Por Peleg Lewi, Embajador de Israel en Chile (X)
N. de Red: El vergonzoso comportamiento del entrenador del seleccionado nacional de fútbol de Egipto tras el partido de hace unas semanas contra Argentina, no fue una mera anécdota. Es el reflejo de una actitud preocupante.
El Mundial de fútbol está terminando, pero el análisis de aquella ocasión, es importante tenerla presente también hoy. Gracias al Embajador Peleg Lewi.
Egipto iba ganando 2 a 0.
Egipto terminó perdiendo 3 a 2.
Y enseguida, como siempre, la culpa es de todos.
El árbitro tiene la culpa.
El VAR tiene la culpa.
La FIFA tiene la culpa.
El mundo tiene la culpa.
Argentina tiene la culpa.
Solo la realidad, por alguna razón, otra vez no fue citada a declarar.
Y esto es tan conocido. Casi duele de lo transparente que es.
Porque lo que vimos ayer no fue solo un partido de fútbol.
Fue un resumen perfecto de la cultura política que acompaña al conflicto israelí-palestino desde hace décadas:
Ir ganando y no saber cerrar el partido.
Recibir una oportunidad y desperdiciarla.
Desmoronarse en el momento de la verdad y después armar una comisión investigadora contra el mundo entero.
Perder en la cancha y ganar en la conferencia de prensa de las víctimas.
Puede ser que haya habido errores arbitrales. En el fútbol pasa.
Pero cuando vas ganando 2 a 0 y terminás perdiendo 3 a 2, tal vez antes de culpar al árbitro convenga revisar cómo perdiste el partido.
Y esa es exactamente nuestra historia acá en la región.
Cada vez que los palestinos y el mundo árabe tuvieron una oportunidad histórica —un Estado, un acuerdo, un reconocimiento, fronteras, un proceso político— patearon la pelota a la tribuna.
Y después, cuando se terminó el tiempo, corrieron al micrófono a explicar que la culpa es de la ocupación, del colonialismo, de Estados Unidos, de Europa, de Israel y del universo entero.
No hay responsabilidad.
No hay autocrítica.
No hay capacidad de decir: nos equivocamos, dejamos pasar la oportunidad, perdimos, elegimos mal.
Y ese es justamente el problema.
Quien no puede reconocer una derrota en un partido de fútbol, tampoco va a reconocer una derrota histórica. Para quien cada fracaso es una conspiración, nunca va a construir un futuro.
Y quien prefiere llorarle al árbitro en lugar de aprender a ganar, se va a quedar para siempre con la queja en la mano, pero sin la copa.
El conflicto israelí-palestino en 90 minutos. Sin tiempo de descuento.





