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Entrevista especial a Julio Rosenblatt, autor de la serie Max y sus desafíos

Por Silvina Cattáneo

Centro Recordatorio del Holocausto

Julio Rosenblatt (Montevideo, 1951) es el autor de los libros ilustrados para niños de la serie “Max y sus desafíos”. Con tres volúmenes publicados de siete en total (el cuarto ya está en camino), los cuentos, basados en las historias de la familia del autor en la Alemania nazi, relatan los años previos a la guerra a través de los ojos de un niño judío, Max. Con una vasta experiencia como ingeniero, actualmente es miembro de la Comisión Directiva del Centro Recordatorio del Holocausto de Uruguay y difusor de temas relacionados a la Shoá.

 

¿En qué momento te percataste de que te llamás Max en honor a Max Rosenblatt, asesinado en Stutthof en 1944?

Es muy fácil la respuesta, porque los niños me han hecho la pregunta muchas veces, les sorprende que escribo Julio Rosenblatt en el Zoom pero me llamo Julio Max. Así que les conté que cuando yo nací mi abuela había insistido mucho para que me pusieran, como segundo nombre, Max, en honor a un hermano de ella. Yo, la verdad, cuando empecé a darme cuenta que me llamaba Julio Max, realmente no me gustaba, una de las razones porque no lo usaba. Fui muchísimas veces a Israel, pero en 1992 mi hija estaba en allá y fui por segunda vez a Yad Vashem (Centro Mundial de la Memoria del Holocausto en Israel). Había dos libros y esos libros tienen la lista y dice, prolijamente, cómo se llamaba, dónde nació, en qué año lo agarraron y dónde murió. Está organizado alfabéticamente, entré por Rosenblatt, llegué a Max y ahí… me quebré, porque fue una experiencia muy fuerte. Me di cuenta, de verdad, que había muerto, que había un lugar físico donde había muerto y ahí empecé a preocuparme por mi nombre. Y dio la casualidad, esas cosas de la vida, que un primo de mi padre que todavía vive, fue el que estuvo en los tres campos de concentración con Max, todo el tiempo, tío y sobrino, todos del mismo pueblo. Ése señor escribió un documento para la familia, para sus hijos y me dio una copia y ahí están los detalles de la vida de Max en los campos de concentración. Entonces me fui como internalizando un personaje, al punto tal que cuando escribo siento que soy Max, no que soy Julio, porque intento ser Max.

El nombre se convirtió en identidad…

Sí, además reviví a una persona muerta. En definitiva lo quisieron matar y está en boca de miles de personas. Lo mataron, pero ahora está vivo. Además, me han comprado libros en Japón, insólito…

¿Cómo fue el derrotero de tu familia paterna para llegar a Uruguay?

Es bastante sencillo. Una hermana de una cuñada de mi abuela, tenía una cafetería en la ciudad de Frankfurt y el cónsul uruguayo de ésa ciudad tomaba el café y comía una torta todos los días en esa cafetería, se llamaba Café Falk y un día el cónsul le dijo a esa señora “yo le voy a dejar una tarjetita mía, el día que ustedes tengan problemas usted me llama que nosotros los vamos a apoyar”. En el año ‘36, como vieron que la cosa se complicaba, se pusieron en contacto con éste cónsul quien, efectivamente, les dio visas, vinieron a Uruguay en barco, durmieron la primera noche en una pensión de  la calle 26 de Marzo y ahí está la historia de los Rosenblatt. Todos los personajes judíos que aparecen en el cuento murieron en los campos de concentración: Ruth, Betty y Max. Hay un homenaje que les hago en la página www.max1896.com.ar, con una lista de 22 personas, mis familiares directos, que fueron asesinados.

¿Por qué un cuento ilustrado para niños frente a lo más común que es una biografía testimonial? ¿Fue una estrategia puntual?

Sí, sí, totalmente. Antes de empezar con este proyecto yo hice una pequeña investigación para ver qué había publicado en el mundo, para saber cuáles son los temas sobre el Holocausto más tratados y me di cuenta que determinado tipo de cosas está sumamente bien cubierta, pero me daba la sensación que lo que no estaba bien tratado era la etapa previa. Elegí un pueblito muy chiquito para que no haya anonimato, porque no es lo mismo el inicio de nazismo en Berlín, que el inicio del nazismo en un pueblo donde todos eran como una familia. Esto tiene mucho que ver con estar alerta frente a situaciones de discriminación en tu espacio, por más pequeño que sea, porque es ahí donde te golpea. Eso es lo que quiero, por un lado informar sobre una situación y por otro lado que sirva como un aprendizaje para estar alerta.

¿Cómo arrancó el proyecto de ir a las escuelas, te invitaron a partir de los libros o fue iniciativa tuya?

Fue una iniciativa mía. Y la verdad es que la primera que me dio una mano, en contactarme con la escuela Nº68, que fue la primera escuela con la que tuve un vínculo, fue Rita (Vinocur, directora del Museo de la Shoá de Uruguay). Ella me puso en contacto con el grupo, el Consejo Uruguayo de Mujeres Judías y las Escuelas Vinculadas, que es un grupo bastante grande de escuelas que, sin ser judías, están vinculadas a la colectividad. Además, obviamente, a las escuelas judías de la colectividad estoy yendo permanentemente.

 

¿Cuál es la dinámica que se trabaja con los alumnos?

Cuando lo hago presencialmente yo leo uno de los libros. Para cada libro tengo diez preguntas, entonces una vez leído el cuento los niños las pueden responder de forma individual o en grupo, con el libro abierto –hay preguntas que son de tipo cognitivo, hay preguntas que son de tipo afectivo, hay preguntas que son de tipo analítico, bastante profundas- y la verdad es que la respuesta ha sido excelente de parte de los niños. Después se arma una especie de semicírculo y se discuten entre todos: si no concuerdan, si falta algo, si sobra algo, se reflexiona y finalmente, de alguna manera, consensuamos la respuesta.  Esa es la parte presencial, la misma metodología la he desarrollado tanto en el interior como en Montevideo.

 

 

¿Cómo fue la adaptación a la pandemia?

La pandemia cambió totalmente la metodología. Grabé un video para cada cuento, en el cual no aparezco yo sino que aparecen las hojas del cuento. Entonces yo leo el cuento en voz alta, pero también lo ven. A ese cuento lo cuelgo… de hecho está en la página web, pero se los mando por si tienen dificultades para entrar a la página web y entonces ellos escuchan el cuento antes de contactarse conmigo. Unos días antes de contactarse conmigo por Zoom, las maestras reciben las preguntas, las mismas que uso normalmente. Ellos las responden, pero no en vivo, sino sin que yo esté presente. Cuando empieza la sesión virtual, ellos designan quien responde cada una de las preguntas, conversamos las respuestas y después me pueden hacer cinco preguntas de cualquier cosa, lo que ellos me quieran preguntar, algunas han sido muy buenas, realmente muy buenas. Y en la última parte yo les propongo a ellos escribir un cuento sobre discriminación en el entorno en el que viven. Con personajes ficticios. Ése cuento -es una página que pueden escribir, nada más- me han mandado… no te puedo decir, me han tapado a cuentos. Algunos han sido notables, otros han tenido problemas, como siempre en la mezcla, pero algunos han sido realmente excelentes, bastante bien estructurados como cuentos, o sea, con suspenso, desenlace, desarrollo, o sea, están bien presentados. Obviamente les doy alguna pista previa y las maestras los ayudan, la idea es que esto sea algo pedagógico y no que se algo pour la galerie. Lo mandan (al cuento) y lo analiza mi señora que es psicóloga.

Es todo un trabajo en equipo…

Hay más, porque los tres libros fueron analizados por un equipo psicopedagógico. No hay ningún libro que haya salido a la calle si no ha tenido el análisis. Entonces Ana (su esposa) lo que hace es: lee los cuentos y trata de extraer algunos elementos de discriminación que ella detecta. Los personajes son siempre ficticios y los cuentos no están firmados, ése es el pacto que tenemos. Lo que no queremos es generar problemas, queremos detectar problemas. Entonces Ana hace un comentario relativamente breve pero no es para el niño, sino para la maestra. Incluso en algunos casos fue con sugerencia de literatura, para que sepa qué tiene que hacer en determinadas circunstancias, porque de repente el problema la excede. Hubo situaciones complejas, bastante complejas. Esta es la versión Zoom 1, la versión Zoom 2 es más compleja, la hago con el plan Ceibal (Plan de Conectividad Educativa de Informática Básica para el Aprendizaje en Línea, proyecto socioeducativo de Uruguay). El año pasado hicimos una primera experiencia que involucró a catorce escuelas de todo el Uruguay. La primera fue razonablemente buena, la segunda fue muy buena. Ésa es la actividad en Uruguay. En Alemania ya di varias charlas similares en una escuela que se llama Adam Von Trott.

Es llamativo cómo un proyecto literario se terminó transformado en un proyecto social

Es importante esto que mencionás porque los libros tienen dos o tres características que me parece que hay que destacar: la primera, y por eso llega tanto a los niños, es que todo está hecho desde la mirada de un niño, no es un adulto que cuenta, es un niño que ve. Por lo tanto es un niño que juega, es un niño que sufre, y la identificación entre el niño que juega y el niño que escucha se da rápidamente, se produce una empatía muy grande, eso es parte de un clic muy importante de los libros que escribí. El segundo elemento que me parece importante es que en ningún momento hay violencia, en ninguno de los tres cuentos hay violencia. Si a la gente le mencionás la palabra Holocausto enseguida lo identifica con campos de concentración, muerte, barbarie y demás. Yo trato de desterrar eso, porque sobre eso hay ríos de tinta escritos, para niños y para adultos, a mí me parece clave poder entender, desde la perspectiva de un niño, cómo se fueron perdiendo espacios y derechos en los años previos a la guerra. Después está el tema de la pérdida de identidad, te cambian el nombre, no podés ir a la escuela, no podés comprar en comercios, el médico no te puede atender, todo esto para que el niño comprenda que, más allá de los campos de concentración, la pérdida de derechos comenzó mucho antes.

Volviendo a la escuela de Alemania, ¿cómo se enteraron de los libros, que están traducidos al alemán, hiciste algún trabajo de divulgación?

No, no, no hice ningún trabajo. Un profesor de Ética de esa escuela se contactó conmigo por Facebook, yo no lo conocía, hoy somos grandes amigos. El muchacho tiene 37 años. A raíz de eso me contacté también con la directora de la escuela y con otro profesor de la escuela. Primero empezamos a hablar de cualquier cosa y un día me propusieron, si me animaba, a hacer la charla con los alumnos de allá. Hicimos una primera charla, le pedí que el grupo fuera pequeño, para que no se me fuera de las manos, un grupo de 12, 14 alumnos, mayores, de 17 años…

Un público adolescente…

Pero te diré que fueron las mejores, las preguntas, la participación… A ellos se les ocurrió hacer algo que a mí nunca se me había ocurrido: se llevaron el cuento a la casa y se lo leyeron a los padres y a los abuelos. Los abuelos participaron, seguramente, en el nazismo. Entonces empezaron a preguntarles, ellos a los abuelos, si habían participado en la persecución…

Una confrontación familiar de “nos sentamos y hablamos de este tema”

Claro, pero fue iniciativa de ellos (los estudiantes) y a raíz de eso pidieron una segunda reunión, hubo una segunda reunión que fue excelente realmente, salió en los diarios, salió en la prensa.

Así que volviste a los orígenes…

Pero hay más, el Gobierno alemán nos invitó, a Ana y a mí, a ir en octubre a Alemania. Voy a hacer una gira por escuelas de la zona, empezando por donde vivían mis padres (Beiseförth) y voy a dar un par de conferencias… y da la casualidad que el lugar donde estaba la sinagoga que fue dañada en la Noche de los Cristales Rotos, existe, ya no como sinagoga, es una casa de familia ahora, deshabitada. Entonces se va a hacer un acto religioso en la puerta de la casa, que fue sinagoga, y como yo hablo hebreo también, voy a  aprovechar para rezar en hebreo en el lugar donde el último que cantaba, era mi padre.

Los libros están siendo el cierre armonioso de una historia dolorosa que empezó hace más de 80 años

Bueno, de hecho, el título de un artículo que escribí se titula “Y Max volvió a  Beiseförth”. Max en realidad murió en un campo de concentración, pero hay todo un juego ahí, como  yo me llamo Julio Max hay una especie de juego entre el Max que se fue y el Max que vuelve. Y bueno, la relación es tremendamente intensa. Se formó un grupo porque se está haciendo un proyecto allá, me lo propusieron ellos, vamos a escribir un libro sobre la historia de los judíos (de Beiseförth), la real, porque lo mío es ficción (la serie “Max y sus desafíos”). La idea es escribir un libro para adultos, que quede como testimonio de la vida de los judíos en Beiseförth y la convivencia con el mundo no judío. Uno de los que está trabajando conmigo y que de alguna manera va a ser el coautor del libro, Hubert, que es el hijo de quien fuera el alcalde de la ciudad, que ya murió. Yo en los cuentos relato que a mi papá, el personaje Max que era mi papá, le tiraban piedras y manzanas en la estación del tren mientras esperaba el tren para ir al almacén a trabajar. Entonces, una de nuestras conversaciones, él me dice… “¿y si fue mi padre el que le tiraba las piedras?”, porque era un pueblo muy chico, y ahí traté de transmitirle que, en realidad, no me importaba, porque en la hipótesis de que su padre le hubiera tirado piedras a mi padre, lo importante era que ahora, él y yo, estábamos trabajando juntos. Yo soy un optimista. El mundo va a ser cada vez mejor, no tiene por qué ser peor.-

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