Janet Rudman

Janet Rudman

Me gusta leer y escribir. Encontré en la lectura y la escritura una forma de canalizar mi esencia. Leo con la misma pasión con la que tomo café. Me gusta escribir sobre historias mínimas. He trabajado en varios proyectos editoriales uruguayos que construían identidad judía: Kesher, TuMeser, Jai y ahora formo parte del staff de SemanariohebreoJai.

Columna de opinión

El día que dije kadish por primera vez

Mamá pasó muy mal sus últimos meses. Tenía noventa y dos años. Estaba muy flaquita y ya casi no podía comer. Iba y venía de la mutualista, en tiempos de pandemia, con la complejidad que implica. Mi sobrino y yo, no queríamos que le hicieran análisis agresivos, pensábamos que lo mejor que se fuera de manera natural, sin alargarle la vida. Estuvo una semana con cuidados paliativos y con suero, luego que le dieron el  alta, consideraron que no tenían nada más  para hacer.

El  residencial donde vivía,  tenía un ambiente familiar y normas muy flexibles. Con el protocolo Covid en los residenciales grandes, se complicaron las visitas. Era un sábado y la doctora le dijo a mi sobrino que se moría en cualquier momento. 

Mi sobrino llamó a varias funerarias para pedir precios e instrucciones para seguir luego del fallecimiento. Primero, es necesario obtener el certificado de defunción, luego llamar a la funeraria para que retire el cuerpo y tener areglado con la kehilá el  lugar y fijada la  hora del entierro.  Como era shabat, no me contestaban ningún teléfono y yo estaba muy ansiosa. Llamé a todos mis conocidos para saber si tenían algún contacto con los directivos de la institución. Yo tenía que saber si o si,  qué  hacer si mi mamá se moría durante ese día. 

Al caer la tarde y finalizar el shabat, no me atendieron el teléfono. Pero mi mamá no se murió. Se despertó y dijo que quería comer dos panchos y una cerveza. Nos reímos todos mucho y mamá apenas comió un par de bocados y un sorbo de cerveza.

Cuando me llamaron al otro día, yo había dejado cinco mensajes en tonos cada vez menos educados, les agradecí y les dije  que ya no necesitaba de sus servicios. Aprendí que es mejor  llamar cuando ya ocurrió el fallecimiento.

Durante el mes siguiente, mamá siguió mal  pero nos reconocía y comía poquito. Tuvimos la suerte de poder acompañarla y pasar tiempo con ella, en momentos  que por protocolo covid, las visitas eran cada vez más difíciles. De todas formas, en otra oportunidad me dijeron que vaya urgente a verla que se moría, y al llegar al encontré  cantando un tango. 

Un viernes de tarde llego al residencial y la veo vomitando sangre. La encargada me dice que la doctora había ido esa mañana y volvía al final de la tarde. Me descompuse y me fui a mi casa.  A las siete de la noche, me avisa mi sobrino que esa noche iba  a fallecer. La doctora dijo que tenía un tumor que no le permitía tolerar el alimento y que era hora de partir.  Pasaron dos horas, y mi sobrino me llamó para decirme  que había fallecido. Era un viernes a la noche, otra vez en shabat, pensé. Dicen los que saben que para nosotros,, morir en shabat, es una mitzvá.

Esperé a la finalización del shabat para coordinar el entierro. Esta vez en la repartición de tareas, no me tocó elegir el féretro, como  cuando murió mi padre. Me llevaron a un salón con diferentes tipos de cajones, para todos los gustos. Siempre me acuerdo de esa ocasión. Esta vez zafé, solo elegí el lugar en el cementerio.  Hicimos un velorio corto y yo solo avisé a muy pocos amigos. Le pedí a mi familia y a las pocas amigas que avisé que no  publicaran nada en redes sociales. No quería saludos ni llamados, en definitiva, no quería hablar con nadie. 

El domingo al mediodía la enterramos. El covid nos ha cambiado hasta los rituales de la muerte. No se hace la kriá, en La Paz, en el lugar habitual. Se realizó a cielo abierto, de manera apurada, en la mitad de la entrada. 

Me sentí como la protagonista de un evento.Quería huir de allí y salir con destino desconocido, como en una road movie. Mi cabeza decía que mamá había vivido una vida buena y larga. El cielo estaba gris y había demasiada gente en la vuelta. Shavuot se acercaba.

Caminé como una zombi del brazo de mi hija y llegamos al lugar asignado y comprado en la comunidad.. El oficiante me preguntó si iba a decir kadish. Y lo hice,leí en fonética, nerviosa, de una  tarjeta que me ofreció, el oficiante. Me sentí sola y alienada. Como que no era yo la que la estaba allí. Mi hermana se había ido un día antes de la muerte de mamá a Buenos Aires. Por el protocolo covid no podía volver. 

Cuando murió mi papá no dije el kadish, en mi comunidad, las mujeres no decían  kadish. Todavía no me acostumbro. No hubo shiva por shavuot. Mi papá murió en shavuot y lo enterramos después. Todavía recuerdo los rezos en Yavne y la gente desconocida que se acercaba a saludarme. Me sentí rara y le agradecí a Dios que esta vez no pasar por una shivá, mamá murió antes de shavuot once años más tarde.

  

Janet Rudman
(20 de Junio de 2021 a las 21:06)

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