Este domingo 14 de julio se señala en Uruguay el Día el Padre. Y como yo tengo siempre el corazón y la mente no sólo en Israel sino también en mi país natal, pienso en lo que me inspira esta fecha y trato de plasmarlo en estas líneas.
Son muchos los padres singulares en los que pienso hoy, a los que quiero dedicar una nota. Pero comenzaré, ineludiblemente, ante todo en mi papá, José Jerozolimski de bendita memoria.
Era la persona más noble que conocí, una singular combinación de firmeza y bondad. Era ante todo una persona de bien, enamorado de su familia y solidario con quienes él sentía que precisaban ayuda. Siempre recordamos en la familia una anécdota familiar, de una vez que estaba con mi hermano Ariel y al pasar al lado de un lustrador de zapatos, papá se le acercó y le dijo que quisiera lustrarse los suyos. Al terminar, Ariel le preguntó por qué lo había hecho, si sus zapatos estaban relucientes, a lo que papá contestó sin titubear: “A veces me lustro porque yo preciso y otras porque él lo necesita”.
Llegado de niño a Uruguay, de su Polonia natal-a la que nunca consideró su país- era un orgulloso uruguayo, profundo conocedor de la historia nacional, y también un orgulloso judío. Sentía como una profunda misión esclarecer sobre el mundo judío .Abrazó con fervor la causa de la defensa del derecho judío a un hogar nacional en su tierra milenaria y del derecho a vivir allí en paz y seguridad. Era un león defendiendo a Israel , criticando la hipocresía mundial ante las agresiones del mundo árabe, y un erudito en la historia de Israel y del conficto con el mundo árabe.
Cuando fue invitado a visitar Israel por primera vez como periodista, después de la guerra de los Seis Días, el guía que le dio la Cancillería israelí, al escuchar sus comentarios en cada sitio que visitaban, le preguntó cuántas veces había estado en Israel. Pero era la primera. Todo era producto de su lectura, de su afán inagotable por saber. Por eso, no parecía que recién había llegado, sino que estaba volviendo.
Papá no vino a Israel a morir, porque él nunca pensaba en esos términos. Nunca lo guiaba un pensamiento negativo, siempre miraba hacia adelante. Pero su cuerpo descansa en los montes de Jerusalem. Su alma debe estar allí arriba, en el reino de los Justos. Ojalá desde allí capte cuánto nos hace falta, cuán vivo sigue entre nosotros, porque alguien que dejó tanto en su legado, a nivel comunitario y no sólo personal, y es recordando por tantos, nunca terminará de morir.





