Entrevistas

Histórico: entrevista de José Jerozolimski al fiscal en el juicio a Eichmann

Con el Dr. Gideon Hausner en Jerusalem en 1972

N. de Red: El sexagésimo aniversario de “Semanario Hebreo”, es una ocasión apropiada para publicar entrevistas históricas realizadas por su fundador y director José Jerozolimski (z”l).En esta ocasión, la que le hizo al Dr. Guidon Hausner, el Fiscal en el juicio a Adolf Eichmann. Lo entrevistó en 1972 durante un viaje a Israel. Hausner era en ese momento Presidente de Yad Vashem y asimismo diputado en la Kneset por el partido Liberal Independiente. 

Hausner recibió a Jerozolimski en su despacho en el Parlamento en Jerusalem.

El Fiscal Hausner en la sala del juicio a Adolf Eichmann, quien se hallaba en la cabina de vidrio (Foto: Milli John, GPO)

 

 

Estimado diputado Guidón Hausner, ¿considera usted que el Proceso Eichmann tuvo una influencia histórica que se siente todavía hoy, o fue un suceso pasajero?

No, no fue en absoluto un episodio que habrá de olvidarse. Hoy, diez años después del Proceso, tal vez pueden resumirse los resultados que han perdurado, y que creo perdurarán, en el mundo y especialmente entre nosotros, los judíos. Respecto a la influencia en el mundo, podemos hacer varias apreciaciones. En Alemania se produjo una tremenda reacción ante el Proceso Eichmann. Los niños preguntaban a sus padres: “¿Dónde estabas tú? ¿Qué hacías tú?”. Recibí miles de cartas de jóvenes alemanes agradeciendo que el Proceso se realizara en Jerusalem y no en Bonn, y así no se tergiversaran ni ocultaran las cosas. En el mundo cristiano, hubo una clara influencia del Proceso sobre las decisiones resultantes de la Conferencia Luterana. El cardenal alemán Bea, recibió diariamente de nosotros, según lo solicitara, las actas del Proceso; finalizado éste, le dijo a nuestro embajador en Roma que veía alguna posibilidad de que, de acuerdo a la primitiva concepción cristiana católica, se pudiera utilizar el Proceso en contra de los judíos; y que debía hacerse algo, al más alto nivel, para corregir dicha concepción. Y así fue como oímos, algunos años atrás, en el Concilio en que Bea fue figura principal, que nosotros ya no somos culpables por la crucifixión de Jesús. Accedieron a relevarnos de culpa. Estimo que no necesitamos el perdón. Son ellos que lo precisan, por dos mil años de persecuciones. Pero, de todos modos, estamos ante el resultado de un cierto cambio en el dogma del catolicismo.

 Del punto de vista jurídico, el Proceso Eichmann constituye hoy un precedente. Lo encontramos en todo tratado de Derecho Internacional. El principio establecido en Jerusalem, según el cual todo individuo responde personalmente por sus actos aunque haya recibido la orden de ejecutarlos, es un principio importante, que nosotros hemos vuelto a declarar. Y creo que es bueno que lo hayamos hecho en Jerusalem, porque si, en el futuro, alguien recibe un encargo como el de Eichmann -aniquilar a millones de seres humanos-, a lo mejor lo detiene el pensamiento de terminar corriendo la misma suerte y destino que él. Se trata entonces de un precedente importante, aceptado hoy en todo el mundo. Pienso que se vio también que no solo son culpables los criminales. Desde luego, el de la Alemania nazi era un régimen criminal. Con ellos no discutimos; a ellos hay que juzgarlos y castigarlos. 

 

¿Quiénes más son culpables?

La discusión la tenemos con el resto del mundo, con los demás: ¿qué hicieron ellos? Se sabía ya. Quizá no al principio. Sin embargo, en julio del 41 o en diciembre de ese año, o enero del 42, el mundo lo sabía. Y no se hizo nada. Ningún Estado abrió sus fronteras para admitir a los judíos. No solo esto: cuando Weitzman, el presidente de la Organización Sionista, pidió insistentemente a los ingleses y a los norteamericanos que bombardearan Auschwitz y las estaciones y vías férreas que conducían al campo, le contestaron que los aviones eran necesarios para operaciones más importantes en otras partes. Salvar judíos no era tan importante… Hoy se puede demostrar que hubiera sido posible. Si Estados Unidos, Inglaterra, Francia (hasta el estallido de la guerra) y también la Unión Soviética hubieran seguido otra política, se habría podido salvar a un millón o quizás a dos millones de judíos. La tragedia no habría sido entonces tan enorme, tan profunda. Y en esto tenemos una cuenta con todo el mundo libre y no solo con los asesinos, una cuenta histórica. Ese mundo vio y no hizo nada; los nazis extrajeron las consecuencias. Goebbels llegó a escribir en su Diario que aunque los enemigos de la Alemania nazi realizaban una intensa propaganda contra las atrocidades, en el fondo de sus corazones se alegraban de que los nazis estuvieran eliminando “la suciedad de los ghettos” en Europa. Así entendieron los alemanes la inactividad de los Aliados.

Nuestra cuenta es grande. Lo digo en cada Conferencia y a todos los que visitan Yad Vashem. Estuve en Washington y se lo dije a dos presidentes, a Kennedy y a Johnson. Se lo manifesté también cuando vino aquí al secretario de Estado, William Rogers: “Ustedes hubieran podido salvar a un millón de judíos, que estarían hoy con nosotros en Israel, para defenderlo, y no tendríamos que conservar pedazos de tierra aquí y allá para nuestra salvaguardia, sino que dispondríamos de judíos para esa tarea”. 

Acompañando, como Presidente de Yad Vashem, al Canciller alemán Willy Brandt en su visita al Museo el
6 de julio de 1973
(Foto: Moshe Milner, GPO)

 

Eso tenemos que recordarlo y recordárselo a los demás, para que no se olvide. Porque somos todavía hoy un pueblo amputado. Todos los otros pueblos ya han compensado largamente sus pérdidas de la Segunda Guerra Mundial. Hay hoy 15 millones más de alemanes que los que había en 1939; 25 millones más de japoneses, pese a las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki; 30 millones más de rusos que en 1941, cuando el ataque alemán, a pesar de que perdieron 18 millones. El único pueblo que no ha podido llegar aún a la cifra de antes de la guerra, somos nosotros, el pueblo judío. Entramos a la guerra con 16 millones y medio o 17 millones de almas, y hoy en día no sobrepasamos, incluidos los judíos de Israel, Estados Unidos y la Unión Soviética, los 15 millones en todo el mundo. quiere decir que por cada tres judíos falta uno, caído, y a más de una generación de distancia, se mantiene esta situación. Lo que perdimos del punto de vista cualitativo, centros de Torá de jalutziut, de inspiración, de periodismo, ¿qué es lo que no teníamos? desapareció y ya no volverá nunca más, como la legendaria Atlantis hundida en el mar. Pero ni siquiera cuantitativamente nuestras pérdidas se han compensado aún. 

Si, nuestra cuenta con el mundo es muy grande y no debemos olvidarla para que él tampoco pueda hacerlo. Hoy nos sentimos más fuertes para profundizar en la catástrofe. En los primeros años nos resultaba muy difícil: las heridas estaban demasiado abiertas. Tampoco hoy están cicatrizadas. Pero entonces todavía no teníamos el coraje de mirar en los ojos al desastre. 

 

¿Y hoy?

Ahora -con Israel en el mapa, con un Israel fuerte, con el pueblo judío que ha conseguido sobrevivir al exterminio- ya somos capaces y tenemos la suficiente fortaleza como para extraer incluso las consecuencias educativas -positivas- de lo que al pueblo judío le ha tocado sufrir. Y esto es quizás lo más importante. Porque podremos decir a nuestros hijos: la Alemania nazi era la potencia más poderosa del mundo y para derrotarla tuvieron que aliarse los Estados Unidos con la Unión Soviética y con Gran Bretaña: nosotros estábamos en manos de los nazis, y para ellos el exterminio de judíos era tan importante como ganar la guerra. esto se puede demostrar históricamente: en los períodos más difíciles, como el verano de 1942, cuando los alemanes sabían que estaban combatiendo por su última chance de excluir a la Unión Soviética de la guerra y habían reclutado siete millones de trabajadores en toda Europa para poder enviar al frente hasta al último hombre alemán, cuando cada vagón valía oro, en este verano de 1942, momento crucial de la guerra, podía esperarse que los alemanes postergaran por algunos meses el exterminio; y sin embargo no lo hicieron. 

Eichmann, que era el comandante principal de la operación, pudo disponer por aquel entonces de 300 trenes diarios para trasladar judíos de toda Europa a Polonia y a la Rusia ocupada. Y de 15.000 hombres más. El racismo maniático y obsesivo se les había incrustado profundamente, irracionalmente, durante años. Por eso Hitler, al final del conflicto, escribió amargamente, en su Testamento, que serán las futuras generaciones las que tendrán que continuar la lucha del nacional-socialismo. Pero, al mismo tiempo, Eichmann reunió a sus colaboradores en Vieja y les dijo: “Yo, mi guerra la gané, y puedo saltar a la tumba con alegría porque arrastro a seis millones de judíos”. Decía la verdad… Nuestra existencia actual -después de lo ocurrido, sobreviviendo a Hitler y dueños del Estado- comprueba delante de nuestros propios ojos la fe que tenemos en nuestro pueblo como un “pueblo eterno”. 

Esta es la conclusión que, del punto de vista educativo, debe extraerse de la tragedia. En Israel se han creado instituciones y obras de carácter recordatorio y educacional. Después del proceso Eichmann propuse que las escuelas del país “adoptaran” a las comunidades judías destruidas y unas 2.000 lo han hecho con otras tantos kehilot europeas. Tales las enseñanzas que debemos retener de nuestra gran tragedia. 

Usted dijo que, fuera del crimen nazi, está también la cuenta con el mundo libre que asistió a una masacre de esa magnitud. Pero hay otro misterio, difícil de develar. ¿Cómo -es la eterna pregunta- un pueblo con el grado de cultura en que siempre se consideró al pueblo alemán, pudo engendrar un movimiento asesino, apoyado por casi toda la población? ¿No es de horrorizarse que un pueblo se convierta en un instrumento de este tipo?

Si, es verdad. Este es otro tópico para diferentes investigaciones: mucho se investigará y se escribirá durante generaciones buscando explicar cómo fue posible. Pero no debe olvidarse que el nazismo no nació en Alemania con Hitler. Arranca de un proceso doctrinario que abarcó todo un siglo a partir de los filósofos idealistas como Fitchte, y también Hegel, y en cierta medida Nietzche. Hubo un movimiento racista: a mediados del siglo XIX un individuo fundó en Berlín una Liga de Antisemitas. Se llamaba Wilhem Marr. Y entre los fundamentos de la Liga figuraba el no tener tratos con los judíos, buscando dar ideología al racismo. Hitler ya encontró un terreno preparado para él.

Hay algo en la naturaleza, en el carácter alemán, una especie de sensibilidad: Alemania reacciona fuertemente a la vista del uniforme militar. El alemán cuando enfunda el uniforme deja en su casa no solo las ropas civiles, sino también una parte de su conciencia civil. Y opino que el mundo comete un error cuando vuelve a incluir a los alemanes dentro de ciertos planes militares y en los marcos de la NATO y de otras alianzas se torna a hacer de Alemania una potencia militar. Se trata de un experimento sumamente peligroso: la “sensibilidad” alemana a todo esto tardará otros cien años curarse… No creo que Alemania esté hoy rehabilitada. Por supuesto, no hay Gestapo ni campos de concentración y el régimen es democrático. Pero que la naturaleza, el carácter alemán, puedan considerarse rehabilitados, lo dudo. Eso no se borra con la derrota en una guerra: caló demasiado hondo en la estructura alemana. Hitler explotó distintas posibilidades: religiosas, el deseo de grandeza y la voluntad de poseer colonias de Alemania, pero en un sentido tuvo absoluta razón. Comprendió que su triunfo no habría de ser completo mientras los judíos estuvieran en el mundo, que judaísmo y nazismo son tan antitéticos que no pueden coexistir. Este fue el único fundamento racional por el cual Hitler se decidió por el método demencial del exterminio de los judíos. Entendía que él y los judíos no podían estar juntos en el mundo. Y entonces aprovechó la posibilidad: los tenía a mano, pues a exterminarlos. 

 

Usted dice muy acertadamente que judíos y nazis no pueden coexistir: se trata de dos concepciones muy distintas del mundo y de la vida. pero estamos ahora en un momento en que una de las grandes potencias quiere involucrar a sus ciudadanos, y a los partidarios que tiene en el mundo, que nazismo y judaísmo, o nazismo y sionismo, comportan un mismo concepto. ¿Qué sentimientos despierta en usted esta salvaje comparación?

Cuando lo escuché por primera vez en el año 1967 de parte de una delegación soviética en las Naciones Unidas -entonces lo dijo Kosygin, quien afirmó que los sionistas utilizan métodos nazis- me sentí fuertemente sacudido. Aba Eban me pidió que le contestase. Fue la única vez que un parlamentario miembro de la delegación habló ante la Asamblea General. Y le contesté. Después Gromyko me respondió a mí diciendo que con el Fiscal de Eichmann no quiere entrar en debate: una respuesta débil. Pero cuando ellos lo repitieron una y otra vez, pensé: y bien, ¿vamos a decir que no somos nazis? No tiene sentido, más de una vez se nos acusó a lo largo de la historia por culpas de los propios acusadores. Se nos imputaron crímenes rituales: un judío no puede comer un huevo si tiene una mancha de sangre, sus preceptos le prohíben ingerir sangre, y a nosotros se nos acusó de emplearla para la elaboración de matzot, destinadas a uno de los momentos más sagrados de nuestro ritual religioso. Los que derramaron un mar de sangre, nos acusaron a nosotros de necesitarla. Insisto que no es la primera vez en nuestra historia que nuestros acusadores nos endilgan lo que ellos mismos tienen sobre la conciencia. Sabemos quién apela a los métodos nazis. Y qué país es un país abierto a todos, en el que se puede ver lo que se hace. Israel está abierto: cada turista, cada visitante, puede ir a donde quiera, incluida la parte árabe. Se puede viajar a Gaza, a Jerusalem, a Shjem (Nablus), a Hevrón, y ver los métodos que se emplean, conversar con la gente… En cambio, cuando un senador de visita en la Unión Soviética va a ver a un profesor para enterarse por qué no lo dejan salir del país, el senador es arrestado. Entonces, ¿quién emplea los métodos nazis? Nosotros no necesitamos las explicaciones y creo que el mundo tampoco. Que los comunistas y los árabes nos llaman “nazis” ya no impresiona. Hay un refrán en hebreo: se acusa al otro de la propia culpa. 

 

Recuerdo que hace algún tiempo el actual presidente del Instituto Weltzman, Dr. Albert Sabin, visitó, encabezando un grupo de profesores norteamericanos, varios países árabes. En su informe escribió luego que hablar con ciertas así llamadas figuras intelectuales del mundo árabe, le pareció estar viendo sobre sus trajes la cruz gamada, dadas sus respuestas y su odio hacia el Estado de Israel. Y también leí un artículo suyo, Dr. Hausner, que publiqué en “Semanario Hebreo”, en que usted se refiere a cierta mentalidad nazi, que algunos dirigentes árabes exhibieron, especialmente antes de la Guerra de los Seis Días, cuando creían que iban a ganar la guerra. actualmente, ¿cree el mundo que Israel estuvo realmente en peligro de desaparición, que si los árabes hubieran salido victoriosos habrían aniquilado al Estado judío? He escuchado que muchas personas dicen ahora lo mismo que se dijo anteriormente de Hitler: que sus amenazas no eran más que propaganda, ¿Qué dice usted?

Ya que usted menciona las tendencias nazis en el mundo árabe, acabo de publicar en Norteamérica, hace solo tres semanas, una carta escrita por el presidente de Egipto, Sadat, ocho años después de la Guerra. Era la respuesta a una encuesta realizada por un diario árabe, “El Mussawer”, en el año 1953, ante el rumor de que Hitler vivía. El diario preguntaba a distintas personas qué les gustaría escribir a Hitler en el caso de que realmente estuviera vivo. Sadat fue uno de los que respondió, y yo he publicado ahora su respuesta. Ocho años después de la guerra, escribía Sadat, una persona que ya era entonces miembro del Comité Revolucionario del Cairo: “Estimado Hitler, te saludo desde lo más profundo de mi corazón. Tú has ganado realmente la guerra, y no perdido. Y llegará el día en que haya un nuevo Hitler en Alemania, y no solo en Alemania”. después que publiqué eso, recibí una carta de uno de los asistentes del presidente Nixon, diciendo que quería ver el original de “El Mussawer”, tanta impresión le había causado al presidente de los Estados Unidos. Se lo envié: una fotocopia. Claro que existen personas que dicen que se trataba solo de amenazas, pero nosotros sabemos lo que esas amenazas significan. Hitler también dijo una vez: “Los judíos todavía ríen, llegará el momento en que no rían más”. No nos arriesgamos más. Alcanza con que nos hayamos arriesgado con Hitler, y nos hayamos reído. De Sadat no nos reiremos. La responsabilidad es demasiado grande. No correremos el riesgo de pensar si lo dice en serio, si lo hará, si cumplirá las amenazas que profirió hace cuatro años, o si se trata solamente de propaganda y lo piensa solo semi-seriamente. Y no podrá aniquilarnos. No le daremos la posibilidad de intentarlo. El Ejército de Defensa de Israel ya habrá de velar porque Sadat no pueda cumplir sus amenazas o semi-amenazas, en cualquiera de sus formas.

 

Usted vela mucho, Dr. Hausner, conjuntamente con quienes le acompañan en la misión del Yad Vashem, porque no se olvide lo que sucedió. ¿Qué deben hacer los judíos, y en especial la juventud, para que ello no vuelva a repetirse jamás?

Primeramente, debemos ser fuertes. En segundo lugar, debemos saber que los judíos podemos confiar unos en otros, ante todo. Por supuesto que es necesario tener amigos, amigos fuertes, llevar a cabo una política. Hemos de conservar la amistad de Norteamérica y con el mundo libre. Pero lo principal es ser fuertes nosotros mismos, para no tener que depender de los otros. Además, debemos recordar siempre lo que pasó y que no debe volver a repetirse. Si lo recordamos, y si los judíos de Israel y de todos los países hacen todo lo posible, de todo corazón, para fortalecer el Estado judíos, esta ha de ser la mejor garantía de que la catástrofe será la última catástrofe de la Historia judía. 

 

Muchas gracias, Dr. Hausner, por sus interesantes declaraciones. Le deseo el mayor éxito en su misión de no dejar olvidar. 

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