Ana Jerozolimski / Directora Semanario Hebreo JAI

Editorial

No por ser aguafiestas


Este martes 15 de setiembre será un día histórico, una de esas fechas que quedan registradas en la memoria no sólo del calendario físico, de ese que se solía colgar en la pared, sino de la existencia de una nación. En Washington se firmarán dos acuerdos claves para la región: entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos y entre Israel y Bahrein. No está claro aún si se llamarán “tratados de paz” o de “normalización de relaciones”, pero el sentido es muy similar y ambas opciones son una excelente noticia.

Para Israel, avanzar en este sentido con estos dos países árabes, por más que no haya habido nunca guerra física con ninguno de ellos, es de suma importancia. Más allá del potencial económico, de los paquetes turísticos interesantes que pueden idearse  para visitar esos dos destinos y para que sus ciudadanos puedan visitar Israel, está el hecho común, básico, simple y esencial: desarrollar relaciones de paz con los vecinos. Vivir con normalidad. Cuando hay buena fe, ambas partes ganan y salen victoriosas.

En medio de esta alegría, aunque no necesariamente vaya a cambiar de forma inmediata la vida de la ciudadanía israelí, hay muchas luces y algunas sombras. No minimizamos en absoluto lo luminoso de estas noticias, que constituyen un gran logro del Primer Ministro Biniamin Netanyahu, que merece sin duda felicitaciones por ello.

Y al mismo tiempo, consideramos que es ineludible ser consciente de las sombras, una de contenido y otras de forma.

Empecemos por las últimas, supuestamente más sencillas, aunque a nuestro criterio preocupantes y nocivas.

Transcurrió ya exactamente un mes desde el anuncio de la paz con los Emiratos el 13 de agosto, y el gobierno de Israel aún no ha visto ni recibido nada. La reunión del gobierno que tiene lugar mientras escribimos estas líneas, domingo al mediodía, más que nada para decidir imponer cierre generalizado nuevamente por el avance de la pandemia, es la primera en varias semanas, lo cual de por sí es un serio problema. Resulta inconcebible que un mes después del anuncio histórico, por más claro que esté que nadie se opone al logro de la paz con un país árabe de la región, los ministros no hayan visto nada escrito ni recibido detalles. Ni hablemos del hecho que en su momento Netanyahu puso al tanto al Ministro de Defensa Beni Gantz y al Ministro de Exteriores Gabi Ashkenazi recién minutos antes de hacer el anuncio. 

Netanyahu es sumamente capaz, eso es indudable. Pero no debe decidir solo. Eso de “l´Etat c´est moi” fue en Francia en los tiempos de Louis XIV, o sea en el siglo XVII y comienzos del XVIII. No es aceptable en Israel 2020. Lo único que debe ser absoluto es la transparencia, clave en el sistema democrático israelí.

Esta problemática se acrecienta ante la sospecha-que el Primer Ministro desmiente categóricamente- que habría aceptado a un pedido de Estados Unidos de vender a los Emiratos aviones F-35, considerado el mejor del mundo, para poder facilitar el acuerdo. El tema no está totalmente claro. Netanyahu, como decíamos, lo niega rotundamente, pero fuentes norteamericanas dan a entender que el tema fue puesto sobre la mesa. Puede que no sea parte integral del acuerdo-que por ahora nadie vio- pero ello no significa que no haya de fondo algún guiño o aceptación tácita al respecto. La sola posibilidad que eso realmente haya ocurrido fue tildada por  diversas figuras expertas en el tema de seguridad, inclusive algunas que han estado en altísimos cargos de gran responsabilidad, como gravísimo. ¿Por qué? Porque eso equivaldría a socavar la superioridad militar cualitativa de Israel, clave para su defensa. Y el problema de fondo no son los Emiratos Árabes Unidos en especial, sino la volatilidad de Oriente Medio. Basta con ver lo que ocurrió en Irán y Turquía, para entender que los cambios de régimen pueden alterar totalmente las relaciones  entre Israel y los países en los que estos ocurren.

 

Debo confesar que hay otro elemento que me molesta, quizás no en un tema muy sustancial sino más de forma, pero no puedo evitar mencionarlo.

Me resulta bastante chocante que el Primer Ministro de Israel vaya a suscribir acuerdos históricos con dos países árabes y que del otro lado los firmantes sean los Ministros de Relaciones Exteriores de los Emiratos y de Bahrein. No suena bien. ¿Por qué no el Príncipe Heredero Mohammed Bin Zayyed? ¿Por qué no el Rey Hamad? No me gusta. Y no me gusta porque el Primer Ministro de Israel merece que del otro lado esté alguien de nivel paralelo en cuanto a su centralidad en el aparato del Estado. 

Podría exagerar y decir que entonces él debería enviar al Canciller Gabi Ashkenazi, pero es lógico que quiera estar él en la pantalla central, tras haber logrado el acuerdo. 

Los puntos que hemos mencionado aquí, nos molestan. Pero no nos arruinan la satisfacción por lo histórico de agregar dos países árabes a la lista de quienes tendrán acuerdos de paz contractuales con Israel. A ello se suma el hecho que se anunció que Marruecos e Israel tendrán vuelos directos, lo cual podría ser antesala de las relaciones diplomáticas. 

El hecho que los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein hayan decidido dar este paso no por amor a Israel sino por entender que eso les resultará beneficioso-intereses comunes contra Irán, cooperación económica, científica, tecnológica- es más que natural. La diplomacia internacional se mueve en general por intereses, no por amores.

Pero esto no minimiza en nada el logro para Israel. 

Esto muestra que de a poco países árabes comprenden que alianzas y acuerdos con Israel, los fortalece y los beneficia, no sólo porque siempre es mejor vivir en paz sino porque Israel puede aportar mucho a la región. Israel es parte de la solución, no del problema. Y que lo vaya entendiendo otro país árabe más, es una gran cosa. Tengamos presente que eso, tan trivial supuestamente, vivir en paz, fue desde su nacimiento, el sueño del Estado de Israel.

Seguimos considerando que sería más urgente lograr la paz con los palestinos, vecinos inmediatos, en cierta medida ya mezclados con Israel. Precisamente ahora, al señalarse 20 años de la segunda intifada, eso está clarísimo. Pero para el tango se necesitan dos. Y cuando oímos a los palestinos condenando los acuerdos de paz, quemando las banderas de los Emiratos y  Bahrein, a pesar de toda la ayuda económica que recibieron de allí y de otros países del Golfo durante tantos años, entendemos que mucho debería cambiar del lado palestino para que se pueda hablar realmente de paz.

Mientras tanto, Israel tiene no sólo el derecho sino la obligación de intentar avanzar hacia una vida lo más normal posible en la región en la que está insertado. Así que acuerdos con cualquier país árabe que se va sumando a la lista, son más que bienvenidos.

Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(13 de Septiembre de 2020)

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