En comunidad

La muerte de Andrés Abt

Por Washington Abdala

Me está dañando la parte emocional este bicho. Lo de Andrés Abt es una piña al alma.
No es miedo lo que tengo, es pánico por los más grandes de mi familia; a mi la vida me gusta pero tengo cierto determinismo interno que no me asusta sobre mi finitud. Pero no puedo ver el dolor de los demás. Me masacra. Y no tengo religión alguna, ojalá tuviera algún palo donde sujetarme.
Y no sé ni que hacer, solo me lamento, repito las consignas y me cuido.


Déjenme que les cuente de Andrés algunas cosas. Es de mi barrio, un joven (para mi) de 47 años. Siempre le gustó la política, la charlamos siempre en las esquinas de Punta Carretas, vivía, vive a una cuadra de mi apartamento. El blanco y yo batllista, pero un batllista de los que ya no tienen dogmatismo, abierto y con sentido republicano y coalicionista. Por eso charlamos siempre con tanto cariño.


Andrés cuando era alcalde, hacía cosas preciosas trepado a una camioneta blanca, desde levantar residuos que andaban por allí, cargar lo que fuera y organizar su gente para la tarea que se le pedía aunque no fuera su competencia jurídica. Temas de la Intendencia los asumía sin chistar y remaba en cuanto lío había.


Los cumpleaños, de algunos de sus nenes, los festejaba en el parque Villa Biarritz, ponía una carpita o algo así, y llamaba a los amigos de su hijo a chivear, les daban unas golosinas y algún refresco y dale que es tarde. Predicaba lo que creía, creía lo que predicaba. Puro, sano, bien intencionado, incapaz de una palabra en mal tono, sencillamente un pan de Dios.


Charlé tantas veces… Me decía, hace unos años, que quería ser diputado. Me preguntaba sobre eso, yo le decía que le sobraba boliche y ganas para eso. Y fue diputado. Y cuando vino la de empujar a Laura, se salió de su banca y se puso a remar de vuelta en la alcaldía. No lo charlé esto, pero supe que era vocación pura. Le encantaba hacer y hacer. 


Alguno de sus locales partidarios estaban en la calle Ellauri, siempre estaba presente, no era de ese perfil de político chapeador, era laburante, entregaba el alma y por eso lo quiso tanto la gente, porque todos, blancos, colorados, frentistas sabíamos que era noble, sano y honesto. Por eso era un gol en el CH. Mi hijo Iván lo apreciaba mucho y uno aprende a querer también por el respeto y la admiración que nuestros hijos tienen por los otros.
Tenía una sonrisa dibujada en el rostro, una actitud de servicio que es la que hay que tener para ser un buen político y una militancia sobria y firme. No le gustaba la pelea dialéctica, le gustaba lo concreto, hacer y hacer.


Me llegó la noticia de su muerte y me congelé. Llamé a dos amigos me la ratificaron. Ahora a ver como se vive en el CH sin Andrés.
Decir que lo vamos a extrañar es obvio, vivir sin Andrés Abt por la vuelta es una tragedia humana espantosa, igual que todas las del Covid, pero esta, para los que lo queríamos al flaco es una voladura de dientes.
Mis respetos a su esposa.

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Por Bryan Acuña Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Internacional de las Américas, especializado en la temática de Oriente Medio. Fuente: wsimag.com

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