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Tres Tipos de Comunidad - Mezclando Firmeza con Humildad - ¿Hillel es Malvado? - Parasha Shekalim

 

                                      

 

 

 

 

 

 

 

No. 246

Vaihakhel

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Horario de velas de shabat en Montevideo 

Viernes 8 de marzo 18.54

                                                                                        

TRES TIPOS DE COMUNIDAD

Por Jonathan Sacks

Un largo drama había acontecido. Moisés había conducido al pueblo de la esclavitud al camino de la libertad. El pueblo había visto a D-os en el Monte Sinaí. Momento único en la historia en el que un pueblo entero recibe la revelación. Luego, Moisés se retiró a su larga estadía en lo alto del monte, lo que llevó a los israelitas al mayor pecado colectivo de su historia: la construcción del becerro de oro. Finalmente, Moisés regresó al monte para suplicar perdón, lo cual le es concedido. El símbolo de dicho perdón fueron las dos tablas de la ley. De ahí en más, la vida debía volver a comenzar. Era tiempo de reconstruir un pueblo disgregado. ¿Cómo actúa Moisés? La clave se encuentra en el primer versículo de esta porción. "Y reunió Moisés a toda la congregación de los hijos de Israel y les dijo: 'Estas son las cosas que ordenó hacer el Eterno'" (Shemot 35:1)

El verbo vaiakhel, que le da nombre a esta parashá, es crucial para entender la tarea que le toca llevar adelante a Moisés. Dicho verbo funciona, en su nivel más simple, como una palabra que refiere a un motivo trayendo a la memoria un versículo previo. En este caso, el versículo resulta bastante obvio: "Y como viese el pueblo que Moisés demoraba mucho en descender de la montaña, se acercó el pueblo a Aarón y le dijo: 'Levántate y haznos dioses que nos protejan'" (Shemot 32:1).

La acción de Moisés es lo que los Kabalistas denominan tikun: un acto de reparación, de volver a hacer las cosas bien, de redención por un acto erróneo. Del mismo modo en que el pecado fue cometido por el pueblo en su totalidad, actuando como kahal o kehila, la expiación también debían conseguirla actuando como kehila. Pero esta vez, debían construir un hogar donde residiera la Presencia Divina, ya que previamente, habían buscado un sustituto para esta. Moisés organizó al pueblo para que hicieran una obra de bien, dado que anteriormente se habían organizado para hacer el mal. (La diferencia no está solo en el objetivo, sino en la forma del verbo, el cual cambia de pasivo, en el caso del becerro, a activo, en el caso de Moisés. La pasividad permite que ocurran cosas malas, la proactividad es lo que vence a la tragedia).

En un nivel más profundo, sin embargo, el versículo inicial nos advierte sobre la naturaleza de la comunidad judía. En el hebreo clásico, existen tres palabras diferentes para referirse a una comunidad: edá, tzibur y kehilá, y cada una representa un tipo diferente de vínculo.

La palabra edá tiene su origen en la palabra ed que significa “testigo”. El verbo ia´ad significa “designar, fijar, asignar, destinar, separar, determinar”. Aquellas personas que constituyen una edá tienen un fuerte sentido de identidad colectiva, han presenciado las mismas cosas y tienden a los mismos objetivos. El pueblo judío se convirtió en una edá, una comunidad de fe compartida, solo cuando recibió el primer mandato: "Decid a toda la congregación de Israel: 'El día décimo de este mes tomareis un cordero por cada casa paterna, uno por cada familia'" (Shemot 12:3).

Una edá puede hacer referencia a un grupo que se reúne tanto para hacer el mal como para hacer el bien. Una edá es una comunidad de personas que piensan de la misma manera. La palabra enfatiza el sentido de una marcada identidad. Es un grupo cuyos miembros tienen muchas cosas en común.

En contraposición, la palabra tzibur, que pertenece al hebreo de la mishná más que al hebreo bíblico, proviene de la raíz tz-b-r, que significa “amontonar” o “apilar”. Un tzibur es una comunidad en un sentido minimalista, un mero conjunto formado por un número de personas más que por una identidad. Puede que los miembros no tengan nada en común, excepto el lugar en el que se encuentran en ese preciso momento y, por ende, constituyen un “público” para rezar o para cumplir con cualquier otro precepto que requiera de un minian.

Una kehilá es diferente de los otros dos tipos de comunidades. Sus miembros son diferentes los unos de los otros, y en este sentido, se asemeja a un tzibur. Sin embargo, están orquestados en forma conjunta para llevar a cabo algún objetivo colectivo, algo que los involucre en una contribución distintiva. El peligro de una kehilá yace en el hecho de que puede convertirse en una masa, un rebaño, una multitud.

La belleza de una kehilá, sin embargo, radica en el hecho de que cuando sus miembros están encaminados y tienen objetivos constructivos, se logra reunir los aportes de cada uno de ellos, de forma tal que todos pueden decir: “He ayudado a conseguir esto”. Es por eso que Moisés, al reunir a todo el pueblo en esta ocasión, enfatiza que cada uno tiene algo diferente para aportar: “Tomen lo que tengan y ofrézcanlo a D-os. Todo aquel que esté dispuesto a traer una ofrenda a D-os de oro, plata o cobre… Aquellos que sean habilidosos de entre ustedes vendrán a realizar todo aquello que el Señor ha ordenado…”.

Moisés pudo convertir la kehilá, con su diversidad, en una edá, con su unicidad de propósito, preservando al mismo tiempo la diversidad de los regalos que trajeron a D-os.

La grandeza del Tabernáculo radica en que fue un logro colectivo en el cual no todos hicieron lo mismo. Cada uno aportó cosas diferentes, y cada contribución fue valiosa, lo que hizo que cada uno de los contribuyentes se sintiera valorado. Uno de los mayores logros de Moisés fue Vayakhel, tener la capacidad para construir de un pueblo disuelto, una kehilá genuina.

Preservar la diversidad de un tzibur al igual que la unidad de sentido de una edá, es el principal desafío en la formación y construcción de una kehila y, por lo tanto, la tarea más importante de un gran líder.

MEZCLANDO FIRMEZA CON HUMILDAD

"[Como les ordenaron, los artesanos construyeron el Altar Exterior de cobre] como una estructura hueca." (Shemot 38:7)

El Altar Exterior es donde tiene lugar el proceso de refinamiento de nuestras naturalezas animales. El material y la forma del Altar Exterior aluden a las dos actitudes opuestas que necesitamos cultivar para lograr esto:

Por un lado, debemos estar resueltos en nuestra dedicación al avance espiritual.  Esta cualidad está aludida por el hecho de que el Altar estaba confeccionado de cobre, dado que la palabra hebrea para “cobre” (nejóshet) está relacionada con la palabra hebrea para “obstinación descarada” (nejush).

Por otro lado, el Altar era hueco y estaba relleno de tierra. Similarmente, a pesar de que externamente debemos ser obstinados, internamente debemos ser humildes como la tierra. Como decimos en nuestra plegarias, “que mi alma sea tal polvo para todos”.

Reshimot 108.

Éxodo (Shemot) 35:1 – 38:20

La décima sección del libro de Éxodo comienza con Moisés bajando del Monte Sinaí por tercera y última vez e inmediatamente congrega (Vaiakhel en Hebreo) al pueblo judío. Moisés les informa que D-os los ha perdonado por el pecado del Becerro de Oro y les ha instruido que construyan un Tabernáculo como señal de su perdón.

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¿HILLEL ES MALVADO?

Por Asharon Baltazar

El Rabino Zushe se detuvo en un pequeño pueblo un viernes por la tarde, en busca de un lugar donde quedarse para Shabat. En la sinagoga, se encontró con el cuidador que estaba ocupado con las tareas previas al Shabat. “¿Por qué no le preguntas a Reb Yaakov?”, sugirió amablemente el cuidador. “Es muy rico y suele recibir invitados. Estoy seguro de que estará feliz de recibirte”. Siguiendo las instrucciones del cuidador, el Rabino Zushe encontró fácilmente la ornamentada casa. El propio Reb Yaakov abrió la puerta y lo recibió con una amplia sonrisa.

- “Descansa y prepárate para la Reina de Shabat”, dijo, mostrando a su invitado una cómoda habitación. “Estás invitado a cenar conmigo, pero tengo una petición simple: para cada comida, prepara unas palabras de Torá para compartir en la mesa. Eso es todo."

Reb Yaakov se giró y rápidamente desapareció de la vista, tragado por la enorme casa. Era bien sabido que ésta era la costumbre en la casa de Reb Yaakov. Incluso la gente más sencilla que luchaba con las oraciones diarias hacía el esfuerzo de aprender algo para poder satisfacer el pedido del generoso anfitrión. Nadie iba desprevenido.

La noche de Shabat, bajo un cielo de estrellas titilantes, una larga corriente de personas salió de la sinagoga, dividiéndose en pequeños grupos mientras se dirigían a sus respectivos hogares. El séquito de Reb Yaakov era sin duda el más numeroso; una pequeña multitud lo siguió hasta su casa. Al Kidush le siguió el lavado de manos y, finalmente, el momento en que Reb Yaakov esperó durante toda la semana. Uno por uno, cada invitado compartió un dvar Torá (una pregunta u opinión, una historia o un fragmento) y recibió un gesto de aprobación de Reb Yaakov. El anfitrión irradiaba orgullo y satisfacción mientras se sentaba a la cabecera de la mesa, con las manos cruzadas, disfrutando del resplandor de la costumbre que había introducido.

- “Tú, por favor comienza”, cantó Reb Yaakov. Todos los ojos se fijaron en el Rabino Zushe, que estaba sentado en silencio. Reb Yaakov lo intentó de nuevo, pero el permaneció callado.

- "¿No te pedí que aprendieras algo para la comida?", susurró Reb Yaakov, con no poca molestia en su voz. “¡Esa es la costumbre en esta casa!” Aún así, la mirada penetrante del Rabino Zushe no flaqueó. - “Por favor, prepare algo para mañana por la mañana”, murmuró Reb Yaakov, recuperando el equilibrio y pasando al siguiente invitado.

A la mañana siguiente, cuando Reb Yaakov volvió a invitar a sus invitados a hablar, sucedió lo mismo. Fue de invitado en invitado, disfrutando de cada devar Torá, por simple que fuera, hasta que su mirada se posó en el Rabino Zushe. - “Bueno”, declaró Reb Yaakov, “has tenido mucho tiempo para preparar algo que decir. ¡Ahora es tu momento!” Todos se inclinaron hacia adelante para vislumbrar al tranquilo invitado.

- “No soy un erudito”, comenzó el Rabino Zushe, “pero esta mañana, después de las oraciones, recité algunos capítulos de Salmos y un verso me llamó la atención: 'Porque Hillel es malvado por sus deseos desenfrenados'. Me sorprendió porque Hillel el Anciano era un gran tzadik; ¿Cómo podría ser considerado malvado?”

La risa recorrió la habitación. Parecía que el invitado no sabía que la palabra hillel significa "jactarse", y que el versículo no tenía nada que ver con Hillel el Anciano, que vivió cientos de años después de que se escribieran los Salmos. En realidad, el versículo dice: “Porque el impío se jacta de sus deseos desenfrenados”.

Reb Yaakov reprimió una risa y preguntó cortésmente: - “Esa es una pregunta seria. ¿Cuál es la respuesta?"

- “Pensé en explicarlo así”, continuó el Rabino Zushe, dirigiéndose a su anfitrión con la misma mirada penetrante que le había dirigido la noche anterior. “Si la inclinación al mal intenta engañar a alguien para que cometa un pecado particularmente vil, por supuesto la persona lo ignora. “Soy un estudioso de la Torá y una persona temerosa de D-os. ¡Está por debajo de mí hacer eso!', dice. Entonces, ¿qué hace la inclinación al mal? Cambia de táctica y envía una falsa sensación de humildad y autodesprecio al corazón del judío desprevenido. Al final, el judío es víctima de este engaño y peca. Si es tan humilde, razona consigo mismo, entonces su pecado no tiene ramificaciones reales. Esto es lo que quiso decir el rey David”, concluyó el rabino Zushe. “A veces una persona malvada se envuelve en la túnica de Hillel, que era verdaderamente humilde, para llevar a cabo sus deseos desenfrenados”.

Un silencio incómodo se apoderó de los invitados mientras se miraban unos a otros, incapaz de encontrarle sentido a la extraña interpretación del extraño. Reb Yaakov, sin embargo, palideció. Sin que nadie más en la mesa lo supiera, acababa de escuchar la historia de su propio descenso secreto a la inmoralidad y la depravación. Conmocionado, se dio cuenta de que su invitado no era un extraño común y corriente que pasaba por la ciudad. Cuando concluyó el Shabat, Reb Yaakov se encerró en una habitación con el Rabino Zushe y le rogó al santo varón una forma de rectificar sus “humildes” pecados. El Rabino Zushe, por supuesto, lo ayudó, antes de continuar hacia el siguiente pueblo donde, sin duda, más almas esperaban su gentil toque.

PARASHÁ SHEKALIM

Cuando el Santo Templo estaba en Jerusalén, cada judío contribuía con medio shekel anual para el Templo.

Los fondos recaudados eran usados en un principio para adquirir ganado para los sacrificios comunales. El dinero sobrante era usado para varios propósitos comunales, incluyendo proveer los salarios de los jueces y el mantenimiento del Templo, sus utensilios y las murallas de la ciudad.

Este impuesto anual, conocido como el Majatzit Hashekel debía entregarse el 1 de Nisan. Un mes antes, el 1 de Adar, los tribunales comenzaban a enviar recordatorios sobre esta obligación bíblica. En conmemoración, la lectura de la Torá del Shabat que cae en o antes de Adar es complementada con los versículos (Éxodo 30:11-16) que relatan el mandamiento de D-os a Moisés con respecto a la primera entrega del medio shekel.

La haftará de Shekalim (II Reyes 11:17-12:17) continúa con el mismo tema, discutiendo los esfuerzos del Rey Jehoash (siglo 9 AEC) para destinar fondos para el mantenimiento del primer Templo Santo.

(Nosotros también damos un medio shekel conmemorativo para caridad —en el Ayuno de Ester).

"Parashat Shekalim" es la primera de las cuatro lecturas especiales agregadas durante o inmediatamente antes del mes de Adar (las otras tres son Zajor, Pará y HaJodesh).

La lectura de Shekalim también está relacionada con la próxima festividad de Purim. De acuerdo con el Talmud, el decreto de Haman fue evitado en mérito a la mitzvá de majatzit hashekel.

 

MiSinaí es una publicación de Jabad Uruguay. Guayaquí 3193
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Artículos extraídos de www.Jabad.org.uy y www.Chabad.org, publicados con permiso.
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