A medida que pasan los años, los meses y los días desde aquel 7 de octubre, algo se vuelve cada vez más evidente: en Occidente, las guerras y los conflictos donde no hay judíos no generan titulares, no reciben clicks ni ocupan conversaciones en la oficina. Basta con mirar las portadas de los diarios: si el conflicto no involucra a judíos, simplemente pasa de largo.
En cambio, cuando se trata de Israel, muchos se muestran molestos, incómodos, indignados. Resulta difícil para muchos aceptar que Israel tiene derecho a defenderse, que no se trata de una guerra pasajera sino de una larga lucha contra Hamas, un grupo terrorista que abiertamente busca exterminar al pueblo judío.
Lo curioso es que esos mismos críticos callan frente a otras guerras. La invasión de Putin a Ucrania, por ejemplo, ya casi no despierta debates. Pocos se preguntan dónde caen las bombas, si matan a mujeres, a niños o a ancianos. El silencio es ensordecedor.
Como judíos y como sionistas, sentimos orgullo de serlo. Orgullo de reivindicar nuestro derecho a un hogar ancestral, aunque a muchos les pese. Y no dejamos de lamentar la hipocresía de quienes solo se preocupan por los palestinos cuando hay judíos en el medio. Porque cuando el sufrimiento fue en Líbano, en Siria o en Jordania, no despertó la misma indignación ni la misma solidaridad.
Nosotros, en cambio, empezamos el año 5786. Sí, tenemos una larga historia de persecuciones y de exilios. Pero también una historia de resiliencia, de volver a empezar una y otra vez. Esa memoria es la que nos hace más fuertes.
El odio que hoy circula en redes sociales no nos sorprende. No es nuevo. Es el mismo odio de siempre, apenas disfrazado y reciclado. Y frente a él, nuestra respuesta es clara: seguir existiendo, seguir defendiendo nuestra identidad y seguir construyendo en nuestra tierra.





