Conversar con Ethel Barylka siempre es desafiante. Sus conocimientos pero más que nada su forma de encarar las cosas y su pensamiento profundo, hacen que a través de sus respuestas, más que nada surjan nuevas preguntas.
P: Ethel, hasta hace unos pocos años, te habría presentado como educadora en temas judaicos, comunicadora, creadora y directora del sitio Mujer y Judaísmo. Pero como no tenías nada que hacer y parece que te sobraba tiempo, agregaste una revista digital dedicada precisamente a temas de interés especial para el pueblo judío, MILTA, que ya tiene 9 ediciones.
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Entonces…¿cómo presentarte hoy? ¿Cuál es tu tarjeta principal de presentación?
R: Diría que mi tarjeta de presentación sigue siendo la misma: soy antes que nada educadora, trato de pensar en lo judío y de promover del estudio judaico desde una perspectiva amplia, profunda y accesible, tanto para mujeres como para hombres. Mi trabajo siempre giró en torno a abrir espacios de reflexión y conocimiento, especialmente para mujeres, pero no exclusivamente. “Mujer y Judaísmo” fue el primer proyecto que me permitió articular esa búsqueda; Milta, después de los acontecimientos que nos tocaron vivir en los últimos años, es su continuación natural, un espacio donde la palabra —milta, en arameo, palabra, asunto, la expresión— se convierte en herramienta de pensamiento.
No me defino por la cantidad de proyectos sino por la coherencia entre ellos: todos buscan ampliar la conversación judía contemporánea, en este caso en español, darle profundidad y permitir que más voces entren al diálogo.
La mujer en el Judaísmo
P: Te he entrevistado en distintas oportunidades y es ineludible siempre hablar contigo del tema de la mujer en el Judaísmo. Así que, antes de llegar a la revista…¿dirías que hay desafíos especiales con los que lidia hoy la mujer judía? ¿O es imposible generalizar?
R: Generalizar siempre es resbaladizo, pero sí hay tensiones comunes. La mujer judía vive hoy en un cruce entre tradición, modernidad y expectativas sociales que cambian rápidamente. Por un lado, hemos ganado acceso al estudio judío, a la vida intelectual, a espacios que históricamente nos fueron vedados. Por otro, todavía cargamos con estructuras —religiosas, comunitarias, educativas y culturales— que no siempre se actualizan al ritmo de nuestra presencia. El desafío no es “ser mujer en el judaísmo”, sino poder vivir una vida judía plena sin renunciar a la agencia, al estudio y a la voz propia. Y eso requiere trabajo, paciencia y, sobre todo, conocimiento.
Sin etiquetas, pero con un camino claro
P: Sé que no te gustan las etiquetas, pero me animo a decir que tú y tu esposo, el Rabino Yerahmiel Barylka, llevan una vida de judíos ortodoxos liberales. ¿Estás de acuerdo con la descripción? ¿Y qué significa eso?
R: Es verdad, no me gustan las etiquetas, y lo he dicho muchas veces. Pero si una descripción ayuda a entender algo, diría que tratamos de vivir una vida de observancia comprometida, basada en el estudio y la halajá, inmersos en la complejidad del mundo contemporáneo. La ortodoxia, para mí, no es un corsé sino un marco. Y dentro de ese cuadro hay espacio para pensar e investigar, para dialogar con la realidad. La palabra “liberal” no describe una ideología sino una actitud: apertura, escucha, responsabilidad. En uno de mis artículos de hace unos años escribí parafraseando a Bauman acerca del “judaísmo liquido” tratando de decir que es hora de salir de los compartimentos estancos y entender que la vida judía de un individuo es eso: una vida, y por lo tanto va variando de posición de acuerdo con su devenir personal.
P: Mencioné este punto porque sigue habiendo, especialmente en Israel-aunque también en la diáspora- quienes no reconocen a todas las corrientes del Judaísmo como legítimas. ¿Cómo ves esta problemática?
R: Si te digo que estoy un poco cansada de las invalidaciones mutuas, ¿me creerías?
P: Estoy segura que es una pregunta retórica…
R: Es que es una problemática dolorosa y confusa porque la pluralidad debe ser vista como riqueza y oportunidad y no como contrariedad u obstáculo. La historia demuestra que siempre hemos tenido múltiples formas de vivir y pensar el judaísmo. La falta de reconocimiento no solo divide, sino que empobrece. Cuando una corriente invalida a otra, pierde la oportunidad de aprender de ella. David Hartman utilizó una metáfora muy potente tomada del Talmud cuando habla del judaísmo como un corazón con muchas habitaciones… Creo profundamente en la necesidad de espacios donde las diferencias no sean amenazas sino fuentes de diálogo. Milta nació también de esa convicción: que la palabra puede tender puentes.
La relación con Dios es personal
P: Creo que sería bueno saber por qué tú te hiciste religiosa. ¿Es lo correcto decir que encontraste la luz? ¿Qué dice esa luz?
R: Ahí no coincido contigo. ¿Sería bueno? ¿Para quién? Creo que en la necesidad de conocer los procesos íntimos de otros hay algo entre curiosidad e intrusión. Surge del deseo de control al otro. Además, no hay dos personas que pudieron pasar por la misma experiencia.
P: Tenés razón, acepto plenamente esta crítica constructiva.
R: Siempre les digo a mis alumnos que la relación con Dios es una relación íntima que, así como nadie entra en mi alcoba para saber que pasa en mi vida marital, nadie debería pensar que mi relación con el Creador es asunto público. Pero si sirve de algo déjame decirte que no hubo en mí, un momento de iluminación, ni una epifanía. Tampoco una Iluminación racional ni, en lenguaje de Heidegger, un desocultamiento. Fue un proceso lento, orgánico, que se fue dando a lo largo de muchos años. Siempre estuve cerca del estudio y del pensamiento judaico; la práctica vino después, como una consecuencia natural.
Milta, el 7 de octubre y el lugar de Israel para el judaísmo de la diáspora
P: Y vayamos a la revista…contame un poco de qué se trata.
R: Milta es una revista iberoamericana de pensamiento, cultura y educación judía. Es un espacio para detenernos a pensar, para escribir con profundidad, para escuchar voces diversas. No es una revista de noticias: es un lugar donde las ideas pueden desarrollarse sin prisa. Donde educadores, investigadores, líderes comunitarios y personas interesadas en el judaísmo pueden compartir reflexiones que no caben en un formato reducido, un resumen compacto, ni en un posteo, como nos acostumbramos en nuestros días.
Milta es una revista independiente que busca recuperar la palabra como herramienta de construcción, proceso y ensamblaje cultural.
P: ¿Qué lugar ocupa Israel en Milta?
R: En primer lugar, déjame decirte que Milta nace después del desgarre del 7 de octubre, con una sensación clara que era necesario generar un espacio para pensar-nos. Esto es lo que escribimos en la primera editorial “Israel y el pueblo judío en su totalidad nos enfrentamos al inicio de una nueva etapa, a una nueva era de transición que, como tal, no puede estar definida, pero que nos exhorta a participar y actuar, poniendo en la mira los temas, los dilemas y las preguntas más actuales.” Israel es un eje natural, no porque sea un tema más, sino porque es parte constitutiva de la vida judía contemporánea. La revista no es “sobre Israel”, pero Israel aparece en los textos, en las preocupaciones, en las preguntas. Es un marco, un horizonte y, muchas veces, un punto de partida. Además, al estar yo radicada en Israel y en contacto permanente con comunidades de la diáspora, la revista se convierte en un puente entre ambas realidades.
P: Justamente mencionás aquí elementos que yo quería plantear. Estás muy en contacto con comunidades judías de la diáspora. ¿Dirías que la centralidad de Israel en la vida judía es más fuerte aún que antes, por el 7 de octubre y el aumento del antisemitismo?
R: No me atrevería a hacer afirmaciones tan tajantes ni a hablar de la diáspora… tal vez de “las diásporas”. El 7 de octubre puede ser un antes y un después, no solo para Israel sino para todo el pueblo judío, pero sólo si se lo proponen las comunidades de manera consciente. Sin embargo, no se trata de magia ni de fenómenos climáticos: nada cambiará sin nuestra intervención. El 7/10 puede ser catalizador de cambio, un hito, pero no lo será automáticamente”, escribí a 6 meses de los hechos, y hoy a tres años del punto de inflexión de octubre, ya hay lugares que han vuelto a poner el piloto automático en muchos aspectos. En educación es muy notorio como a pesar del sacudón no necesariamente se han producido cambios significativos a gran escala. Sí es cierto y hay que decirlo que las comunidades judías en su mayoría sintieron el golpe y también sus consecuencias: el aumento del antisemitismo, la polarización política, y sobre todo la sensación de vulnerabilidad. En ese contexto, Israel volvió a ocupar un lugar emocional y simbólico central. No como un ideal abstracto, sino como una realidad que nos interpela y muchas veces sin saber que hacer exactamente con eso .
Proponiendo otra mirada
P: Estoy segura que queda mucho en el tintero. ¿Quisieras agregar algo?
R: Sí, permíteme un tema, creo que es hora de dejar de mirar para atrás añorando lo que fue y también de dejar tratar al judaísmo como un conocimiento, una materia escolar, una disciplina teórica, un ente fuera de nosotros. Debemos dejar de hablar sobre y acerca del judaísmo e intentar vivir y hablar en judío, aunque sea un esfuerzo, porque serán esos códigos los que puedan conectarnos con la creación y el diálogo judío actual, hacernos partícipes del encuentro con el otro judío, esté donde esté. Sea quien sea.
P: No estoy segura si te entiendo…
R: Hablar judío no es fácil. Requiere de práctica, y para muchos, se trata de una segunda lengua. Aparte que existen muchos lenguajes judíos. Puede haber judíos conocedores del lenguaje y los códigos de la Torá que sean totalmente analfabetos en el idioma de los autores israelíes contemporáneos, puede haber un erudito en Talmud ignorante del lenguaje de la filosofía judía. Un experto en historia judía que no conoce el idioma de la Halajá ni el lenguaje de la teología judía. Existe un lenguaje de la historia judía y un lenguaje de la literatura judía moderna. Hay un lenguaje de tikún olam, y una locución de las películas, la música y la danza judía. Lo que no podemos permitirnos, es que no se hable ningún lenguaje judío o que se hable solo una jerga de nostalgia, sin estructura de pensamiento y sin patrón cognitivo generativo, dedicándonos a la comida, el folklore y las costumbres, no porque no sean importantes, sino porque no son suficientes para una vida, de trascendencia y de sentido. [1]
Mirando el continente y también la realidad israelí, creo que necesitamos un liderazgo que se atreva a mirar hacia adelante y a actuar con osadía. Un liderazgo que no tema cambiar, y que pueda sostener, con honestidad y valentía, el peso espiritual y emocional de nuestro tiempo. Que no le baste con administrar instituciones: que también inspire visión, marque rumbo y ofrezca un horizonte moral que dé sentido a lo que ocurre dentro de las aulas y dentro de las comunidades.
Pediría coraje para hablar de lo que duele. No guardar silencio frente a la polarización política, la radicalización fundamentalista judía, o el trauma comunitario y nacional. Los jóvenes necesitan un lenguaje para nombrar su mundo, y ese lenguaje solo puede darse cuando los adultos se atreven a decir la verdad. La autenticidad debe prevalecer sobre la imagen: los jóvenes, y nosotros mismos, necesitamos ver “lo que es” más que “lo que parece”.
Por otro lado, y hablando en términos de educación comunitarita, la planificación estratégica es una responsabilidad ética. Sin ella, las escuelas y los docentes quedan a la deriva, atrapados en la urgencia y sin herramientas. Y para que esa planificación sea real, se debe perder el miedo, desprenderse de la nostalgia por lo que fue, y crear nuevos modelos educativos, porque el tema no es la escuela sino la educación y la vida judía.
P: Apasionante Ethel. Ya lo sabía, con vos siempre se aprende. Gracias mil.
R: A vos Jana.
[1] Ver art. Barylka, Ethel “Peoplehood and education” en Peoplehood Papers Vol 32





