En comunidad

Recordando a Margarita Silberberg, una mujer multifacética y singular

Sobre la vida de la actriz  judía uruguaya y su amor con el historiador Reyes Abadie 

Con mucha pena nos enteramos hace pocos días del fallecimiento hace unos meses de Margarita Silberberg, una mujer singular que para nosotros fue originalmente un misterio y luego un personaje de película, una persona a la que nos sentimos dichosos de haber conocido. En su memoria volvemos a publicar la entrevista que le realizamos en su momento, que es en gran medida un homenaje al mosaico de las formas de vivir la condición judía, y también a la sociedad uruguaya toda,

Llegamos a ella a raíz del hecho que nuestro colaborador Ionatan Was escribió una nota titulada “La Señora Margarita”, que nos despertó gran curiosidad. Además de las siempre originales descripciones de personajes que logra Ionatan, esta vez intuíamos que a esa señora, tendríamos que entrevistarla., Planteamos nuestra inquietud a través de Ionatan y al aceptar Margarita, tuvimos el enorme gusto de reunirnos con ella en dos oportunidades. Plasmamos en esta entrevista un resumen del extenso diálogo, que si pudiéramos reproducir completo, llevaría varias páginas.

Margarita estuvo casada con Washington Reyes Abadie, padre de sus hijas, hoy ya fallecido. Pero tuvo su propia trayectoria. Fue actriz durante  30 años , se siente  orgullosa de haber sido gráfica , desde hace diez años se considera escritora de cuentos, contando con especial orgullo que tiempo atrás recibió el premio Benedetti.Fue  fundadora de la Confederación Latinoamericana de la Industria Gráfica, la primera mujer directiva de la Asociación de Impresores,  jurado en los premios Bartolomé Hidalgo, en los premios de las agencias de publicidad, y delegada de la Asociación de Impresores de Uruguay. Pero su principal logro,afirmaba, es su condición de madre.

Este fue nuestro diálogo.

 

 

Bueno, al fin estoy frente a “la señora Margarita”, el personaje misterioso de la nota que Ionatan Was, colaborador de Semanario Hebreo,  escribió sobre su compañera de estudios en un curso de literatura, que me intrigó de inmediato.

 

Y te diré que yo vi en el Semanario esa nota  y se me volcó el corazón. Yo sentí que esa señora era yo y me emocioné muchísimo. Si bien no estuve en la Comedia Nacional como él puso, es cierto que hice mucho teatro de todo tipo . . Incluso fui, durante tres meses, de Telecataplum cuando ganamos el Martín Fierro. Lo último que hice en aquel momento fue  cuando vino Norma Aleandro, que hicimos Medea. 

 

¿Cómo llegaste al teatro?

Yo al teatro desde los tres años, que yo recuerde, en las grandes fiestas de la colectividad, que eran de izquierda, por supuesto. Me acuerdo que se hacían unos bailes en el Palacio Salvo y los niños íbamos con los mayores. Y cuando se querían acordar yo estaba en el escenario cantando con la orquesta.  Yo en la escuela todas las poesías que estudiábamos me las sabía, las recitaba todas. A los ocho años fui a la Isla de los Niños, con Atahualpa del Cioppo, y… Siempre hice todo lo que pude, estudié canto, ballet, piano, me preparé como para ser realmente actriz.

Yo  quedé viviendo sola con mi hermano, que escribía, e iba con él a los ensayos. Yo tenía 13 años y me negaba a quedarme sola en casa. Entonces allí iba mi pobre hermano, nueve años mayor que yo, cargando con la nena. Íbamos al Teatro Experimental de Montevideo, y el director un día me dice: “¿Usted quiere actuar?”, “Claro”, dije yo…

 Entonces me dieron un personaje, yo lo estudié, fui y traté de hacerlo. Al segundo ensayo el director, que era Julio Castro Álvarez –un profesor maravilloso, de Tacuarembó, era en la Sala Verdi además que ensayábamos–, se para contra el proscenio y me mira y me dice: “Perdone, señorita, ¿qué edad tiene usted?”. A mí me dio vergüenza decir que tenía 13, entonces dije que tenía 14, “Ah, bueno, ¿sabe qué? Vamos a cambiar el personaje”. Después me enteré de que el personaje original era una prostituta, y yo no entendía nada [Risas] era La cacatúa verde, de Arthur Schnitzler. De ninguna manera yo podía entender, para mí era una revolucionaria, porque era en la Revolución Francesa. 

Después seguí en Teatro Experimental, estuve con grupos que se formaban y se deshacían… y mientras tanto, seguí estudiando ballet, piano y canto, todo el tiempo. Hubo un momento en el que tiré para la ópera. 

 

En Telecataplum, en vivo, en 1964, junto a Ricardo Espalter

 

 

 

El hogar de los padres

 

 ¿Cómo era el hogar en el que naciste? ¿Tus padres de dónde vinieron?

Mis padres vinieron de Varsovia, papá venía de una familia de seis hermanos, pero mi abuela, una trasgresora –yo salí a alguien–, lo dejó y se fue a pelear con Rosa Luxemburgo. Ella se llevó a los tres hermanos menores y le dejó al padre a los tres mayores. Al poco tiempo mi padre tuvo que salir de Alemania con su cabeza a precio, con un documento de un hermano, y se vino a Argentina, que no le gustó, y llegó a Uruguay, creyó que era un país donde la revolución se había hecho sin sangre. Yo ya nací en Uruguay, en 1933.

Te diré que mi hogar era un poco raro, papá siempre estaba haciendo política, iba con los republicanos españoles, los izquierdistas españoles, los alemanes libres… Yo iba a todo con él, mi padre andaba conmigo a cuestas.

 

Qué lindo tener ese recuerdo, ¿no?

Sí, impresionante. Papá aprendió español en Buenos Aires, mientas mamá trabajaba… porque mamá viene de una familia de sastres militares. Era una casa de tres pisos: el piso de arriba era donde vivían ellos, el entrepiso era la sastrería donde trabajaba toda la familia, y en el piso de abajo estaba el samovar con los probadores para la oficialidad, porque trabajaba para la oficialidad, que eran casi todos nobles polacos. Ella salvó a mi padre del servicio militar sacándolo en un féretro del cuartel. Consiguió que un militar que era conde o qué sé yo, se lo diera en un féretro. Lo sacaron con un hermano y una hermana a la estación y de noche él se fue a Berlín. Logró sacarlo cuando lo iban a mandar al frente.

 

¿Estamos hablando de qué año?

Durante la Primera Guerra Mundial. Papá nació en 1900, en ese momento tenía 18 y lo iban a mandar al frente. Finalmente, como te dije, se salvó y pudo llegar a Uruguay.  Era un comunista total.Y lo recuerdo más que nada como un hombre bueno. Mi padre conoció a su segunda mujer porque iba al puerto a esperar a la gente que nadie estaba esperando, y en casa había dos camas para gente a la que no estaba esperando nadie. En realidad, mi gran tragedia familiar, que fue cuando papá se enamoró de esta mujer que sacó de un barco…

 

¿Y estaba todavía casado con tu mamá?

Claro. Pero yo entendí que era un matrimonio que no funcionó nunca, no funcionaba. No se notaba demasiado, porque no había otra, pero papá había sido mujeriego siempre, hasta que conoció a esta mujer.

 

Pero él iba al puerto como mitzvá, para ayudar..¿no?

Sí, pero no se usaban esos términos, yo me enteré de que era judía cuando era grande…

 

Conciencia judía y antisemitismo

 

Pero ibas a los bailes de la colectividad…

Ah, sí, pero eso era una cuestión meramente social. Yo estudiaba idish, pero no se hablaba en casa del judaísmo. No había una cuestión judía hasta el día en que yo dije que quería tomar la comunión como mis compañeros y me explicaron que no, porque nosotros éramos judíos. Después fui adquiriendo consciencia de judía durante la guerra. En el  patio había un mapamundi donde mi hermano iba anotando avances y retrocesos de las distintas tropas con diferentes lápices de colores. Y fuimos viviendo la desaparición de uno, del otro…

Creciste sin sentirte judía y siento claramente que hoy lo vivís distinto.

Absolutamente. Hoy la  tengo total. ¿Cómo se puede negar lo que uno es? No se puede negar, uno es. El domingo tuve un almuerzo familiar con el clan Abadie, casi todos libre pensadores y algunos católicos, valerianos. Toda una familia de maestros, de gente de educación, pero uno se casó con una mujer judía húngara. El otro día le pregunto y me dice que no se siente judía para nada, y yo me reí y le dije: “Ojalá que estés preparada el día que te toque, porque hay que estar preparada, sos judía y te van a discriminar”.

 

¿Tú también lo sentiste?

 Yo me casé con mi primer marido, Raúl Sánchez Clagett, una bella persona, y cometimos el error de ir a vivir con la familia de él. El era un  músico de primerísimo nivel. Un día se enferma la madre de él y yo hago el almuerzo, viene mi cuñada, que vivía con nosotros, y dice: “Ah, no, yo lo que cocina una judía no lo como”. Yo lloré creo que tres días seguidos…

¿Qué edad tenías?

18 años. Nunca me habían atacado de esa manera. Nos fuimos de ahí. Fue muy duro…

Tú que estuviste tan metida en el teatro nacional, en actividades en las que la presencia de judíos no era lo más común, ¿ahí sentiste…? Hay a veces antisemitismo popular por ignorancia…

En el teatro no, sobre todo porque estuve en El Galpón, donde había judíos… No, en el teatro no, nunca lo sentí, en televisión tampoco. 

A nivel popular a veces, la ignorancia.

Sí. Lo volví a sentir, mucho, en la época militar, cuando me tuve que aguantar, por ejemplo, una cena entera con un señor que durante toda la cena despotricó contra los judíos. Éramos ocho y además el señor era el anfitrión, era un alto mando de la Aviación. Cuando terminamos de comer yo no le di la mano y le dije: “Yo lamento decirle que usted estuvo compartiendo esta cena con una judía, ¡qué pena!, ¿no?”. Ángel María Gianola, que estaba ahí, largó la carcajada y cuando nos fuimos con él me felicitó.

No es secreto que entre los militares había muchos antisemitas, verdaderos fascistas. 

Claro. A los judíos les dieron un poco más que a los otros. A mi marido, cuando le negaron el pasaporte para viajar a Israel para inaugurar la cátedra de Historia Latinoamericana de la universidad, le dijeron : nosotros le damos el pasaporte siempre que usted se vaya con esa judía que tiene de mujer y no vuelvan. Y él le dijo que no nos íbamos a ir. “Nosotros no queremos gente que piense acá”, le dijeron, y él contestó: “Yo pensar, voy a pensar, no voy a hablar”. Y no le dieron el pasaporte, estuvo hasta el final de la dictadura sin el pasaporte. Yo tuve varios allanamientos a la imprenta, tuvimos el teléfono intervenido…

 

El amor con Washington Reyes Abadie

Con su segundo esposo, el gran amor de su vida, el historiador Washington Reyes Abadie, en la ceremonia en la que él recibió el Premio Jerusalem

 

Margarita, un aspecto que me interesó mucho de tu historia, a raíz de la nota de Ioantan y lo que le pregunté después, fue que tú fuiste la esposa, la compañera del historiador Washington Reyes Abadie. Y me pareció interesante que el gran historiador tuviera una esposa judía.  ¿Cómo se conocieron?

En el Sorocavana. Yo esperaba a tres amigas, llegó un viejo compañero mío del liceo que esperaba a amigos, entre los cuales estaba Washington, que en el primer momento le pregunté cómo se llamaba, en una mesa de 18 personas, me dijo “Rafael”. Yo me enteré de que era Washington como dos meses después.

¿Qué edades tenían?

Yo tenía 24 y él 49. Cuando después le pregunté por qué me dijo que se llama Rafael, me contestó:  “Porque es el nombre que a mí me gusta y porque tuve malas intenciones desde el primer momento”. Fue fantástico que haya tenido esas malas intenciones, (risa)

¿Y cómo fue?

Bueno, él estaba casado y yo me enteré como dos meses después de que estaba casado. Era imposible imaginarte que un hombre que te va a buscar a los ensayos a las 11 de la noche, que se queda contigo hasta las 3 de la mañana, no te podés imaginar que está casado. De aquella noche en el  Sorocavana , entre los dos grupos de amigos, salieron  cuatro parejas y tres matrimonios. 

Y se reunían todos como amigos. 

Sí, sí. Ellos en ese momento estaban juntos por razones políticas, eran del grupo de [Benito] Nardone, del grupo de estudios Artigas, eran todos intelectuales de muy buen nivel, un grupo apasionante de gente, tenían tanto para transmitir y para hablar... 

¿Él ya era conocido como historiador?

Sí, sí, ya había escrito como cuatro o cinco libros.

Pero  no lo reconociste.

No, porque para mí era Rafael Reyes, no se me ocurrió.Y después me dijo que le fascinó ver que yo era realmente independiente. O sea, desde los 18 años me mantenía sola, tenía mi trabajo. Yo a los 24 era gerenta de una linotipia, porque se había ido el gerente, que era un peruano, y les dije a los dueños que yo lo hacía pero quería ganar lo que él ganaba. Probamos y quedé, yo me mantenía en buen nivel, tenía mi apartamentito, modesto, en Ciudad Vieja, y me mantenía, era dueña de mi misma. Y estaba divorciada. Era verdaderamente libre.

 

Y con el tiempo, se formalizó , entiendo, vuestra relación…

Unos meses después, se apareció en casa con una valijita.

Recuerdo un  día estábamos en un café… era la época de las elecciones en las que ganó el Partido Nacional, en 1958, y él estaba de coordinador y presentador del acto que se hizo por la victoria. Yo estaba en el Sorocavana, llega una señora y dice: “Sí, porque ahí está Washington con Esther” y qué sé yo, y cuando se va esa señora, que era una profesora, me dicen los compañeros de la mesa: “Che, qué bien que estuviste, no se te movió una pestaña”, “¿Y por qué?”, “Bueno, por Washington”, “¿Quién es Washington?”, ahí me enteré. Pero en la práctica ya no eran matrimonio .

 

¿Te cambió algo saber que Rafael Reyes era  el gran historiador Washington Reyes Abadie?

No, nada, porque yo vivía entre intelectuales. Mi primer ramo de flores me lo regaló Sabat Ercasty , porque yo a los 15 años lo ayudé a corregir las pruebas de un libro. Yo en la imprenta conocí a la gente más extraordinaria que te puedas imaginar, y para mí era normal, no era nada excepcional. Alguna vez pensé que estuve con Felipe González, por ejemplo, y no tenía consciencia de que estaba con él. Enrique Iglesias venía a mi casa los sábados de noche a cenar habitualmente. Tuve cerca gente de un gran nivel, Con Alberto Methol Ferré éramos amiguísimos.  Fijate que era gente con la que había mucho para conversar. 

 

Y tu mundo, era una combinación de lo judío, aunque ya aclaraste que no por el lado religioso, y lo nacional, que se veía intensificado por la dinámica con toda esa gente que conocías, que eran como símbolos de la intelectualidad uruguaya. ¿Cómo fusionabas esos dos mundos?

Primero que todo el mundo era muy respetuoso y muy pro-judío, te diría. Methol era un católico de verdad,  consciente de que el origen del catolicismo era el judaísmo. Reyes era un libre pensador, total. Porque además yo me considero atea, y él decía que era agnóstico, yo simplemente llegué a la conclusión de que por más esfuerzos, que los hice, de creer en Dios, no, no está en mí. Por ejemplo, cuando mamá murió –ella era la de sentimiento judío en casa, papá no, para nada- yo decidí mantener la tradición, se lo planteé a Reyes y a mis hijos, e hice la cena de Yom Kipur. Y  me acompañaron todos muy respetuosamente. Cuando terminó, fin de la noche, cenamos, le dije a Reyes: “No lo voy a hacer más, porque no lo sentí, no sentí nada”.

En familia

 

El judaísmo, hay muchas discusiones, no es solo religión.

Yo lo sé, por eso es que soy totalmente judía, yo no tengo la menor duda, ni se me ocurre otra cosa.

¿Cómo recordás que tu esposo vivía o veía el mundo judío? Él era considerado un gran amigo…

Totalmente, porque lo era.

 

¿En qué se manifestaba eso?

Él era consciente de que era de antepasados judíos. El nombre de Rafael se repetía permanentemente en la familia de él, pero además cuando estuvo en Salamanca para hacer el doctorado en Historia encontró los antecedentes: Rafael de los Reyes, porque era servidor de los reyes. Después la familia se convirtió…

¿En la época de los marranos?

Sí, se convirtieron. Y los Abadie también eran judíos. Él tenía total consciencia, aunque… el padre de él no era católico, también era libre pensador, la madre había sido educada como católica. 

¿Pero acaso necesariamente hay una oposición entre ser libre pensador y creyente de una religión?

No, él sí creía en Dios, era agnóstico, no ateo, tenía un sentimiento cristiano y era masón, pero cristiano. 

Cuando tu esposo recibió el Premio Jerusalén, ¿qué significó para él?

Creo que es evidente en esta foto que te mostré, de la entrega del premio. Mirale la cara de felicidad que tenía. Para él, eso realmente era un gran honor. Te cuento que durante los diez años o más en los que trabajó en el Instituto Cultural Uruguay-Israel,  siempre tomó el cargo de secretario y nunca de presidente, porque él decía que el presidente era una persona de figuración y que él lo que quería era que funcionara. Y funcionó muchísimo. Era un hombre de acción, realmente. 

Lo recordás con enorme admiración.

Rafael fue sin duda el hombre de mi vida, definitivamente. . Nos amábamos de una manera absoluta y nos admirábamos. Él fue un hombre muy avanzado que me apoyó y me empujó para que yo pudiera hacer todo lo que hice.  Fue sin duda, el hombre de mi vida.

 

Hermoso recuerdo Margarita. Muchas gracias.

A ti Ana.

Ana Jerozolimski
(26 Octubre 2022 , 10:31)

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