Mundo Judío

Polonia 2023- Anecdotario de un viaje muy especial

por Roberto Cyjon.

(Capítulo 1)

A comienzos de mayo y durante una semana, cuarenta y tres uruguayos, la mayoría llegados de Uruguay mismo, y el resto de Israel, EStados unidos y Canadá,  conformamos un grupo de casi desconocidos -quienes culminamos siendo amigos con sentimientos de hermandad-, que viajamos por los campos de concentración y exterminio de Polonia, incluyendo guetos en las ciudades de Varsovia, Lodz, Lublin y Cracovia, entre otros. Así como al espeluznante “campo”, en términos reales, un enorme terreno talado dentro de un bosque “en la mitad de la nada”: Chelmno -a 70 kilómetros de Lodz-, donde los nazis tenían calculado que una ruta de 4 kilómetros, alcanzaría para que ochenta personas hacinadas en la caja de un pequeño camión cerrado murieran por la inhalación del gas emanado de su caño de escape, siendo que los motores adaptados eran de tanques de guerra en desuso. Por ende, avanzando lentamente en primera, lograrían en pocos minutos dicho objetivo inicial. El segundo paso consistía en vaciarlos, prender fuego a los cadáveres en crematorios y arrojar los cuerpos calcinados a fosas comunes. Podría sostenerse que las fosas fueron: “eficientemente diagramadas”. Tenían 12 o 15 metros de profundidad. Se transformaban en depósitos de despojos humanos de inimaginable dimensión…y dolor. Entre diciembre de 1941 y abril de 1943 en Chelmno los nazis asesinaron a más de ciento cincuenta mil judíos, también gitanos, resistentes polacos y prisioneros soviéticos. Les bastó el uso de dos vehículos especialmente diseñados, los cuales a la postre resultarían insuficientes para un exterminio “rendidor”. Ello le inspiró otros métodos industriales de asesinatos que analizaremos en capítulos posteriores. También volveremos sobre Chelmno, no se agota en un párrafo.

 

Así se ve Chelmno. Un campo maléfico de aspecto surrealista con parcelas de agricultura cuyas “semillas” no pueden germinar, pobres víctimas, pero claman por memoria y honra. Son homenajeadas por una Estrella de David erguida ante un silencio compungido del alma, interrumpido por el súbito trino esperanzador de una bandada de pájaros solidaria, cuyo agudo y sensible sonido recita al viento un Kadish que reverbera entre las ramas del bosque, testigo impotente y guardián permanente de los procesos terribles e indescriptibles allí acontecidos.

Así empiezo esta nota. Desordenada y un tanto confusa en cuanto al orden del viaje, lo aprendido y reflexionado, llorado, leído y escuchado. Es un testimonio fiel a las emociones vividas y aún no totalmente procesadas si es que, acaso, algún día pudieran ser resueltas. Creo que no será posible. El viaje nos abrió escenarios del inframundo y ellos no se pueden borrar de nuestras retinas. Es más, debo hacer rápidas correcciones de escritura a medida que avanzo de a párrafos para darme un respiro y controlar mis sentimientos al exponerlos. Volveré sobre estos tópicos, llegado el momento, así como a impresiones derivadas de otros sitios visitados y a modo de conclusión escribiré únicamente reflexiones finales cuyo objetivo será compartir una experiencia que no debe agotarse en nosotros, los protagonistas del viaje, sino expandirse potenciada en múltiples disparadores de pensamientos y preguntas que mantengan vigentes y en vilo los actos de  terror, sacrificio y heroísmo que debieron padecer millones de personas, la abrumadora mayoría de ellos judías, pero no solamente judías,  a manos de nazis y colaboradores sedientos de  maldad antinatural. ¿O natural? Queda abierta esta primera perspectiva de la “condición humana”, título prestado de la ilustre pensadora Hanna Arendt, integrada elípticamente a este escenario inmensurable que comparte horror y filosofía en un mismo abordaje.

Dicho esto, encararé un solo aspecto que cruzó transversalmente toda la visita: el complejo rol de los polacos durante la Shoah.  Los asesinos culpables de la Shoah fueron los alemanes nazis. Fueron sus autores intelectuales y ejecutores en complacencia y connivencia con actores locales en los países ocupados. Agrego como “al pasar”, porque no lo puedo dejar pasar: con el resto del mundo habilitándolos por su indiferencia y trabas a la inmigración de judíos a sus respectivos países. Este tema es uno de “los grandes temas” de la Shoah, no entra en esta nota ni a modo de síntesis, solo en calidad de señalamiento y acusación. Me hago cargo de la misma pese a la exposición restringida. Tal es así, que no la escribo como nota al pie, sino como parte del texto y contexto.

Volvamos a los polacos. En Europa se establecieron aproximadamente 1200 guetos y cientos campos de prisioneros, de trabajo, cárceles, centros de detención y otras jerarquías de reclusión y castigo, pero única y solamente en Polonia se erigieron los cinco campos de exterminio: Auschwitz-Birkenau, Chelmno, Belzec, Sobibor y Treblinka, incluso Mjdanek que en principio ofició de campo de selección, pero rápidamente fue transformado en campo de exterminio donde asesinaron a la espeluznante cifra de trescientos sesenta mil víctimas -reiteramos: judías en su mayoría, pero no solamente: se estima que quinientos mil personas de más de veinte países pasaron por Majdanek acusados impunemente de “ser”, “pensar” o “pertenecer” al mundo de gente normal- ante los ojos esquivos, para ser moderado,  de los habitantes de Lublin, pues el gigante campo de Majdanek era parte integral y está “a la vista” de la ciudad. Hasta el día de hoy se pueden ver, en uno de los laterales del campo, ciudadanos paseando a sus mascotas o madres con carros de bebes. Actualmente luce un espléndido césped atenuador de sus marrones y grises lodos por donde circulaban hombres, mujeres y niños en siniestras rutas hacia su muerte por diversas formas hasta que los nazis evolucionaron a la gasificación masiva.

Pregunta: ciudadanos polacos de Lublin ¿saben lo que pasó allí por esos senderos actuales de uso recreativo? Ayuntamiento local: ¿no se puede cerrar con candado, o soldar, el portón para que no se pise apaciblemente ese cementerio campo santo? ¿Se podría poner un gran cartel que indique el nombre y una breve síntesis de lo que allí se ejecutó? Me atrevo a pensar que con esas simples medidas, dichos ciudadanos elegirían otros caminos para su esparcimiento. Majdanek está intacto, pues los alemanes fueron sorprendidos por los soviéticos antes de huir y no alcanzaron a destruirlo, salvo al crematorio. El horrendo lugar es enorme, ocupa una superficie de 270 hectáreas, equivalentes a unas 190 manzanas. Imagínelo usted lector, haga sus cálculos y paralelismos.

Actualmente su entrada es por un camino prolijo, bajo el cual yacen cadáveres de prisioneros que debieron “alisar” sus desniveles de tierra y lodo con rodillos aplanadores de cemento de inimaginable peso jalados por correas sujetas a sus espaldas. Los asesinatos por trabajos de esclavos fueron también muy “creativos”, y mortales.

Escuchamos y aprendimos tristísimas historias en sus sombríos barracones.

En este Memorial se conservan toneladas de cenizas de vidas humanas exhaladas y vomitadas por la chimenea de su crematorio.

Allí estuvimos y rendimos nuestro sentido y solemne homenaje.

Hasta hora planteamos un hecho incontrastable. En los campos de exterminio de Polonia se asesinaron aproximadamente tres millones y medio de judíos, y hoy en Lublín, en parte, se puede pasear tranquilamente por un lateral de Majdanek. Pero Polonia también merece ser reconocida por acciones ejemplares. En Varsovia se erigió un museo llamado Polin, que describe los 1000 años de vida judía en Polonia. Un edificio premiado como uno de los más destacados museos europeos, donde se aprecia el aporte a Polonia y la riqueza de la vida judía previa al Holocausto. Cientos o miles de polacos fueron heroicos salvadores de decenas de miles de vidas judías. Su valor fue inmensurable al igual que su bonhomía. Los más famosos son legítima y justificadamente populares. Le rindo homenaje a los anónimos, a aquellos cuyos nombres no trascendieron. Merecen una silenciosa plegaria o reconocimiento singular por sus almas generosas y solidarias con la “condición humana”.

Culmino este capítulo disculpándome por su desorden conceptual y su reduccionismo. No hay ninguna premeditación por mi parte de eludir la profundización de cada ítem y sus detalles. Es una primera exposición a un tema muy problemático. Los próximos capítulos serán más específicos. Para explicitar la complejidad de este austero intento de acercarnos al trauma de la sociedad polaca respecto al antisemitismo y el Holocausto, exhibiré una foto de imanes y prendedores que se venden en una feria de baratijas en Cracovia. Se les considera popularmente como amuletos “para la buena suerte”. Son baratos…120 pesos uruguayos.

Sin comentarios. Hasta la próxima.

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