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Dos uruguayos salvando a refugiados ucranianos, entre Tel Aviv y Amsterdam

(A dos voces, por Juan Lucas Pezzino desde Israel y Alain Mizrahi desde Uruguay)

Juan Lucas:

 

Todo empezó el domingo trece  de marzo  cuando una compañera de trabajo, Oksana, Ucraniana, me pregunta: “Juan Lucas: puedes  ayudarme con unos trámites en inglés?” Le digo que por supuesto. ¿De que se trata? 

Oksana y Juan Lucas en Israel

 

Días antes me había acercado a las compañeras y compañeros eslavos de mi lugar de trabajo aquí en Israel preguntándoles cómo estaban pasando la guerra y si tenían familiares o allegados en las zonas de conflicto. La respuesta fue unánime, todos en mayor o menor grado estaban metidos entre los bombardeos de Mariupol, los acechos a Kiev… las ofensivas a Dnipro. Fue descubrir de pronto que entre ellos había ucranianos, rusos, moldavos, kazanes… (para mí todos iguales) y que de repente estaban cada uno en los costados opuestos de la historia.  

 

En pocos minutos entendí que Oksana quería sacar como fuera a  su amiga de la adolescencia Natasha y a su hijo de 14 años Dimitro  del caos de aquella guerra que ella misma no había creído que sucedería hasta hace escasos diez días. Ya habían pasado 36 horas. Los dos habían llegado la noche anterior en tren desde la minúscula Novomoskov (paradójicamente “Nueva Moscú”), en las cercanías de  Dniepropetrovsk a las riveras del Dniéper, hasta la frontera con Polonia. De ahí a Varsovia. Luego un vuelo al primer lugar que apareció en pantalla, Ámsterdam. El destino final: Israel. Oksana sabía que no sería fácil. Ni Natasha ni Dimitro son judíos.

 

Buscamos vuelos online hacia Israel. Los más baratos. Se junta el dinero. Hago todos los trámites necesarios para que madre e hijo tengan sus pasajes, sus tarjetas de embarques y sepan cómo llegar a la puerta que les corresponden. Pero eso será recién el lunes muy temprano. No hoy domingo. No hablan Inglés, solo ucraniano y ruso. Tienen miedo. Sospechan de todos. Un buen samaritano holandés los lleva a la cafetería y los orienta. Gastan los últimos dineros.

 

Lleno la solicitud de refugiados y asilo. Solo está en inglés. Nadie ha pensado que se necesitaría en lenguas cirílicas. 

 

Al día siguiente, lunes, me desperté con una sensación extraña. Suena el celular. No han podido subir al avión. Los test PCR negativos están en ruso y no en inglés. La encargada de vuelo no se compadece a pesar de que los pasajeros le ruegan que los dejen subir. Para cuando les llega la versión en inglés el avión ha cerrado sus puertas. Se han perdido los pasajes y no hay devolución posible. Entre tanto me llega un link del Semanario Hebreo. Es Ana, incansable, con un reportaje al psicólogo uruguayo-israelí Leo Wolmer que acaba de regresar de Polonia donde ha asesorado a las autoridades locales sobre la atención a civiles a raíz de situaciones de desastre. Pienso que todo se conecta… que siempre hay algo posible para hacer.

 

Al llegar a la oficina nos damos cuenta que las cosas no parecen salir como esperamos. La solicitud de refugiados es rechazada. Los vuelos que quedan son escasos y carísimos.  Para peor, más tarde, un ciberataque Iraní hace colapsar varias páginas web del gobierno, incluyendo seguramente la conectada con los pedidos de asilo. La ministra del Interior Israelí es interpelada por sus posiciones contrarias a dar refugio indiscriminado a los ucranianos.   

 

El martes también pasa. Ellos sentados en un banco del aeropuerto. Sin bañarse, sin dinero. Pero algo sucede.

   

Veo de repente en Facebok en la página de mi amigo Alain Mizrahi lo siguiente:

 

Estación de tren de Ámsterdam Central. Paso la puerta automática hacia la zona de andenes escaneando el código QR de mi ticket. Del otro lado me para esta mujer joven con dos niñas y me habla en un idioma que no entiendo y que no es holandés. Le hablo en inglés, intenta contestarme con las pocas palabras que sabe. Es ucraniana, recién llega, me muestra su pasaje de tren gratuito impreso en una hoja A4 por alguna ONG. Logro entender que quedó en encontrarse allí con su esposo que viene de Den Haag (La Haya) pero no sabe dónde esperarlo. Le muestro cuál es la puerta por la que necesariamente va a pasar, pero para eso tiene que salir de allí y su boleto no tiene código QR para escanear ni nada que se parezca. Veo un botón verde que parece ser una apertura de emergencia, lo pulso, una puerta se abre, la mujer pasa corriendo con su valija y sus dos niñas gritándome algo que quizás sea “gracias” en ucraniano. Me siento horrible por haberme preocupado porque mi tren iba a pasar para volver a mi cómoda habitación de hotel y no había otro hasta dentro de 40 minutos. Vi pasar el desamparo delante de mis ojos y no se me ocurrió más que apretar un botón para que pudieran salir a la calle. Es de noche. La nena más chica tiene la edad de Pipe. Siglo XXI. 

 

Foto: @joaquimbretcha

 

 

 


 

No lo dudo un segundo. Uno más uno. Alain en Ámsterdam. Natacha y Dimitro en Ámsterdam. Algo hay que hacer.

 

Me comunico vía WhatsApp con Alain.  La historia empieza a rodar por los carriles de las coincidencias y los destinos se cruzan…

 

Alain:

  

Juan Lucas es de esas personas que tienen clones distribuidos por el mundo, y siempre hay alguno de los clones cerca de donde las cosas suceden y donde las historias se cruzan. Alguna vez creé un grupo de Facebook que se llamaba “Yo también conozco a Juan Lucas Pezzino”. 

 

El día que estoy volviendo a Montevideo Juan Lucas me manda un Whatsapp diciéndome que una amiga de una compañera de trabajo ucraniana estaba varada en Schipol (aeropuerto de Amsterdam) desde hacía dos días con su hijo, luego de 3 días de viaje vía Varsovia. Me pregunta si puedo hacer algo. A las 13 termino mis reuniones de trabajo, y mi avión de regreso a Montevideo era a las 19. Cambio mis planes, cancelo un último paseo por el centro de Amsterdam y me tomo un tren a Schipol. En camino intercambio whatsapps con una amiga rumana de Amsterdam, le pregunto si habla ruso, negativo, pero me pasa el link a un sitio web dirigido a los refugiados ucranianos que llegan a los Países Bajos. Hay un centro de ayuda humanitaria de la Cruz Roja, a 20 minutos en tren del aeropuerto. 

 

Llego a Schipol, encuentro a Natasha y Dimitro gracias a la foto que me envió Juan Lucas del lugar donde estaban sentados. Traigo un audio de su amiga Oksana para que no desconfíen de mí. Igual ellos ya tenían mi foto también. Llevan dos bolsitos cada uno. Salieron literalmente con lo puesto. Hace 5 días que no se bañan ni duermen en una cama. 

Natasha me muestra Google Translator en su celular. Lo descargo en el mío. Nos comunicamos grabando audios cada uno en su idioma. Le explico que los voy a llevar al lugar donde reciben a los refugiados ucranianos. El check in de mi vuelo aun no está abierto. Dejo mi valija en un locker, Moovit me muestra cómo llegar al centro de la Cruz Roja, compro los boletos de tren y me los llevo a ambos. Me siguen a ciegas como si fuera un gurú o un profeta. O el Mesías, qué sé yo. 

 

Google Maps me guía hasta un inmenso local en un centro de convenciones, lleno de gente. Explico la situación al holandés que me recibe, buscan a alguien con quien Natasha pueda comunicarse, aparece una chica que habla ucraniano, o ruso, es horrible pero todo me suena igual, si será diverso el mundo! Les hace completar un formulario y les desea la bienvenida a los Países Bajos. No puedo hacer más nada, me despido, les deseo la mejor de las suertes, me dan un abrazo, les dejo algo de dinero, me miran como si fuera Papá Noel. 

 

Salgo, mando video a Juan Lucas, me siento en la vereda y lloro con una angustia tremenda. Maldigo a Putin y a su madre. 

 

Hace 100 años mi bisabuela Scheindel salió de Storizhinets, Bukovina, imperio Austro-Húngaro, hoy en Ucrania, con sus 10 hijos – entre ellos mi abuelo Siggy – hacia Hamburgo, huyendo del hambre. Sin pasaporte, sin smartphone, sin Google Maps, sin Translator, sin Whatsapp. 40 años más tarde ese mismo abuelo Siggy tuvo que huir de los nazis con mi abuela Irene y su bebé de dos años – mi mamá – nuevamente a través de Europa para tomarse un barco a Uruguay. Hoy no ha cambiado nada, solo la tecnología. Ya hay casi cuatro millones de refugiados civiles ucranianos, principalmente mujeres, niños y gente mayor, deambulando por Europa, muchos de ellos varados en estaciones de tren y aeropuertos como Natasha y Dimitro. 

 

Un catalán saca una foto a un uruguayo tratando de ayudar a una ucraniana en una estación de Amsterdam. El uruguayo postea la foto en redes sociales. Otro uruguayo ve la foto en Israel y lo pone en contacto con otra ucraniana que está en Schipol. Una rumana consigue la dirección de dónde llevarla. Todo parece surrealista.

Escribo un hilo en Twitter contando esta historia. Lleva más de 40.000 likes y 300.000 views. Se viralizó por toda América Latina y España. Recibo mensajes de felicitaciones y agradecimientos de todas partes. No entiendo nada, lo único que hice fue dedicarle dos horas de mi tiempo a ayudar a dos personas a resolver una situación simple para mí y compleja para ellas por la barrera idiomática. Un amigo me tira una hipótesis: “acercaste, con un relato simple de una vivencia tuya, un conflicto lejano que casi nadie entiende: lo tangibilizaste”.

 

Juan Lucas (la historia continúa): 

 

El centro de acogida de la Cruz Roja holandesa los orienta. Los mandan a un barco-hotel en un canal de Ámsterdam. Finalmente una ducha, una cama.    

 

Entre medio la Suprema Corte de Justicia Israelí interviene. Más refugiados son aceptados. Para ese momento una nueva solicitud de asilo ha sido enviada. Natasha y Dimitro son admitidos.

 

Oksana, incansable, logra comprarles los pasajes de ida para el día siguiente. Hay que hacer nuevos test PCR, esta vez en Ingles. Hay que pagarlos. Hay que mandar el dinero desde aquí. Hablo con otro amigo uruguayo que trabaja en el aeropuerto  Ben Gurion para que esté al tanto de la situación. Se ofrece a ayudar si es necesario 

 

Ya es jueves. El personal de KLM en Ámsterdam y en Israel está al tanto de la situación. Se ofrecen a ayudar. Y así es. Logran embarcar. 

 

A la tardecita están aterrizando en Israel. Oksana espera ansiosa. Naty y Dima aparecen entre los pasajeros de la terminal 3. Agotados, con dos pequeños bolsitos cada uno. Eso es todo lo que han traído consigo. Y las esperanzas, claro, cargadas de historias buenas por venir.

 

Al decir de Alain: “Final feliz... si huir de una guerra puede llamarse final feliz.”

 

Epilogo

 

Los desplazados y refugiados han llegado al día de hoy domingo 20 de marzo que escribo estas líneas a más de 3 millones de personas. Imaginemos como uruguayos   que en un poco más de veinte días el Uruguay queda desierto, deshabitado. Eso es lo que ha pasado y, esta madre e hijo son solo un pequeño ejemplo de la trágica historia de la humanidad… el futuro dirá si merecemos al decir de Primo Levi  llamarnos hombres.  

 

 

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