Se terminó. Por ahora, esta vez al menos, al parecer se terminó. La violencia y crueldad con que la dictadura teocrática iraní reprimió durante casi tres semanas las protestas de sus ciudadanos contra el régimen de los Ayatollas, lograron finalmente amedrentar a los iraníes, que ya no salen de sus casas a manifestar. Según testimonios que llegaron desde Irán, los ciudadanos vieron cómo las fuerzas del régimen asesinaron, cómo dispararon a mansalva contra la gente, cómo las milicias Basij cuya existencia misma fue concebida para reprimir a la población, entraron a los hospitales y mataron heridos y médicos y cómo numerosos manifestantes fueron enterrados en fosas comunes sin que las familias puedan identificarlos siquiera. Y sintieron al parecer, que no tiene sentido para seguir arriesgando sus vidas porque no conseguirán alcanzar la meta: derribar al régimen que hace 47 años oscurece sus días.
Lo que comenzó como protestas por la aguda crisis económica pasó rápidamente a ser una multitudinaria exigencia de “¡muerte al dictador!” y un clamor por el fin del régimen islamista. Pero este régimen no da el brazo a torcer y no está dispuesto a transar en nada. Gran parte de la solución a sus problemas económicos pasa por un cambio de prioridades, por una renuncia a la financiación de terroristas que le sirven en toda la región y al programa nuclear , con lo cual podrían levantarse las sanciones que limitan sus ingresos. Pero no está dispuesto a hacerlo ya que eso va contra la base de la ideología de la revolución islámica. Aunque sea a expensas de la ciudadanía.
El problema central que puso fin por ahora al levantamiento popular, fue la forma en que el régimen lo sofocó. Pero la indiferencia mundial probablemente aportó a la desesperación y el desencanto.
Por un lado, la frustrada expectativa de que Estados Unidos ataque al régimen. Lo que por ahora parece haber decidido el Presidente Trump- a menos que todo sea un teatro y próximamente se concrete otra cosa- es no atacar, con lo cual los manifestantes se sintieron traicionados. Precisaban esa ayuda del exterior.
Por otro, el silencio de las grandes organizaciones de derechos humanos que no se pronunciaron en absoluto contra los crímenes de los Ayatollas. Las calles de Europa y los campus norteamericanos que se llenaron de manifestantes enardecidos contra Israel casi inmediatamente después de la masacre de Hamas, ya antes de que Israel comenzara a responder, estaban vacías. Nadie salió a protestar contra Teherán, salvo los exiliados iraníes que lograron años atrás escapar.
Escribiendo estas líneas desde Israel, tenemos claro que de por medio está la hipocresía de los que se presentaron como preocupados por los derechos humanos pero evidentemente eran selectivos al respecto: creerse cualquier mentira de Hamas contra Israel, bien, pero condenar al régimen represor de Irán, no valía la pena.
Evidentemente, el pensamiento de los iraníes no debía pasar por allí. Bastantes problemas tenían con su propia situación. Lo mencionamos porque esta situación dice mucho sobre “el mundo”, aunque éste es un concepto muy amplio y generalizador por cierto. Ese mundo, la mayoría de sus organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos, traicionaron a las víctimas de la masacre del 7 de octubre en el sur de Israel, al presentar a Israel como el criminal. Y ahora, también a la ciudadanía iraní, al no condenar a sus asesinos y represores.
Hay hasta un simbolismo de fondo, ya que el régimen de los Ayatollas es el único del mundo que llama abiertamente a exterminar a otro país miembro de la comunidad de naciones, Israel. Y es el que está dispuesto a matar a todos aquellos de sus compatriotas que osen desafiarlo y tratar de poner fin a su tiranía.
Deseamos fuerza al valiente pueblo de Irán. Merece su libertad .
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(18 de Enero de 2026)
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