El atentado terrorista antisemita del domingo 14 de diciembre en Sydney, no fue ni resistencia ni legítima discrepancia con el gobierno democráticamente electo en Israel. Ni preocupación por los palestinos de Gaza ni ninguna otra causa disfrazada de nobles intenciones. Fue otro eslabón, especialmente cruento, del mismo antisemitismo, ese antiguo odio, por el cual ya el 8 de octubre del 2023 extremistas islámicos entonaban cánticos junto a la icónica Opera House de Sydney pidiendo gasear a los judíos. Israel ni siquiera había empezado a responder a la masacre del día anterior. Es que nunca se trató de los palestinos, ni de Gaza.
Poco después de confirmarse que el cruento saldo de muertos en Sydney ascendía a 15, ya llegaban las noticias sobre desórdenes violentos en Amsterdam en un intento de alterar un concierto del cantor litúrgico israelí Shai Abramson. Y sobre mercados navideños- una de las grandes atracciones turísticas en Europa- en los que extremistas islamistas, con banderas palestinas y de algunos países árabes- se plantaban desafiantes frente a los árboles de la fiesta y entonaban eslóganes amenazantes a favor del dominio del Islam.
El espíritu detrás del atentado terrorista antisemita en Sydney es exactamente el mismo que llevó a los musulmanes en Alemania, Bélgica y otros lares, a arruinar las fiestas pre navideñas. Es lo mismo, sin olvidar que asesinar es lo peor. Es que violencia no es solamente abrir fuego o embestir a gente con un coche. Violencia es también plantarse con banderas palestinas y cantos en árabe a viva voz junto a la gente que celebra con un árbol de Navidad.
Y sería bueno que lo entiendan todos en Occidente lo antes posible. Más de uno, en lugar de horrorizarse cuando sucede lo peor, tendría que haber pensado antes qué hacer para que este tipo de cosas no suceda. Es que inclusive los más radicales no osarían hacer lo que están haciendo en Europa, diciendo abiertamente a no musulmanes que tendrán que ir acostumbrándose al dominio del Islam porque ellos tienen más hijos, si supieran que serían detenidos. Si supieran que las autoridades locales no les permitirán manifestarse violentamente ni exhibir símbolos identificados con el terrorismo, no serían tan desafiantes. Al menos no todos.
Claro que de fondo hay un tema más profundo aún, las leyes inmigratorias a Europa, ciegas totalmente a la desgracia que se le vino encima al continente, que está cambiando su rostro mediante la bomba demográfica. Esto requiere por cierto un análsiis separado.
Volviendo a Australi, está claro que el Premier Albanese no quería que asesinen a australianos judíos en Sydney, pero cuando se permite y fomenta un ambiente generalizado de crítica permanente al Estado judío, cuando se demoniza a Israel y se permite que por las calles de tu país anden extremistas gritando “globalizar la intifada”, con fotos del líder supremo de Irán Khamenai y del architerrorista Nasrallah de Hezbolá, con banderas de Hamas y cantos a favor del 7 de octubre, con llamados a “globalizar la intifada”, ese es el resultado. Los asesinos, que evidentemente odian sin precisar por eso a ningún gobernante permisivo, sienten que actúan en un ambiente propicio. Y se animan.
Pues a todos los que hacen proclamaciones injustas y fuera de lugar contra el Estado judío, a todos los que minimizan los crímenes de los terroristas o los condenan con generalidades al pasar, sin dejar en claro la diferencia entre un país que se defiende y los terroristas que lo atacaron, sepan que están sentando las bases del próximo atentado . Es sólo cuestión de tiempo porque la demonización de Israel y el Sionismo es antisemitismo puro. Y eso cobra un precio. Hay que recordarlo también ahora, 80 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial.
Pero no sólo es cuestión de tiempo hasta que haya más atentados antisemitas en diferentes partes. La libertad de Occidente caerá si no se frena a los que ya la están tratando de secuestrar.
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(20 de Diciembre de 2025)
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