Mundo Judío

Gorbachov, el Rebe y el cambio positivo

Por Rabino Levi Greenberg/Chabad Lubavitch de El Paso

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Mikhail Gorbachev, el último líder de la Unión Soviética, murió la semana pasada. Su rol histórico en la caída del Comunismo y el fin de la Guerra Fría es importante para mí, tanto como judío como a nivel personal.

Mi abuelo materno se escapó de la URSS en 1946 como adolescente fugitivo, en tanto que mi abuelo paterno soportó siete horrendos años de trabajos forzados en los gulags de Stalin por intentar hacer lo mismo. Mi padre nació cerca de Moscú y su familia emigró a Israel en 1966, mucho antes que nadie imaginara que fuera posible.

El profesor Herman Branover pasó 15 años como un “refusenik” –término que denota a un judío al que el gobierno le negaba la visa de salida– en Riga, en la Letonia Soviética, donde se convirtió en un educador y líder activo de la comunidad judía. Finalmente recibió permiso para emigrar a Israel a principios de la década de 1970, donde a instancias y bajo la dirección del Rebe –el rabino Menájem Mendel Schneerson– continuó trabajando a favor de la judería soviética.

En la primavera de 1986, a pocas semanas de que Gorbachov asumiera el poder, el Rebe instruyó a Branover para que notificara a sus contactos en Rusia que la situación mejoraría gradualmente, y que pronto se le permitiría emigrar a cada judío. Esto ocurrió antes del surgimiento de la glasnot y la perestroika: las reformas políticas y económicas que eventualmente dieron paso a la disolución de la Unión Soviética.

Que la Unión Soviética se fuera a desmoronar pronto no era tan obvio en 1985, pero pese a su incredulidad, Branover le llamó a sus amigos y les transmitió el mensaje del Rebe en los códigos que conocían muy bien. “¿Cómo podría ser?”, preguntó un refusenik. “Estoy bajo vigilancia constante de la KGB. ¡Veo su auto estacionado afuera de mi edificio!”. Otro le confió que su esposa había sido arrestada dos días atrás y todavía no regresaba a casa.

En 1987, meses antes que el presidente Ronald Reagan arengara “¡Señor Gorbachov, derrumbe el muro!”, el Rebe hizo un llamado para la construcción de miles de viviendas en Israel para los inmigrantes judíos que pronto llegaría de la Unión Soviética.

De nuevo, nadie apreció la urgencia del asunto, porque la Cortina de Hierro parecía inexpugnable hasta entonces.

Pocos años después, el régimen comunista había terminado y la infraestructura judía clandestina, que sobrevivió 70 años de una dura y constante persecución, florecía abiertamente. Cientos de miles emigraron en masa a Israel, a Estados Unidos y otros destinos en todo el mundo. En mi niñez conocí a más de una docena de familias judías soviéticas que hicieron de El Paso su hogar en aquellos años de incipiente libertad.

Gorbachov visitó Israel en 1992 y, en una ceremonia en su honor celebrada en la Universidad Ben Gurion, Branover le compartió al ex presidente de la URSS cómo el Rebe había predicho en 1985 lo que habría de ocurrir. “¿Cómo lo supo entonces?”, exclamó Gorbachov. “Cuando asumí el poder en 1985 no tenía intenciones de liberalizar a Rusia”.

La profecía es la esencia de la comunicación divina. Además de comunicar mensajes divinos a la humanidad, predecir eventos futuros es esencial al papel de los profetas y la base de su legitimidad. La mayoría de las personas tiene ansias de conocer el futuro para tomar ventajas en los mercados financieros o manipular el poder político. El judaísmo nos enseña, sin embargo, que el propósito de la profecía es inspirarnos a vivir existencias con mayor moral y ética, conforme a la voluntad divina, con el fin de recordarnos que, aunque el mundo parezca ir en la dirección, el futuro es más brillante que nunca. 

Desde tiempos de Moisés, en cada generación han habido profetas en diferentes formas. Al tiempo que la URSS se desvanecía en la historia, el Rebe declaró que la Era Mesiánica de paz y tranquilidad mundial que los profetas bíblicos profetizaron mucho tiempo atrás, ocurrirá muy pronto. Cada ser humano puede acelerar el comienzo de esa realidad perfecta que tanto anhelamos, realizando más actos de bondad y misericordia.

Incluso si pensamos que actual realidad global, o nuestras propias vidas, parecen tan inciertas como lo fue para los refuseniks en 1985, sabemos también que el cambio positivo está cerca y depende de cada uno de nosotros lograrlo.

 

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