La operación militar que Israel llevó a cabo este sábado por la mañana contra Irán, en coordinación con Estados Unidos, no responde a un impulso coyuntural ni a una actitud aventurera. Desde la lectura israelí, fue una medida inevitable, adoptada tras una evaluación prolongada de los riesgos que planteaba la evolución de la amenaza iraní. No actuar de forma preventiva para intentar frenar el fortalecimiento militar del régimen de los ayatolás habría significado, para muchos en Israel, renunciar a una responsabilidad básica del Estado: proteger a su población.
La falta de enfrentamientos directos no equivale a una situación de tranquilidad real. Aunque la guerra es siempre indeseable, en Jerusalem se consideraba que mientras la amenaza iraní siguiera intacta, Israel viviría bajo una presión constante. Esa percepción explica que amplios sectores de la sociedad acepten hoy el costo de la vida bajo sirenas, alertas y refugios como el precio a pagar para intentar poner fin a una realidad que se arrastra desde hace años y que se percibe como intolerable.
En los meses recientes, los servicios de inteligencia israelíes recopilaron datos concretos sobre los planes de Teherán, tanto en relación con el programa nuclear como con la aceleración en la producción de misiles balísticos, evaluados como una amenaza estratégica directa. Según informó el teniente coronel Nadav Shoshani, portavoz internacional de las Fuerzas de Defensa de Israel, Irán aspiraba a alcanzar la cifra de 8.000 misiles balísticos operativos antes de fin de año, con capacidad para saturar los sistemas de defensa aérea israelíes, provocar numerosas muertes y causar una destrucción a gran escala. A modo de referencia, antes de la guerra de los 12 días en junio, el arsenal iraní se estimaba en unos 3.000 misiles.
En ese contexto, se consolidó en Israel la idea de que Irán estaba volviendo a sobrepasar límites considerados críticos, y que postergar una respuesta implicaba correr el riesgo de perder la oportunidad de neutralizar capacidades militares en expansión.
El presidente Donald Trump y el primer ministro Netanyahu recordaron que el régimen nacido de la revolución islámica de 1979 ha construido su identidad política en torno a la hostilidad hacia Israel. Las consignas de “Muerte a Estados Unidos” y “Muerte a Israel” no quedaron confinadas al discurso: se tradujeron en acciones violentas en distintas zonas de Oriente Medio. Aunque ciudadanos estadounidenses han muerto en ataques atribuidos a Irán, la amenaza dirigida contra Israel tiene claramente otra naturaleza, siempre fue más allá de la expresión ideológica de los Ayatollas contra los ideales del mundo libre y se planteó concretamente como una amenaza existencial, orientada a la eliminación del Estado judío.
Ese objetivo se refleja también en la magnitud de los recursos que el régimen iraní destina desde hace años —incluso a costa de las necesidades de su propia población— al financiamiento y armado de organizaciones terroristas que operan en torno a Israel como un cerco militar permanente.
“Esto no es solo por hoy, es por mañana”, señaló Trump. En los hechos, la decisión apunta a ambos planos.
Si en algún momento se produjera la caída del régimen iraní —un proceso que no sería inmediato ni sencillo y que dependería de protestas internas y de un quiebre en el respaldo de las Guardias Revolucionarias y las fuerzas Basij— podría abrirse la puerta a una reconfiguración regional. No desaparecerían de golpe todos los focos extremistas ni las redes terroristas, pero sin el apoyo político, financiero y militar de Teherán, el tablero de Medio Oriente sería distinto.
Desde esta óptica, en Israel se sostiene que el llamado mundo libre debería expresar su respaldo a la acción emprendida contra Irán.
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(28 de Febrero de 2026)
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