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El Plan de Trump y la política como el arte de lo posible

Por Cécile Denoit, la conocida twittera @gordameir

El pasado 28 de enero, en una conferencia conjunta con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump presentó su tan anunciado plan para resolver el conflicto palestino-israelí. El documento, formalmente titulado “Paz Para la Prosperidad: Una Visión para Mejorar la Vida de los Pueblos Palestino e Israelí”, tiene 181 páginas y se divide en dos partes: una económica, que ya había sido lanzada en junio de 2019 en una conferencia internacional sobre los palestinos que tuvo lugar en Bahrein, y una política, presentada por primera vez en esta conferencia de prensa.

Muchos análisis y críticas se han escrito ya sobre esta iniciativa en los últimos días y una buena parte de ellos gira alrededor de preguntarse si el plan es o no justo para las partes implicadas. Esto no es lo que interesará aquí; primero porque ¿quién determina qué es lo justo? Y segundo porque el sistema internacional y los vínculos entre los Estados dentro de éste no funcionan bajo parámetros principistas por más que no sea muy popular decirlo. Es por ello que se comenzará explicando algunas nociones básicas de la escuela realista de las relaciones internacionales que resultan centrales para poder luego analizar el plan en sí.

Es el realismo, estúpido.


Dado que no existe una autoridad por encima de los Estados que los proteja unos de otros, puede decirse que el sistema internacional es anárquico, lo cual crea fuertes incentivos para buscar ganar poder a expensas de los demás, es decir, la anarquía del sistema fuerza a los Estados a tratar de maximizar su poder relativo dado que esta es la mejor manera de maximizar también su seguridad. Así, el poder resulta la variable clave para la supervivencia de los actores. El poder aquí consiste en las capacidades materiales que controla un Estado, las cuales son principalmente el poder militar y los ingredientes económicos que intervienen en la construcción de este, como la riqueza de un país, su extensión geográfica y el tamaño de su población. Los Estados en este marco no actúan según lo que les parece más o menos justo sino según si la acción en cuestión contribuye a mejorar su posición relativa de poder respecto de los demás actores ya que con ello aumenta su seguridad y por ende también sus chances de supervivencia.

Esto, claro, siempre que actúen de manera racional. Si un actor no comprende cómo funciona el sistema internacional y la importancia de las relaciones de poder o se cree por encima de estas normas, seguramente terminará cometiendo actos irracionales que empeorarán su posición relativa de poder respecto a sus rivales, reducirán su seguridad y traerán costos altos para su población. Un ejemplo de acción irracional es la guerra suicida contra Inglaterra que la Junta Militar que gobernaba de facto la Argentina en 1982 decidió lanzar en ese entonces.

¿Qué tiene que ver todo esto con el plan? Mucho si se quiere entender cómo fue que los árabes palestinos pasaron de recibir la oferta del primer mapa de julio de 1937 elaborado por la Peel Comission (una Comisión Real británica creada en 1936 para investigar las causas de los disturbios en el Mandato de Palestina), donde además su Estado iba a ser subsidiado por el Estado judío propuesto, a este segundo mapa presentado por Trump en enero de 2020.

Una comparación entre la partición propuesta por la Peel Commission en 1937 y aquella presentada por Donald Trump en enero de 2020.



Una comparación entre la partición propuesta por la Peel Commission en 1937 y aquella presentada por Donald Trump en enero de 2020.
Bien, el argumento central aquí será que se ha llegado a esta situación principalmente por dos razones: (a) la sistemática incapacidad de la dirigencia palestina de comprender la naturaleza del sistema internacional y (b) la manera en que la causa palestina ha sido utilizada una y otra vez por otros actores para aumentar su propio poder relativo, contribuyendo a profundizar el punto (a). Se intentará a continuación profundizar estos puntos.

En un principio, el mundo árabe en general y los árabes palestinos en particular se rehusaban a la paz con los judíos/israelíes porque se creían más poderosos y capaces de vencerlos en batalla. Eso los llevó a rechazar los planes de 1937 y 1947 e incluso el white paper británico de 1939 que no daba a los judíos un Estado independiente sino simplemente un “hogar nacional” y rechazaba partir el territorio. Tras el establecimiento de Israel en 1948, los jordanos ocuparon el West Bank y Jerusalén Este y los egipcios la Franja de Gaza y prácticamente nadie hablaba de establecer otro Estado árabe en esos territorios. De hecho, el mundo árabe mayormente veía a Palestina como una parte más dentro de la nación árabe y no como una identidad diferenciada. Esto, claro, no significa que los árabes palestinos no existieran, como gustan de decir muchos, sino solamente que su identidad nacional no estaba tan definida como en la actualidad y su causa aún no tenía tanta influencia internacional.

Tras la Guerra de los Seis Días (1967) en la cual Israel conquista los territorios mencionados de manos jordanas y egipcias, los países del Golfo, especialmente Arabia Saudita, que eran hasta ese entonces en gran medida indiferentes a la suerte de los árabes palestinos y desconfiaban del nacionalismo árabe de Nasser y el Baath sirio, comenzaron a temerle al poderío israelí. Para ese entonces, Riyadh se estaba volviendo sumamente poderosa gracias al petróleo: en 1973 producía 7 millones y medio de barriles diarios. Al estallar la guerra de Yom Kippur en ese mismo año y debido a que Estados Unidos apoyaba a Israel, el rey Faisal bin Abdul Aziz retiró el crudo saudí de los mercados mundiales para perjudicar a Washington y sus aliados, lo cual cuadruplicó el precio del combustible en el mercado. Esta acción fue la fuerza principal detrás de la crisis energética de 1973.

En ese marco, los saudíes comenzaron a utilizar la causa palestina como un elemento central de softpower en su política exterior para buscar contener a Israel y luego también como una herramienta para ganar influencia regional y legitimar su liderazgo dentro del mundo musulmán. Esto es básico en las relaciones internacionales: un crecimiento significativo en el poder poder relativo de un Estado producirá que otros, especialmente sus vecinos regionales, vean amenazada su seguridad y por ende busquen aumentar su propio poder para reducir el peligro. Así, Arabia Saudita encontró en la causa palestina un elemento clave para perseguir este objetivo.

Entonces, Riyadh utilizaba su poder económico y su centralidad en el mercado energético para “comprar” voluntades internacionales y lograr que muchos países cortaran o enfriaran relaciones con Israel y abrazaran la causa palestina. Un ejemplo de esto es lo ocurrido durante la reunión de la Comunidad Económica Europea en junio de 1980, donde se determinó que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) tendría que estar presente en cualquier negociación futura sobre el conflicto árabe-israelí. Este apoyo a una organización terrorista por sobre incluso el pueblo palestino es visto como un signo claro de miedo europeo ante el poderío energético árabe. Por otro lado, varios países africanos, como Botsuana, Benin, Burundi, Camerún, Ghana, Congo, Etiopía, Gabón, entre otros, cortaron relaciones con Israel con el objetivo de conseguir simpatía del mundo árabe y con ello un alivio de los efectos del aumento del petróleo.

Pero frente al ascenso de Irán, la prioridad número uno en términos de seguridad para Arabia Saudita dejó de ser Israel y pasó a ser ese Estado, el cual además tiene potencial para expandirse regionalmente a través del chiismo revolucionario, algo que Israel no puede hacer ya que no tiene capacidad de softpower regional (difícil imaginar a los países vecinos a Israel siendo atraídos y movilizados por el sionismo). Esto llevó a que Riyadh termine acercándose a otros actores temerosos frente a Teherán para balancearlo, entre ellos Israel. Otros Estados musulmanes siguieron el mismo camino. Como se dijo, los Estados en general actúan racionalmente, no en base a si les cae bien o mal otro actor. Buscan sobrevivir. Y si lo más racional para aumentar su poder o contener una amenaza es apoyar a los palestinos, lo van a hacer, como lo hicieron antaño, pero si cambia la coyuntura y lo racional es acercarse a Israel, como ahora, lo van a hacer también y les va a importar poco y nada lo que piensen los palestinos.

Y esto es lo que Ramallah jamás entendió. Históricamente ha creído que el apoyo que recibía de otros actores se debía a que su causa era la más justa de todas y no que, en realidad, ese apoyo era coyuntural y que esos otros actores salían en su defensa no porque creyeran en su causa sino porque ésta les servía para aumentar su propio poder e influencia en el sistema internacional. Cuando esta conveniencia se redujo, como ahora, el poder y la influencia palestina comenzaron a debilitarse significativamente.

Al mismo tiempo, hoy está perdiendo peso también la ideología tercemundista en países como China e India, lo que ha dado lugar a que éstos tengan una visión más pragmática de la política exterior: si bien siguen apoyando a los palestinos, también han aceptado la importancia estratégica de Israel. En este marco, Ramallah perdió muchísima influencia.

Las reacciones al lanzamiento del plan de Trump son evidencia de ello: Egipto, Arabia Saudita, Omán, los Emiratos Árabes, Bahrein, Marruecos y hasta Qatar se han manifestado a favor. También lo hicieron India, Brasil, Polonia, Hungría y el Reino Unido, entre otros.

Quienes sí lo rechazaron, además de los propios palestinos, fueron Irán y Turquía y si bien son actores importantes, ninguno posee la influencia que tenía Arabia Saudita en el mundo en los 70 en cuanto a producción, exportación y reservas petroleras. Ni siquiera hoy Teherán se acerca a Riyadh en ese sentido. Esto sin contar el aislamiento internacional actual que tiene Irán, mientras que Arabia Saudita siempre fue aliado de los Estados Unidos.

Al mismo tiempo, y volviendo a lo mismo, no es que turcos e iraníes sean justos entre las naciones que defienden una causa noble: ambos Estados buscan ser potencias hegemónicas en Medio Oriente y en ese marco utilizan la causa palestina tal como hizo antaño Riyadh porque el odio a Israel sigue siendo un elemento poderoso para ganar influencia en el mundo musulmán y aspirar a dominarlo. Pero, como también se vio, esto es cada vez menos así.

Los palestinos pensaron que su causa era casi una verdad platónica y que entonces el tiempo estaba de su lado ya que la presión sobre Israel lo terminaría aislando internacionalmente y lo obligaría a ceder. En contraste, a medida que pasa el tiempo, Israel se fortalece, no se debilita: hoy es un Estado exitoso que si bien tiene una dependencia importante de Estados Unidos, especialmente en términos diplomáticos, ha diversificado sus alianzas, tiene vínculos fuertes y sólidos con India, China, Rusia, se acerca cada vez más a los países del Golfo y es una nación cada vez más poderosa e influyente en el mundo.

Por otra parte, si bien hubo un repudio de la Liga Árabe al plan, los países miembro a nivel individual tuvieron posiciones mucho más moderadas e incluso varios apoyaron la iniciativa (como los mencionados Egipto, Marruecos, Bahrein, Omán, Qatar y Arabia Saudita).

En suma, los palestinos jamás entendieron que su influencia era coyuntural. En lugar de entender esa limitación y buscar obtener el mejor trato posible dentro de lo que los israelíes podían aceptar pensaron que tarde o temprano iban a tener todo. Una y otra vez apostaron a la opción maximalista: por eso siempre exigieron cosas imposibles como el “derecho al retorno” o jamás se molestaron en hacer alguna contrapropuesta a los planes que se les presentaban. El ascenso iraní y el consecuente acercamiento del mundo árabe a Israel terminaron por sepultar su suerte, lo cual se refleja en este plan de Trump.

Ahora sí: el plan.
Primeramente, se sugiere evitar rechazarlo de lleno sólo porque “es de Trump”: muchos gobiernos liderados por personajes más simpáticos lo intentaron antes que él y no lograron demasiado. Además, este documento contrasta bastante con la política exterior del presidente americano en el sentido de que es detallado, enfatiza el compromiso diplomático y además fue elaborado de manera multilateral con diplomáticos europeos y árabes por una administración que no había mostrado muchas simpatías por el multilateralismo y en general priorizó las acciones unilaterales.

Si bien este no es el “Acuerdo del Siglo” como lo llaman algunos, tampoco es un desastre como gustan decir otros: establece principios sólidos con los que trabajar y es profundamente realista dado que acepta la dinámica de poder real en el terreno. En este sentido, es una política de poder, lisa y llana: reconoce el actual peso israelí y los recientes cambios en la geopolítica de la región, principalmente el hecho de que los palestinos han perdido el apoyo activo de parte del mundo árabe y que la normalización árabe-israelí es una cuestión de tiempo.

Entonces, el documento gira alrededor de la idea de que una mayor honestidad geopolítica podría cambiar el juego en la región y mejorar la situación, lo cual tiene sentido: la mayoría de quienes rechazan el plan lo hacen en base a idealismos y a una negativa a reconocer la realidad concreta que existe en el terreno. Las fronteras del 67 no van a volver. No se van a desmantelar todos los asentamientos. Tampoco los palestinos van a ser transferidos mágicamente a Jordania. 5 millones de árabes no van a “retornar” a Israel. Todas estas afirmaciones suenan antipáticas y no ayudan a ganar likes en redes sociales, pero no por eso son menos válidas. Las posturas maximalistas de ambos lados, pero principalmente del palestino donde abundan más, no van a materializarse nunca por mucho que se patalee y por muchos artículos y tuits llenos de indignación que se escriban al respecto.

¿Qué realidades en el terreno reconoce el plan? Primero, el hecho de que los israelíes están ganando la guerra territorial en el West Bank. Si bien la mayoría de los asentamientos están cerca del territorio actual de Israel, hay israelíes que estratégicamente fueron construyendo a lo largo de los años en zonas alejadas con el objetivo de comprometer toda posibilidad de un Estado Palestino en el futuro. En este marco, lo que se les ofrece a los palestinos es una forma de detener este fenómeno a través de contener, no revertir, los asentamientos, algo mucho más realista y factible que exigir el desplazamiento de los más de 430 mil israelíes que viven en ellos actualmente. De todas formas, Israel sólo debería poder controlar los grandes bloques de asentamientos y no también aquellos situados en la futura Palestina, como incluye el plan. Se volverá sobre esto más adelante.

Segundo, si bien el plan declara su apoyo a un Estado independiente y soberano de Palestina con una capital en Jerusalén Este, sitúa ésta en las afueras de esa ciudad, en el barrio Abu Dis (algo similar a lo establecido en un acuerdo no-oficial de 1995 entre Yossi Beilin y Mahmoud Abbas). Así, se reconoce no sólo que Jerusalén es la capital de Israel y que no puede ser físicamente particionada, sino que el Estado Judío es la mejor garantía de la libertad de culto en los lugares sagrados de la ciudad. Aún así, se llama a mantener el papel especial e histórico del Rey de Jordania con respecto a los santuarios sagrados musulmanes en la zona.

Cabe aclarar que el documento no incluye el reconocimiento inmediato de un Estado Palestino, sino que más bien busca crear un camino hacia ese Estado, el cual abarcaría al menos inicialmente Gaza y aproximadamente el 70% del West Bank, incluidas las áreas A y B y partes del Área C, siguiendo las divisiones establecidas en los Acuerdos de Oslo.

Divisiones administrativas establecidas en los territorios palestinos en los Acuerdos de Oslo de 1995.

Divisiones administrativas establecidas en los territorios palestinos en los Acuerdos de Oslo de 1995.
También se prevé que Israel entregue otras tierras a cambio de quedarse con los principales bloques de asentamientos del West Bank e incluso abre la posibilidad de que se le haga entrega a Palestina del llamado “Triángulo” -un grupo de ciudades árabes en el norte de Israel- siempre que todas las partes estén de acuerdo (los árabes israelíes de esas ciudades ya mostraron su desacuerdo).

El grupo de ciudades árabes-israelíes conocido popularmente como “Triángulo”.


El grupo de ciudades árabes-israelíes conocido popularmente como “Triángulo”.
Más allá de los detalles, este reconocimiento a la necesidad de una estatidad palestina es un giro importante dentro de una administración fuertemente pro-Israel que movió su embajada en ese país a Jerusalén Occidental y reconoció su soberanía en los Altos del Golán.

Tercero, el plan echa por tierra el llamado “derecho al retorno” de los refugiados palestinos: ofrece en cambio la posibilidad de que estos se integren a los países donde viven o al futuro Estado palestino o se reasienten en terceros países. Así, se le da una solución racional a uno de los temas que más contribuye a eternizar el conflicto: mientras los palestinos se aferren a su demanda de “regresar” a las áreas que ahora pertenecen a Israel no habrá solución posible. En este aspecto las posiciones israelíes y palestinas no tienen cómo encontrarse dado que el “retorno” de los millones de refugiados que los palestinos exigen como condición para la paz significaría para Israel su destrucción por la vía demográfica: así como el Estado de Israel es, por definición, la materialización de la aspiración nacional del pueblo judío, la creación de un Estado Palestino sería su análogo para el pueblo palestino, incluidos los refugiados. El reclamo de un “retorno” de millones de palestinos a Israel es incompatible con una solución de dos Estados. Pero si un pueblo se fortalece constantemente en la creencia de que tiene un “derecho de retorno” que es sacrosanto y no se puede renunciar a él, sus líderes nunca podrán hacer los compromisos necesarios para la paz. Por eso, es necesario que los dos pueblos acepten que no podrán quedarse con todo y que no, no se podrá “regresar”, se podrá visitar, pero no será suyo. El plan de Trump reconoce esta realidad, aunque a la vez comete una injusticia: se afirma que Israel tendría el poder de restringir la entrada de los refugiados palestinos también a Palestina, lo cual sería limitar el “derecho de retorno” incluso a su propio Estado.

Cuarto, el plan les pone condiciones a ambas partes, pero refleja claramente la posición de poder relativo que tiene Israel al depositar muchas más exigencias sobre los palestinos. Por el lado de Israel, Trump ha conseguido que el primer ministro Benjamín Netanyahu y su principal rival Benny Gantz acepten la creación de un Estado Palestino y se comprometan a congelar por hasta cuatro años la expansión de asentamientos en áreas que, según el plan, se convertirían en parte de Palestina. Netanyahu ya había expresado que aceptaría un Estado palestino (bajo ciertas garantías) en un discurso que pronunció en 2009 en Bar Ilán, pero no hizo mucho para lograrlo en los 10 años posteriores, más bien lo contrario, aunque eso ya es tema de otra discusión. Además de aceptar a Palestina y de congelar asentamientos, Israel debe comprometerse también a liberar a los prisioneros y detenidos bajo detención administrativa palestinos que están en sus cárceles, excepto aquellos condenados por asesinato, intento de asesinato o conspiración para cometer asesinato.

En cuanto a los palestinos, su Estado pasaría a existir en cuatro años si cumplen una serie de condiciones, a saber:

Aceptan el plan.
La Autoridad Palestina pone fin a su política de “pay for slay”, es decir, de pagarle sueldos a terroristas y/o a familias de terroristas presos o fallecidos.
Hamas y la Jihad Islámica abandonan las armas.
Le devuelven a Israel los ciudadanos que tienen cautivos, como Avera Mengitsu, capturado por Hamas en 2014.
La Autoridad Palestina desestima todas las acciones pendientes contra Israel, Estados Unidos y cualquiera de sus ciudadanos ante la Corte Penal Internacional y demás tribunales y se abstiene de iniciar alguna nueva en dicho periodo de tiempo.
De cumplimentar todo esto, Estados Unidos reconocerá al Estado Palestino e implementará un plan económico muy ambicioso para ayudar a desarrollarlo: Washington se compromete a facilitar más de 50 billones de dólares en diez años (no se entra en detalles sobre el origen de este dinero, pero probablemente provenga del mismo Estados Unidos y de la coalición de Estados árabes que apoyan el plan). Este dinero se destinaría a infraestructura y enlaces de transporte (como la creación de una conexión ferroviaria de alta velocidad entre el West Bank y Gaza), a mejorar la educación, la atención médica y el desarrollo de la fuerza laboral.

Ahora bien, el plan incluye algunos elementos que podrían impedir que llegue demasiado lejos:

Una de las condiciones para que los palestinos puedan integrar Gaza a su futuro Estado es que Hamas sea removido del poder y reemplazado por la Autoridad Palestina. Si Hamas quiere permanecer al frente de la Franja, debería renunciar a la violencia, desarmarse por completo y aceptar la existencia del Estado de Israel como nación del pueblo judío. Esto no es muy factible que ocurra: es poco probable que Hamas abandone su ideología o su poder tan fácilmente.


Se recomienda que el nuevo Estado de Palestina no sea corrupto, respete los derechos humanos, la libertad de religión y tenga una prensa libre para evitar convertirse en un Estado fallido. Esto tampoco es muy factible, pero además no parece correcto que se les imponga instrucciones a los palestinos de cómo debería ser su Estado. Lo prioritario es que consigan tener uno.
Israel retendría el Valle del Jordán y todos los asentamientos, incluidos sus perímetros de seguridad. Es realista aceptar que Jerusalén anexe los bloques más grandes, pero el plan incluye también 15 asentamientos aislados que pasarían a ser enclaves dentro de un eventual Estado Palestino, aunque sujetos a la “administración civil israelí” y a los cuales las IDF tendrían acceso. Esto es bastante ridículo y violaría la soberanía de Palestina ya que significaría mantener allí la ocupación. Estos barrios deberían ser gradualmente desmantelados como lo fueron los de Gaza en la retirada unilateral que Israel hizo de allí en 2005.


Los palestinos por supuesto rechazarán el plan, pero deberían por lo menos responder con una contraoferta que sea mejor para ellos y que los israelíes juzguen razonable. Podrían aceptar la parte económica y exigir cambios en la política, por ejemplo, demandar retener el Valle del Jordán pero aceptando la presencia de una fuerza multinacional y/o la posibilidad de intervención israelí allí en caso de emergencia regional. Otra alternativa sería aceptar renunciar al “derecho al retorno” siempre y cuando haya compensaciones y los refugiados tengan la posibilidad de migrar al futuro Estado Palestino o recibir pasaporte de terceros países. También podrían demandar más tierras de Israel a cambio de los asentamientos. Sin embargo, no lo hacen ni lo hicieron nunca principalmente porque, como se dijo, no entienden cómo funciona el sistema internacional y creen que su causa es la verdad revelada que eventualmente triunfará, pero además también por la anarquía que hay entre ellos mismos. Para negociar se requiere de un liderazgo legítimo y éste no existe ¿cómo se firma un acuerdo de paz con una sociedad que no tiene instituciones de gobierno reales y donde los dos principales interlocutores están en conflicto desde hace casi quince años? ¿con quién se firma un acuerdo? ¿con la Autoridad Palestina? ¿con Hamas? ¿quién hace la oferta/contraoferta? no hay un interlocutor único entre los palestinos, ningún actor es capaz de tomar decisiones colectivas que sean legitimas, por esto es que cualquier acuerdo siempre termina siendo impuesto sobre ellos porque no se han podido organizar como un actor unificado.

En suma, para analizar este plan y cualquiera que se presente en el futuro es necesario abandonar el análisis dicotómico entre paz y guerra, ocupación y no ocupación, asentamientos y no asentamientos, todo o nada de Jerusalén. Hay que empezar a pensar en términos de un espectro de más o menos paz, más o menos ocupación, más o menos asentamientos, más o menos soberanía. Es decir, en lugar de observar si una o ambas partes obtienen todas sus demandas o si el mapa se ve exactamente como a uno le gustaría y rechazarlo en caso de “no”, sería mejor preguntarse si se mejora la situación actual: ¿se reduce la ocupación? ¿obtienen los palestinos más tierra que la que tienen ahora? ¿es un primer paso para establecer un Estado soberano y organizarse como actor político unificado? ¿se reduciría el crecimiento de los asentamientos? ¿mejoraría la situación económica de Palestina? ¿ayudaría a que los extremismos de ambos lados se moderen? Y la respuesta a todo es sí. Por otra parte, tampoco es que si los palestinos aceptan este plan las fronteras pasarán a ser para siempre las del mapa que ilustra el documento y nunca más podrán reclamar nada: el acuerdo no es definitivo y el mismo incluye la aclaración de que puede estar sujeto a cambios si los palestinos se deciden a sentarse a negociar.

En este sentido, el plan es un comienzo. Es tiempo de que los palestinos tengan un Estado. Quienes gritan que esto no ocurrirá sin hacer efectivo el “derecho al retorno”, sin la Ciudad Vieja como capital y sin las fronteras de 1967, mienten. Ninguno de esos son requisitos previos y necesarios para la creación de un Estado Palestino. Son demandas arbitrarias. Es llamativo que en el momento en que partes importantes del mundo árabe se están alejando de su apoyo al maximalismo palestino y al virulento antisionismo, en Occidente muchos insistan en continuar alimentando el conflicto diciéndoles a los palestinos que se mantengan en esa línea. El tiempo no está a favor de ellos y con cada plan obtendrán menos, no más, como creyeron que sería si se seguían negando.

Los palestinos y sus partidarios occidentales deberían haber aprendido algo de sus rivales: el sionismo fue el movimiento de construcción estatal más exitoso de Medio Oriente porque sus líderes priorizaron aceptar lo poco que se les ofrecía dado que la prioridad era establecer una soberanía. Hoy, frente al plan de Trump, se dice que el Estado Palestino en esas condiciones sería “inviable”, “discontinuo”, “rodeado de población hostil”, “sin capital en Jerusalén”. Pero eso y menos es lo que los judíos/israelíes aceptaron en 1937 y en 1947 y bastante bien les fue. No estaban en condiciones de decir que no. Hoy los palestinos tampoco. Y sin embargo lo siguen haciendo.

Ramallah debería entonces tomar nota de la causa nacional judía: los líderes sionistas optaron repetidamente por el mejor trato posible. No insistieron en obtener todo lo que pensaban que tenían derecho. No dijeron que sus reclamos eran inalienables. Ceder no era visto como una traición. Esta es la primera administración de los Estados Unidos que intenta alentar un comportamiento similar en los palestinos. Seguramente no funcione (sobre todo si Trump no es reelecto), pero la alternativa tampoco lo hizo y nunca está de más intentar algo distinto.

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