Ana Jerozolimski / Directora Semanario Hebreo JAI

Editorial

Un acto comunitario en Montevideo, con mensajes que el mundo todo debe escuchar


 

 

El acto convocado desde hace décadas por B´nai B´rith Uruguay para conmemorar cada año el aniversario correspondiente de Kristallnacht, o sea la Noche de los Cristales Rotos, antesala de la Shoá, se ha convertido hace mucho en una cita infaltable para personalidades  de diferentes partidos, la cúpula de autoridades nacionales y toda la plana mayor, sea cual sea el partido de  gobierno de turno, además por cierto, ante todo, de la colectividad judía uruguaya en general y sus autoridades institucionales.

El realizado este lunes de noche en Bait Jadash, la sede de la NCI- como  se hace desde hace ya varios años- fue uno de los más imponentes en mucho tiempo. Por el nivel de la oratoria- ante todo el invitado especial Ing. Ruperto Long y también el Presidente de BB Uruguay Jorge Tocar y las cortas pero significativas palabras del Rabino Daniel Dolinsky de la NCI- , por el momento histórico que vive el pueblo judío desde la masacre terrorista del 7 de octubre y por el aumento del antisemitismo a nivel mundial.

Lamentablemente, también en Uruguay.

Claro que cuando en una ocasión como el acto por la Noche de los Cristales Rotos se advierte contra el aumento del antisemitismo en Uruguay, a nadie se le pasa por la cabeza una analogía entre Alemania del 1938 y nuestro país hoy. No es eso. Pero sí es importante alertar respecto a los fenómenos que hacen posible tragedias ya que el problema no es solamente cuando se llega a escenas como aquella noche entre el 9 y 10 de noviembre de 1938 en Alemania. También mucho menores expresiones de odio son inaceptables. Inclusive si no terminan con sangre.

Ese es el tema, eso es lo que valida  recordar aquel pasado para garantizar que el presente ni se le asemeje. Ni de lejos.

El mensaje central fue que cuando la mayoría calla y se mantiene un permisivo silencio ante los crímenes, la minoría fanática se cree con derecho a cometer atrocidades.

El Rabino Daniel Dolinsky contó sobre una encuesta que sorprendió en aquel momento a los nazis, de acuerdo a la cual estaba claro que la mayoría de la población alemana no era antisemita y no buscaba asesinar a los judíos. Muchos les tenían aversión, pero entre eso y el horror de la Shoá que luego vino, había años luz. Pero fueron indiferentes, no hicieron nada para frenar lo que la ideología nazi impuso, y eso fue lo que hizo posible que Hitler consiga exterminar a 6 millones. Ya lo había dicho Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler: “Nadie hará nada por ellos”.

 

El Rabino Dolinsky dijo que los mensajes tienen un sentido especial cuando pasan por experiencias personales, en primera persona, tras lo cual mostró el pasaporte polaco de sus abuelos Yankele y Feiguele, con el que lograron salir de su país natal cuando entendieron que su vida estaba en peligro. Por eso, advirtió contra lo que llamó “la sociedad de los pasaportes”, en la que se impone a una minoría- en este caso judíos- tener que emigrar de su país natal para no ser perseguidos o asesinados.

El orador central, el escritor Ing.Ruperto Long, no decepcionó. Muchos conocemos su cercanía al pueblo judío, su afinidad, su amistad, su apoyo a Israel, su sensibilidad para con temas que importan especialmente a los uruguayos judíos. Un hito especialmente significativo en este camino de valores compartidos, fue para nosotros su libro “La niña que miraba los trenes partir”, una novela histórica basada en la supervivencia de Charlotte Grunberg, hoy lamentablemente ya fallecida, que se salvó en aquellos años terribles con su familia, escondiéndose en armarios y sitios impensables, para sobrevivir. Eso, combinado con las historias de héroes uruguayos y de otros lares que combatieron a los nazis en Europa y África. Muchas lágrimas me arrancó ese libro. Como siempre, especialmente la combinación entre las peripecias de la historia judía y el eslabón que en algún lado la une con Uruguay.

Y eso volvió a suceder ahora, al mirar íntegro el acto.

Al escuchar el discurso de Ruperto Long, me invadió un enorme orgullo, como judía uruguaya, por el noble capítulo de salvación protagonizado por el entonces Cónsul de Uruguay en Hamburgo, Florencio Rivas, cuya valentía y principismo hicieron posible salvar la vida de unos 150 judíos a los que dio cobijo en las instalaciones de su representación diplomática. Esta fue la impactante descripción del hecho en boca de Ruperto Long, quien se refirió a la muchedumbre que atacaba y a las honrosas excepciones de quienes se arriesgaron para ayudar.

“Hubo otras puertas que no se cerraron. Entre ellas, el consulado en Hamburgo de un pequeño país de la América del Sur ubicado en la calle Isestrasse, una calle señorial con viejos árboles que cubrían la calzada. El consulado ocupaba la planta baja del edificio. El despacho del cónsul daba a la calle y se comunicaba con una sala, donde trabajaban los funcionarios. Cuando los primeros perseguidos solicitaron refugio, fueron ubicados en esa sala. Enseguida resultó claro que sería insuficiente. Fue entonces que al cónsul don Florencio Rivas se le ocurrió una idea.

—El jardín está rodeado por rejas de hierro, de casi dos metros de altura. Además, por contrato, es parte del Consulado: así que es territorio uruguayo. Allí estarán protegidos.

Instantes después comenzó a agolparse el gentío, gritando contra los refugiados. Los nuevos perseguidos que llegaban debían atravesar la muchedumbre para entrar. Sin embargo, con enorme coraje, siguieron arribando, soportando insultos y golpes de la turba (¡Váyanse a Palestina!, les gritaban). Y los pocos funcionarios del consulado, casi todos ellos alemanes, también con enorme coraje, continuaron abriendo las puertas de la reja y alojándolos en su interior, aun sabiendo que quedaban sindicados y expuestos a castigos futuros, como luego sucedió.

En eso, por Isestrasse dobló una columna de nazis con uniformes pardos portando antorchas. La muchedumbre los vio aparecer y enloqueció. Se envalentonaron para gritar con tanto odio que es difícil de imaginar. 

Al llegar, el jefe les impartió órdenes a sus hombres, que rodearon el Consulado.

—Detrás de esas rejas están refugiados judíos prófugos, que estaban conspirando contra la Nación Alemana. Están en nuestra patria, en el Reich. ¿Vamos a dejar que hagan lo que quieran? ¡Que sientan la ira del pueblo alemán!

La turba enardecida se abalanzó sobre las rejas, intentándolas arrancar, mientras gritaba y escupía a los refugiados.

Florencio Rivas era de Mercedes, tenía más de 60 años, se encontraba al final de una prestigiosa carrera diplomática. Los dramáticos sucesos, desarrollados de manera vertiginosa en las últimas horas, le impidieron recibir instrucciones de su gobierno. Debía ser él, en soledad, quien enfrentara ese crucial momento de decisión.

Reunió a su personal, abrió la puerta y se plantó a la entrada del Consulado. En las manos traía un mástil con una bandera. A su lado, un paso más atrás, se ubicó su secretaria. Y luego, uno al lado del otro, un hombre cincuentón y una señora mayor. Entonces se adelantó un paso más, desplegó la bandera —que casi nadie conocía, de rayas azules y blancas con un sol— y, mirando fijo al jefe de la turba, gritó a la multitud, en perfecto alemán:

—Este es territorio de Uruguay. ¡Aquí nadie puede entrar sin mi permiso ni el de mi gobierno!”.

 

Lo copio y releo y se me vuelve a hacer un nudo en la garganta. Imagino a Florencio Rivas allí parado, abrazado al pabellón nacional, dejando el nombre de Uruguay bien alto en la historia de aquellos años oscuros en Europa.

Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(11 de Noviembre de 2025)

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