Según reveló días atrás el periodista israelí Najum Barnea, con buenas fuentes en las más altas esferas de gobierno, el presidente de Estados Unidos decidió pasar a la segunda etapa del acuerdo sobre la Franja de Gaza y permitir el comienzo de la reconstrucción, sin exigir primero el desarme de la organización terrorista Hamas. Esto deja en claro que la tendencia a dejar las cosas a medio camino, a interrumpir los procesos antes de tiempo al ver que el ritmo buscado de implementación se complica, no es exclusiva de la arena iraní.
Son numerosas las informaciones sobre el esfuerzo de Hamas por rehabilitar sus infraestructuras armadas, reclutar más hombres y hasta fabricar cohetes. Es indudable que su poderío militar actual está a años luz de lo que tenía el 7 de octubre de 2023 cuando invadió Israel. Pero en su ideología fundamentalista islamista, su enfoque es seguir dedicando esfuerzos hasta que logre el objetivo; las vidas de civiles palestinos que puedan caer en el camino no son un elemento que lo disuada.
Con esto de fondo, estando claro —porque lo dicen los propios terroristas— que si pudieran harían otro 7 de octubre, es una locura permitir la reconstrucción sin antes garantizar que Hamas no pueda volver a ser una amenaza en unos años. ¿Quién controlará que debajo de los nuevos edificios no vuelvan a construirse túneles y depósitos de armas? ¿Catar? ¿Turquía?
No se trata de un deseo de que la población palestina viva en medio de ruinas. Ante todo, esa no es la situación en toda Gaza. Y donde lo es, con todo el pesar por los verdaderamente inocentes —y no todos los civiles lo son—, la responsabilidad es de Hamas. La responsabilidad de Israel es garantizar que no pueda volver a nacer una amenaza a pocos kilómetros de la población civil del sur de Israel.
En repetidas ocasiones, tanto en junio de 2025 como en la guerra que comenzó el 26 de febrero de este año contra Irán, Trump decidió prematuramente que todo había terminado y que ya no había razones para seguir atacando. Sin olvidar que no se puede librar una guerra de forma permanente sin un fin en el horizonte, cuando se frena de modo que deja al otro la sensación de que uno ya no tiene la determinación y el aliento suficiente para continuar luchando, el resultado es muy nocivo.
En el caso de la guerra de este año, ello fue especialmente abrupto y unilateral al imponer Trump el alto el fuego a Israel. Podría discutirse si acaso lo ideal era seguir atacando, ya que alcanzar una eliminación absoluta de todos los misiles balísticos —por dar un ejemplo— habría llevado un tiempo demasiado prolongado. Pero cuando después llegó el Memorando de Entendimiento en el que fueron tantas las concesiones de Trump, por más que las presente de otra forma, quedó claro que se había echado atrás. Irán lo interpretó como una victoria y todo lo que está haciendo en el terreno lo deja en claro.
Volver a cometer estos errores en otro frente, el de Gaza, sería fatal.
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(6 de Julio de 2026)
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