Ana Jerozolimski / Directora Semanario Hebreo JAI

Editorial

Sobre la declaración del asesino de David Fremd como inimputable


Este jueves se publicó en “Búsqueda” la decisión del Tribunal de Apelaciones de primero Turno que estudió el caso de Carlos Peralta, asesino de David Fremd en Paysandú, de declararlo “inimputable”. Según la información, la razón es que tiene trastornos psiquiátricos que le impiden discernir “el carácter ilícito” del crimen que cometió. Esto significa que el asesino recibirá “medidas de seguridad curativas” y no podrá ser condenado a una pena de cárcel.

No soy jurista, psiquiatra o psicóloga. No tengo elementos para discutir profesionalmente la decisión del tribunal, aunque automáticamente, el corazón y las tripas, si cabe el término, sienten que es injusta y demasiado dolorosa. Esta apreciación pasa ante todo por lo emocional, por recordar bien a ese hombre bueno que era David Fremd, de bendita memoria, aquel buen uruguayo enamorado de Paysandú, asesinado sólo por ser judío, el 8 de marzo del 2016.

Compartamos, ante todo, gran parte de la nota de “Búsqueda” sobre el tema, que incluye material valioso e importante.

 

Si bien un primer examen psiquiátrico que recibió Peralta pocas horas después de cometer el asesinato evaluó que era consciente de sus actos y por tanto lo consideró imputable, un análisis posterior realizado luego de su traslado al Hospital Vilardebó le diagnosticó un “trastorno delirante persistente”, que afecta su capacidad de discernimiento, y recomendó que fuera recluido en un centro de tratamiento psiquiátrico.

Un tercer estudio, realizado por una técnica del Instituto Técnico Forense (ITF), y una evaluación de una Junta Médica del ITF integrada por tres especialistas coincidieron en que los problemas psiquiátricos y los delirios de Peralta no le permitieron ser consciente del “carácter ilícito de sus actos ni determinarse libremente”.

La Fiscalía discrepó con esas conclusiones y se apoyó en la contradicción con el análisis inicial, realizado “a menos de 24 horas” del crimen. Señaló que los antecedentes del homicida —su desempeño como maestro de escuela, sus vínculos amorosos y laborales y la normalidad de su vida previa al crimen— demostraban que estaba en uso de sus facultades y que al momento de cometer el delito tenía “conciencia y voluntad de la ilicitud de sus actos”.

“Que posea marcados rasgos de personalidad esquizoparanoicos y psicopáticos, como señala la pericia original, no implica que sea inimputable”, alegó la Fiscalía. También señaló la “peligrosidad” de Peralta, quien dijo en la Justicia que en el asesinato de Fremd actuó como “lobo solitario”, es decir, sin un grupo radical que lo apoyara y sin cumplir órdenes de alguna organización.

El Tribunal de Apelaciones Penal de 1er turno decidió mantener la decisión del juez. La sentencia, a la que accedió Búsqueda, citó las conclusiones del informe de los técnicos del Vilardebó, que expresan que Peralta es “portador de una enfermedad alienante, que afecta profundamente su capacidad de discernimiento y de libre determinación, dada por un proceso psicótico crónico” que comenzó a sus 23 años, previo a su asociación a la religión musulmana.

“El hecho delictivo, si bien premeditado, se basa en un núcleo de ideas delirantes”, sostuvo el análisis. La elección de la víctima “está argumentada en su convicción de que la misma era el epicentro de su red de persecución y discriminación (‘el que movía los hilos’). La amnesia de parte de los hechos es comprensible, ya que el paciente al momento de su ingreso presentaba una alteración de su estado de conciencia, con afectación atencional y de organización del espacio y tiempo vivido”, agregó.

A su vez, consideró que es “un individuo potencialmente peligroso” y recomendó que luego de su egreso del Vilardebó sea derivado a un centro de tratamiento para pacientes psiquiátricos crónicos.

Los posteriores análisis psiquiátricos arribaron a conclusiones similares, señaló el tribunal. Un segundo estudio del Vilardebó evaluó que Peralta necesita un tratamiento “complejo, que implica el uso de más de un antipsicótico, que requiere “un control y monitorización estricta, con enfermería especializada, análisis de sangre periódicos y valoración de la función cerebral mediante electroencefalograma”. Esto, advirtió, “solo puede ser efectuado en la medida que el paciente permanezca internado en un centro psiquiátrico especializado. Su ingreso a un centro carcelario es altamente contraproducente para el control y tratamiento del paciente, y puede afectar profundamente su evolución, promoviendo nuevos episodios de reagudización de sus ideas delirantes con el consiguiente aumento de su estado de peligrosidad”.

 

Hasta aquí, varios de los párrafos de la nota en “Búsqueda”.

 

Creo que cabe preguntarse qué significa ser consciente del carácter ilícito de sus actos. El tema, por supuesto, no es pensar si el asesino conoce el Código Penal o si sabe que asesinar está prohibido por ley. El tema pasa por el hecho que cometió un asesinato premeditado, eligió a su víctima por ser judío, dijo haberse puesto al servicio de Alá y salió a acuchillar. Supo planificar el asesinato, trató de escapar después de acuchillar a David, de bendita memoria, consciente evidentemente de que de lo contrario, sería apresado. 

“A mi papá no lo mató un loco suelto”, escribió Guille Fremd poco después del asesinato de su padre. Será loco, sí, y tendrá trastornos psiquiátricos, pero nos cuesta entender que por eso no se lo pueda ver como responsable de sus actos. Claro está que tenía una obsesión y delirios que veían en los judíos la base de sus problemas, reales o inventados ¿pero acaso eso justifica que no pueda  responder por su crimen?  

Con todo respeto a los jueces, y reiterando por cierto que no soy  psiquiatra, siento que con esa lógica, ningún terrorista pagaría por los múltiples asesinatos que comete.

El tema no es simplemente ver al asesino de David cumpliendo un castigo. Eso, al bueno de David, de todos modos ya no lo devolverá a la vida. Esto pasa también por el riesgo del mensaje que una decisión así  puede transmitir a otros criminales obsesionados, antisemitas y llenos de odio, que pueden estar al acecho en alguna esquina del mundo. También en Uruguay.

Imaginamos a Abdullah Omar-el nombre que el asesino Peralta adoptó cuando se convirtió al Islam- riendo al enterarse de la decisión de los jueces. Es que él, sin duda, tenía bien claro que buscó un judío para asesinarlo. Sabía lo que hacía y por qué. No fue un exabrupto incontrolable sino una acción bien pensada. Y me pregunto si acaso la consideración que estar en la cárcel  será “altamente contraproducente para el control y tratamiento del paciente”, es lo central. Realmente, Carlos Peralta alias Abdullah Omar, no debería ser la preocupación principal. Si eso realmente conduciría a “nuevos episodios de reagudización de sus ideas delirantes con el consiguiente aumento de su estado de peligrosidad”, pues para eso están las autoridades, para garantizar que nunca más pueda amenazar a nadie. Ni él, ni otros que piensen igual.

Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(4 de Junio de 2020)

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