Friedrich Perschak

Friedrich Perschak

Lector, muy lector.  Desde hace años participo de talleres de escritura y lectura.  Estudiar Tora me lleva de la mano a mi identidad judía. Desde que me acuerdo, he leído.  En un verano, cuando tenía 9 años, mi padre nos dio a mis hermanos y a mí, libros para leer en la hora de la siesta;  ese fue el verano de Stefan Zweig. Desde ese momento mi relación con la literatura nunca se rompió. Todos los libros son buenos para ser leídos, todo lo vivido para ser narrado y para ser visto en el cine. La comunicación literaria como mi forma de vida.

Columna de opinión

Él, el más sionista de todos

Cuando nos conocimos, lo primero que me dijo fue que se iba a vivir a Israel. En nuestro compromiso anunció: “yo me voy a vivir a Israel”. En nuestra noche de bodas, cuando por fin estuvimos solos me dijo: “yo me voy a vivir a Israel”. Cuando tuvo a nuestro primer hijo en brazos me repitió: “yo me voy a vivir a Israel”.

Y en 1960 nos fuimos. Todos fueron a despedirnos al puerto. 24 días hasta Génova. Yo me sentí mareada todo el viaje. Los dos niños estuvieron encerrados en el camarote conmigo. Usaban una pelela porque teníamos miedo que fueran al baño solos. Él y los niños iban al comedor y me alcanzaban algo para almorzar o cenar.  Y él me traía los cuentos de todos aquellos con quien había conversado. 

Cuando hicimos escala bajamos a tierra a pasear. Llovía y hacía frío. En los dos días que estuvimos en Italia no dejó de caer agua. Él se olvidó la cartera cuando subimos en un taxi, con la plata, sus documentos y todo lo importante que él llevaba. Así que yo seguí sola para Israel y él tuvo que esperar una semana para seguir el viaje luego de recuperar todo lo perdido. 

En Haifa brillaba el sol. El puerto estaba abarrotado de gente. Gritaban, sonreían y parecían darnos la bienvenida a un desierto, a esas pocas calles edificadas sin brillo. Fuimos a la casa de un familiar a esperarlo. 

Cuando llegó, me abrazó, nos besamos y me dijo: “yo voy a vivir aquí”. 

Hasta que nos dieron un lugar para vivir, estuvimos en casa de un primo. Ellos habían llegado hace cinco años, entendían perfecto lo que estábamos pasando. Nos ayudaron, pero nosotros estábamos allí más apretados que en el camarote del barco. Sin mareos, pero con calor, con la nariz y la boca seca y con el polvo del desierto y los mosquitos por todos lados.

El día que nos entregaron nuestra casa, él estaba feliz. Desbordaba su pecho de alegría. Nos dejó en la puerta un taxi, nosotros dos, nuestros dos hijos y tres valijas. 

—Sube primero tu —me dijo entregándome las llaves—yo voy subiendo más lento con todo esto.

Arriba había un gran vacío. Era la nada misma. Ni siquiera agua. Desde la ventana solo se veía una calle de tierra y del otro lado el desierto. El nuestro era el último edificio de Ashkelon. 

—No subas, aquí no hay nada —le grite a través de la ventana en el tercer piso.

Me hizo un gesto rápido con la mano, como señal de que esperara que él se ocuparía.

Lo esperamos sentados en  el piso hasta que volvió de tarde. Venía con tres árabes envueltos con sus pañuelos. Traían dos camas, tres sillas, una hornalla, dos cacerolas usadas. Demoraron días en conectar el agua. Usamos una caja que estaba en la calle como mesa. 

—En Beer Sheva, les dan carpas para vivir, nosotros tenemos un hogar— dijo emocionado.

Yo les golpeaba la puerta a los vecinos de abajo y les señalaba una de las ollas que teníamos para que me dieran agua. Así cocinaba y nos lavábamos. Recién después de una semana pude darles un baño a los niños y nosotros pudimos irnos a la cama sin tanto polvo en el cuerpo. Fue todo un lujo ducharse.

Israel no era lo que él había imaginado.

De noche, siempre se veían relámpagos en el horizonte. Eso les decíamos a los niños, pero nosotros sabíamos que eran bombardeos. De día, encontrar trabajo era casi imposible. A él, cada mañana se le hacía más difícil levantarse de nuestra camita.

Ya no se afeitaba. Trataba de cocinar lo que a él le gustaba, pero casi ya no comía.

Fuimos un día de paseo a Jerusalén. Ese día fue él de siempre y del que me enamoré. Estaba eufórico. Caminaba saltando de alegría. Cruzó la puerta de Iafa con el corazón desbordante. Bajó las escaleras hasta el muro de dos en dos, no aguantaba la emoción, pero no pudimos llegar, estaba en manos árabes. “Tampoco podemos rezar en el muro”, me dijo.

La vuelta a casa fue en silencio. Fue eterna. Cuando llegamos no había luz, los apagones eran continuos. El viento había ensuciado todo de arena. Había dejado Burekas para comer a la vuelta, pero estaban bañadas de polvo. Nos dormimos con hambre y desconsuelo.

A la mañana no tuvo fuerzas para levantarse de la cama. 

Yo quería volver. Él no quería. Decía que solo podría llegar a ser un buen hombre y buen judío allí en Israel.

El día en que David, nuestro hijo menor, se sintió mal no quiso acompañarme al médico. Yo no sabía donde había uno. Al preguntar a gritos por un doctor me explicaron por señas donde podía encontrarlo. Yo no hablaba hebreo, él sí. Caminé y caminé hasta que llegué a una casa con un Zion rojo en la puerta. Golpeé pero demoraron en abrir. Salió un señor. Le mostré al niño, estaba hirviendo de fiebre. Me señaló un cartel en hebreo con unos números. Imaginé que decía que atendían de 8 a 12 de la mañana y ya había pasado el medio día. Me enloquecí, comencé a gritar, estaba desesperada,  le pedía en una mezcla de español e inglés que me ayudara. Aceptó. Al final el niño no tenía nada grave. Cuando volvimos a casa, le di un baño y la fiebre bajó enseguida.

Yo quería volver.

Le escribí a mi familia contando lo que nos pasaba, todos y cada uno de nuestros días allí en Israel.  Conté que él ya no salía de la cama. Él no había encontrado trabajo. Él no era él. Les dije que yo no había podido ir a aprender hebreo aún y se me hacía imposible encontrar un trabajo y cuidar a los tres. Lo único que podía hacer, era lavar la ropa que los vecinos me traían. Me pagaban 1 shekel. Yo la limpiaba en el baño y la planchaba de noche mientras todos dormían. Estaba cansada. 

Yo quería volver. 

Cuando llegó la carta de su hermano, terminó de tomar la decisión. Le decía que un buen judío y un buen hombre se es en todos lados, que lo podría llegar a ser también en Montevideo.  Se quedó dormido llorando.

A la mañana parecía otro hombre. Se levantó, se afeitó, y dio vuelta la caja que usábamos de mesa y la comenzó a llenar con las pocas cosas que teníamos.

“Nos volvemos a casa de tu madre”, exclamó.

En el aeropuerto mi cuñada se escandalizó al verme. Con 24 años tenía el pelo lleno de canas, yo no me había dado cuenta. En el baño en Israel no teníamos espejo.

Los niños fueron a dormir a casa de los abuelos paternos y nosotros pasamos la noche en lo de mis padres.

Luego de cenar y comer en una mesa firme, nos acostamos. Antes de dormir él me dijo: “Yo vuelvo a vivir a Israel”.

 

Friedrich Perschak
(9 de Junio de 2022 a las 11:23)

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