escuela siempre se suelta de la mano de su hermano mayor y se escapa hacia la orilla. Se sienta, si el agua no está crecida, en una de las rocas a mirar el horizonte y espera. Se acerca lo más que puede a la orilla, si no hay cangrejos o algún pescado muerto toca el agua con un dedo pulgar y vuelve desilusionada a casa chupándose ese dedo.  Siente el gusto del agua diferente, deliciosa.

 Hoy tampoco volvió.

Llega todas las tardes muerta de hambre, con su portafolio escolar en una mano y la otra con un dedo en la boca. Camina así las cuatro cuadras que hay desde el río hasta donde vive con su abuela y su hermano José. La abuela con un gesto entre cariñoso y enojado le da una palmada en la boca y siempre le grita lo mismo: “tire ese dedo da boca, no sos una crianza”

La triple frontera les deja mezclar el español con el portugués como si fuera una familia bien avenida. Todos allí hablan distinto, pero se entienden.

Entra a la casa, se saca la moña azul y la túnica, toma la leche con malta y una rodaja de pan de campo con guayabeada. No es tan dulce como el agua del río, esa agua que un día lo va a dejar volver.

En los meses de verano, el calor lo vuelve todo un infierno. Si llueve es peor, la humedad se condensa en las casa y las paredes se ponen negras de hongos. Hay olor feo a encerrado y a viejo. En la casa de la abuela aun no pudieron comprar un aire acondicionado; en el norte del país no es un lujo, es una necesidad; solo tienen un ventilador de pie que hace su mayor esfuerzo para refrescar el aire sin mucho éxito. Son días enteros que los tres pasan casi desnudos, tirados en la cama o en el sillón,  se aburren, miran telenovelas brasileras, que solo interesan a la abuela, esperan a que baje un poco el sol, para poder salir. Son días largos y sin esperanza.

En cuanto el sol se lo permite, Alejandra sale. Va derecho al río. Se sienta, pone los pies en el agua fresca. Se permite soñar con el día en que lo verá llegar. Seguro que en un bote a remo. Sonriendo. Feliz de volver. Aun  ha de faltar para que eso suceda.

Una tarde, hace tanto calor que no lo soporta más y se anima a entrar al río. Primero fueron sus pies, como de costumbre, luego hasta la rodilla; cuando su cuerpo se acostumbró a la temperatura fría del agua, da un paso más y llega hasta la cintura. Mira hacia la otra orilla, se imagina como será la vida allí, y sin darse cuenta se sienta en el agua oscura y dulce. Cierra los ojos y la boca. Solo siente un zumbido en los oídos. Quiere abrir los ojos para ver si lo ve, pero no se anima. Se pone en pie. Abre la boca y prueba los restos de agua dulce que corren por su cara desde su cabello. Agua deliciosa. Sabrosa, dulce, preciosa.

Alejandra, con casi diez años, venció el miedo al agua. Desde esa tarde de calor infernal, el río será como un amigo intimo, le traerá las buenas y las malas noticias. Se van a querer y odiar. Pero siempre serán el uno para el otro. Desde ese día, es su río. Solo suyo.

Cuando el cielo se vuelve negro, cuando el aire se pone dulce; cuando el humo de la quema de la caña de azúcar lo invade todo como una niebla que trae unos meses de prosperidad; cuando todos hablan de cuantas hectáreas han ardido; cuando a la abuela la llaman para hacer limpiezas en las casa de los que han cobrado por la cosecha, cuando la única calle del pueblo se llena de gente que viene desde el campo a celebrar por su ganancias; Alejandra no se mueve del río. Va a con su amigo, conversa con él, le pide solo una cosa: que lo deje volver. 

Comienzan las clases, lo peor del verano ha pasado. El río crece y llega casi hasta la plaza. El olor a podrido empuja al aroma dulce de azúcar quemada. Sapos, víboras y yacarés andan por la avenida como si fueran vecinos y hermanos. El río castiga a Alejandra. Oculta las rocas y el horizonte. Ella extraña a su amigo y a su padre más aun. 

Cuando vuelve la calma, el pueblo no es el mismo. El río deja al irse casas anegadas, animales muertos, barro y basura, gente que pide ayuda porque el agua le robó lo poco que tenían. Los vecinos se ayudan con lo que tienen. Alejandra solo tiene una cosa en mente, piensa que en estos momentos tan duros, es cuando su padre debería volver a salvar a la cuidad.

Una tarde regresa a la casa después de la escuela y  de su visita al río. La abuela está nerviosa, ansiosa. Pide ayuda para ordenarlo todo. José sale corriendo al almacén de la esquina a pedir prestado unas linternas y un farol. Alejandra no sabe muy bien que va a pasar, pero se ilusiona. La abuela le dice que se quede adentro de su cuarto, que prenda la televisión con el volumen bajo y que se duerma temprano. Ella y José salen. Van al río.

Alejandra no hace caso. Se viste con lo mejor que tiene. Sabe que algo importante va a pasar. Va a su roca preferida, está oscuro, las luces de la avenida casi no llegan hasta allí. La noche negra la envuelve. El río se oye pasar. Golpea el agua en las rocas como un aletear de palomas. Allí en plena oscuridad se siente acompañada y vuelve a pedirle a su amigo el único favor que necesita.

En el horizonte ve moverse una luz. Parece avistar algo. Otra luz de linterna le contesta. La ve acercarse. Cree que viene directo hacia donde Alejandra está sentada. Su roca se vuelve un trono. El río una alfombra voladora.  La luz se hace más fuerte y potente. Se escuchan voces. Son su abuela y su hermano José. Es un bote, un hombre rema entre bultos y fardos. El padre de Alejandra vuelve por fin escondido en medio de la noche, cargado con todo su contrabando.

Después de esconder toda la mercancía traída en el cuarto de la abuela, bajo las camas de los niños y arriba en el altillo, llega la hora de los abrazos, los besos y los llantos de alegría. La abuela está contenta de ver volver a su hijo,  José orgulloso de tener un padre héroe que volvió victorioso y  Alejandra no lo puede creer, sus ruegos y plegarias al río fueron atendidos.

Tiene su primer vestido, regalo del padre, es rosado, acampanado, con pequeñas flores y mariposas lilas bordadas. Es hermoso, perfumado, está limpio y le queda perfecto. Con él parece una señorita. 

Muy temprano, cuando el amanecer comienza a reflejarse en el río; ella sale de su casa. Va hacia su roca preferida. El río la espera con su aletear de palomas. Sumerge un pie, luego el otro, roza su vestido nuevo en el agua. Da un paso, da otro más y se deja caer con la boca cerrada. El río está fresco. Abre los ojos, su amigo es oscuro. Mueve los brazos y da unas brazadas como le enseñó su hermano. Cuando no aguanta más sin respirar se pone de pie, prueba una vez más el sabor del agua que corre por su cara. Esta vez la dulzura del agua se mezcla con lo salado de sus lágrimas. Llora de felicidad, por fin volvió su padre.

Ella es agradecida. El río, como los buenos amigos, lo sabe.

Ellos hacen una bella unión.

 

 

 

Friedrich Perschak
(13 de Abril de 2022 a las 14:16)

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