Por Janet Cwaigenbaum
Escribo estas líneas el lunes 6 de octubre, un día antes del segundo aniversario de la masacre. Y pienso en la combinación de Memoria, Unidad y Esperanza.
Hoy el cielo amaneció gris, un gris plomo que parecía anticipar la lluvia, como si el clima reflejara la tristeza que embarga nuestros corazones en estos días. Dos años ya han pasado desde aquellos eventos que cambiaron nuestras vidas, y aunque el tiempo ha seguido su curso, el dolor sigue siendo palpable.
La mayoría de nosotros pasamos más de un año fuera de casa, pero con el tiempo, la mayoría hemos regresado. El kibutz ha vuelto a funcionar, y con él, las actividades que lo hacían vibrar: los jardines de infantes, el supermercado, el comedor comunal, la enfermería y las actividades culturales. Sin embargo, a pesar de la normalización, algo ha cambiado. Nada será como antes.
Algunas personas no regresarán jamás, aquellos que se quedaron en nuestra memoria y en nuestros corazones: los que cayeron defendiendo nuestras vidas cuando los terroristas entraron en el kibutz; los que fueron asesinados durante la fiesta, los que fueron cazados como animales; familias enteras destruidas para siempre. Hoy, al llegar al Cementerio del Nir Itzjak en bicicleta, me sumo a la corriente humana que se va acercando para participar en el acto recordatorio junto a las tumbas de nuestros seres queridos: Boaz, Ela, Iaron, Ofek, Ofir, Tal, Lior y Oren. Ayer, los recordamos en otro acto cerca del monumento que honra a todos los caídos en combate a lo largo de los años.
Este mes de octubre, en medio de las festividades judías que traen consigo alegría y esperanza, también es un mes de memoria, nostalgia y homenaje a los que ya no están. Cada día, un acto, un recordatorio, una oración. El corazón se estruja de tanto dolor acumulado. Uno siente que el peso de la ausencia es casi insoportable, pero la fuerza de la comunidad, de la memoria compartida, es lo que nos mantiene de pie y nos da fuerzas.
Pienso, además, en aquella imagen en la medianoche del 8 de octubre, de casi 600 personas en autobuses y vehículos, saliendo del kibutz. Una caravana, un éxodo que marcó un antes y un después en nuestras vidas. En esos momentos de desesperación, la importancia de la vida en comunidad quedó más clara que nunca: aunque estábamos todos heridos, la unión nos permitió seguir adelante, apoyándonos unos a otros, compartiendo el dolor y el coraje para reconstruir lo que se había roto.
Estos dos años han sido una escuela de resiliencia. He aprendido que juntos, unidos, es más fácil tirar para adelante. He aprendido que el tesón de la supervivencia está en mis genes. Pienso en mis abuelos, Fany y Bernardo Shlafrok, quienes, tras sobrevivir a los horrores de los campos de trabajo en Siberia, llegaron a Uruguay después de la Segunda Guerra Mundial con sus cuatros hijos chicos, mi mamá y sus hermanos. Aunque no estuvieron en campos de concentración, vivieron el sufrimiento y la privación, pero lograron sobrevivir, reconstruir su vida y empezar de nuevo. Ellos fueron afortunados y encontraron en Uruguay un país que los acogió con los brazos abiertos.
Nosotros tambien tuvimos suerte, ese 7 de octubre fatídico, los terroristas no llegaron a mi barrio ni a las casas de nadie de mi familia.
He aprendido que la verdadera riqueza está en el amor de mi familia, en los lazos que nos unen. No es necesario tener un número marcado en el brazo, porque ese número está grabado en el corazón, un legado imborrable que me conecta con mis antepasados y con quienes hoy ya no están pero siguen vivos en nosotros.
Hoy, más que nunca, entiendo que mi hogar no está donde están mis pertenencias, sino donde está mi familia. Una familia fuerte, unida, que me recuerda que si estamos juntos, todo estará bien.
Hoy, el corazón late con fuerza, con memoria y con esperanza, en honor a los que nos dejaron seguimos adelante, unidos, como siempre.
Hoy el corazón espera que esta guerra termine, que el Hamás devuelva a los rehenes, que dejemos de sufrir, de morir y de matar, que nuestras energías estén centradas en vivir mejor y ser mejores humanos, porque en las guerras nunca hay ganadores, siempre, todos perdemos.





