El “Día de la Mujer Palestina” sobre el que tanto se ha hablado esta semana en Uruguay a raíz de la polémica invitación a una representante terrorista a una actividad sobre la fecha, no es un invento sino un simbólico aniversario. Señala el primer Congreso de Mujeres Árabes de Palestina que tuvo lugar el 26 de octubre de 1929 en Jerusalem. Cabe recalcar que el nombre “de Palestina” no indicaba ningún tipo de entidad independiente árabe local sino que se trataba de la Palestina del Mandato británico. No había un Estado árabe de Palestina, ni lo hubo después ni tampoco hoy. El nombre había sido puesto en el siglo I de la era común a la antes llamada Judea (tierra de los judíos) para tratar de borrar su vínculo con su tierra ancestral.
El congreso de mujeres árabes locales se llevó a cabo muy poco después de los incidentes recordados como “los disturbios del Kotel”, o “Buraq” para los musulmanes, o sea el Muro Occidental o Muro de los Lamentos. El Mufti de Jerusalem Hajj Amin el-Husseini, máxima autoridad islámica de los árabes locales y luego aliado de Hitler, incitó a la violencia difundiendo acusaciones infundadas sobre la intención de los judíos de “atacar la mezquita de Al Aksa” para intentar echarlos del lugar sagrado para los judíos. En dichos disturbios fueron asesinados 133 judíos.
En el congreso en cuestión —en cuyo recuerdo se instituyó el “Día de la Mujer Palestina”— se organizó una delegación que se reunió con el Alto Comisionado británico, Sir John Chancellor. ¿Qué le exigieron? Como lo hicieron siempre, negación de los derechos del otro lado: la anulación de la Declaración Balfour del 2 de noviembre de 1917 que había reconocido el derecho del pueblo judío a un hogar nacional en su patria histórica y el fin de la inmigración judía.
Hoy están la televisión Al Aksa de Hamas, el diario Al Hayat al-Jadida y las redes sociales venenosas de la Autoridad Palestina, y en aquel entonces estaba el Mufti que escupía odio antisemita. En ese ambiente se habían nutrido las mujeres de aquel congreso, eso era el motor para las exigencias presentadas.
Y saltando rápidamente al “Día de la Mujer Palestina” de 2026, un comentario general, introductorio de una nota separada y más detallada sobre el tema. No sé qué piensan decir el lunes en el Parlamento uruguayo las participantes en la actividad que desató la tormenta estos días. Pero sí estoy segura de antemano qué callarán.
No dirán nada sobre las terroristas suicidas que la sociedad palestina presenta como ejemplos a emular, como heroínas que sus niños y jóvenes deben querer y admirar, por lo cual dan sus nombres a campamentos de verano y competencias deportivas.
No dirán nada sobre Dalal Mughrabi, que el 11 de marzo de 1978 asesinó a 35 israelíes, entre ellos 12 niños, y dejó a 71 heridos al atacar un ómnibus de pasajeros en la carretera costera. Tampoco contarán cómo la convirtieron en un modelo a seguir.

No dirán nada, estoy segura, de Wafa Idris, la primera suicida de la segunda intifada, que asesinó a un hombre de 81 años en la calle Iafo de Jerusalem al detonar su carga explosiva junto a una zapatería. Aún lo recuerdo.

Tampoco se referirán seguramente a Hanadi Jaradat, la terrorista suicida de la Yihad Islámica que detonó su bomba en el restaurante Maxim de Haifa, manejado por judíos y árabes conjuntamente, mató a 21 civiles, entre ellos familias enteras, y dejó a 51 heridos.

Ni a Ayat el-Akhras, la terrorista suicida más joven, de 17 años, que mató el 29 de marzo de 2002 a dos civiles y dejó a otras 28 personas heridas junto al supermercado de Kiryat HaYovel en Jerusalem. Aún recuerdo las horas de dudas para identificar los cuerpos, porque la terrorista tenía la misma edad que una de sus víctimas, Rajel Levy. No olvidaré nunca la entrevista telefónica con la mamá de Rajel. Ella hablaba, lloraba, yo lloraba con ella y pensaba “así se siente el fin del mundo”.

Y seguro que no hablarán de Rim a-Riyashi, aquella suicida de 22 años, madre de dos niños pequeños en Gaza, recordada como la primera terrorista suicida de Hamas (las otras eran casi todas de Al Fatah) que mató en 2004 a 4 israelíes y también hirió a 10 personas más, entre ellas 4 palestinos, en el paso Erez por el que ella entraba a Israel a tratamientos médicos. La Inteligencia israelí estimó que fue enviada por su esposo y por la organización Hamas a perpetrar el atentado para “limpiar” el honor familiar “manchado” por una relación extramatrimonial.

Estuve poco después en su casa en Gaza, cuando sus hermanos se reunían a recordarla. Su esposo no estaba. Sólo sus hermanos. “Ella amaba la vida y a sus hijos, no quería morir, estamos seguros”, dijo uno de ellos. El ambiente no estaba ni para preguntar a qué se refería. Cualquiera de los presentes podía ser un enviado de Hamas y seguirnos al salir, aunque no era aún la era de gobierno de Hamas.
De todo esto seguro no hablarán, porque lo que quieren es levantar banderas, no ayudar a las mujeres palestinas, a las que también se les ha inculcado lo peor.
Casi de más está aclarar que no se puede generalizar, sería no sólo poco inteligente sino injusto hacerlo. Pero las cosas no se dan en un vacío, la incitación al odio cobra su precio. La muerte es parte de ello.
Ana Jerozolimski
Directora Semanario Hebreo Jai
(21 de Octubre de 2026)
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