Ana Jerozolimski / Directora Semanario Hebreo JAI

Editorial

Estoy sana y feliz


 

Amigos todos, comienzo estas líneas contándoles buenas nuevas, un positivo seguimiento de mi nota de hace aproximadamente dos semanas “No resumo el año con mi cáncer sino con la luz que me rodea”.

(Pueden leerla aquí)

Este domingo me llamó la cirujana que me operó del cáncer de mama para avisarme que había llegado la respuesta de la biopsia de la última operación y que “está todo limpio”. “Ya no están tus tumores”, me dijo categóricamente.

Si bien nunca pensé que me moriría de este cáncer y sabía desde un principio que mi caso era soluble, recibir la confirmación sobre este desenlace es una maravillosa noticia. Haré las radiaciones tal cual se me había indicado ya meses atrás, consciente de que pueden causar molestias y dolores en la piel de la zona irradiada en el seno, pero pensando siempre en lo bueno de tener la posibilidad de acceder a procedimientos que refuerzan la salud y las garantías de cara a futuro.

Y a controlarse, siempre. Dormirse en los laureles sería lo peor que podría hacer ahora.

Y comienzo contándoles esto no sólo porque sé que muchos se alegrarán sino para volver a alentar a controlarse, a recordar que hay numerosas situaciones solubles y que el espíritu positivo ayuda a lidiar con las dificultades, aunque tengo claro que con eso no alcanza y es necesario que el cuerpo acompañe.

Pero esto es sólo la introducción a lo central de este editorial.

“A disfrutar la vida”, me escribieron numerosos amigos de aquí y allá-como siempre, mi mundo está aquí y allá- al recibir la buena nueva. Y aunque el cáncer ajusta clavijas, siempre tuve claro qué es lo principal en la vida:la familia y los amigos queridos.

Y desde hace poco más de una semana, nuestra familia es mucho más amplia, al haber nacido nuestra segunda nietita, hija de Gadi, nuestro hijo mayor, y su amada esposa Stella.  Tan solo algo más de 3 kilos, pero una vida entera que cambia y se enriquece al haberse agregado esta dulzura a nuestro nieto adorado Avishai, que ya tiene casi 2 años y medio.

“Nosotros somos el tronco, nuestros hijos son las ramas y nuestros nietos las flores”, nos escribió nuestro querido amigo Ramiro Rodríguez Villamil al felicitarnos por la buena nueva. Más allá de las bromas sobre lo bueno de los nietos a los que uno puede disfrutar sin preocuparse de tener que educarlos-límites incluidos- es sin duda una experiencia singular, otra forma de amar.

Recordamos que siempre nos chocó cuando alguien decía que a los nietos se los quiere más que a los hijos. ¿Acaso se puede querer más que a la vida misma? Eso es imposible. Y de abuelos, confirmamos que no es así. Nunca pensamos en términos de “más que a los hijos”. Es inconcebible. Pero sí es cierto que el amor por los nietos tiene una nueva dimensión, distinta. Es el amor a ellos, esas personitas que nos colman de alegría,  pero ante todo, es ver a nuestros hijos convertidos en padres, sabiendo que ahora ellos viven la emoción que nosotros vivimos cuando ellos nacieron y fueron creciendo.

Y compartimos estos pensamientos aquí, una tribuna pública, porque creemos que su significado va más allá de lo personal.

Cuando fuimos días atrás al Centro médico Sourasky de Tel Aviv (el hospital Ichilov) a visitar a nuestra querida nuera y a conocer a nuestra nueva nietita, en el camino nos cruzamos con ambulancias, con pacientes en sillas de ruedas que habían tenido la suerte de poder salir a tomar aire, con gente con el suero conectado ambulatorio, con hombres jóvenes con las manos llenas de regalos y uno con un enorme manojo de globos rosados y una gran sonrisa de oreja a oreja. A nadie había que preguntarle adónde iba. Ni a los felices ni a los angustiados. Estaba claro.

Y todo es parte de la vida.

No todo podemos elegirlo. Pero sí podemos sembrar semillas que den buen fruto, que marquen surcos por los que vale la pena recorrer la vida.

Por eso no nos sorprende ver a nuestro hijo orgulloso y feliz con su condición de padre, que no es cuestión de título meramente, sino de dedicado esfuerzo, 24 horas al día, todos los días del año, por ver a su familia florecer.

Esta semana, se agregó una gran semilla que crecerá y florecerá, traerá salud y buenas nuevas: Shaked, que en hebreo significa “almendra”. Es un nombre que en Israel se da tanto a varones como a niñas y que nos tiene absolutamente fascinados. No puedo dejar de asociar a esta pequeña enorme nueva bendición que ha llegado a nuestras vidas, con los árboles que florecen a los costados del camino cuando se acerca la primavera en Israel.

“Hashkediá porájat”, dice la canción. El almendro florece.

Y lo más singular es que de cara a la primavera florece con nuevos bríos, pero no porque haya desaparecido o se haya marchitado antes sino porque junta fuerzas para aparecer florido con todo su esplendor, anunciando la estación más hermosa del año.

La Shkediá, el árbol del almendro, cuyo fruto es el shaked, anuncia la primavera y es el símbolo de lo que en hebreo se llama “Rosh Hashaná lailanót” o sea el año nuevo de los árboles. Y nuestra Shaked, llegó a nuestras vidas pocos días después de Rosh Hashaná, el nuevo año judío, simbolizando un nuevo comienzo, la esperanza, las nuevas oportunidades.

Al haber comenzado hace muy poco el nuevo año 5782, deseamos que el almendro siempre florezca para quienes saben regar el suyo con amor. Que los caminos de toda la gente de bien, especialmente en Uruguay e Israel, pero también en el mundo en general,  estén siempre repletos de señales de primavera y naturaleza sana. Y que las podamos disfrutar.

Amén.

Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(20 de Septiembre de 2021)

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