Cultura

Mis lecturas de octubre

Octubre fue un mes de contrastes: libros distintos entre sí, pero todos atravesados por una misma pregunta —¿qué nos une a los otros? Si tuviera que buscar un hilo conductor, sería ese: los vínculos. Entre personas, entre ideas, entre lo que somos y lo que imaginamos ser.

Leí ficciones que se sienten verdaderas y ensayos que parecen novelas. Historias donde lo humano aparece con todas sus capas: la ternura, el deseo, la pérdida, la necesidad de comprender o de simplemente acompañar.

Un mes de lecturas que conversan entre sí, como si los libros también buscaran formar sus propios lazos.

Los nuevos de Pedro Mairal

Pedro Mairal es un autor que disfruto en cada página. Tiene esa manera única de escribir que parece sencilla, pero encierra una sensibilidad enorme. Sus talleres son un placer, sus cuentos —como Hoy temprano— están entre mis favoritos, y Salvatierra me marcó para siempre.

Compré Los nuevos sin saber del todo con qué me iba a encontrar. Sabía apenas que era la historia de tres jóvenes —Thiago, Pilar y Bruno— unidos por un vínculo que va más allá de la sangre. Una familia de alma a alma.

La novela transcurre en ese momento bisagra en el que se termina la adolescencia y empieza la vida adulta, con sus primeros golpes, desencuentros y búsquedas. Mairal logra captar a la perfección esa sensación de estar un poco fuera de lugar, de no entender del todo el mundo, pero igual intentar habitarlo.

Lo hace con su sello: esa forma de describir lugares que te transporta. Cuando habla de La Lobería, no puedo evitar pensar en mi querido Cabo Polonio. Siento el viento, la sal, el frío que Bruno soporta en Wisconsin, la soledad de Pilar durmiendo en una cochera. Mairal tiene la capacidad de hacernos estar ahí, de convertir la lectura en experiencia.

Los nuevos está llena de referencias a la cultura popular —películas, canciones, cómics, libros—, no tanto de los protagonistas, sino de Mairal mismo, como si prestara su mirada adulta para intentar entender ese desconcierto juvenil. Y lo logra: porque Thiago, Pili y Bruno terminan siendo parte de la vida del lector, como amigos a los que uno no quiere dejar ir.

Es una novela tierna, dolorosa y profundamente humana. De esas que uno podría leer muchas veces, y cada vez encontrar algo nuevo. Por eso lo vamos a ver en taller este mes de noviembre.

Recuerdos de mi inexsitencia de Rebecca Solnit

Para comenzar diría que Recuerdos de mi inexistencia se lee como un viaje por un San Francisco que ya no existe: esa ciudad luminosa, con tranvías, cuestas empinadas y cafés bohemios, pero sin el paisaje devastado por el fentanilo que hoy conocemos. Rebecca Solnit escribe muy bien —nadie puede negarlo—, pero su intento de llevar cada escena hacia la corrección política y el feminismo militante termina por ahogar la lectura. Porque una mujer no puede caminar sola por la noche ni en San Francisco ni en la China, pero ¿acaso un hombre sí?

Solnit es brillante, famosa y, sobre todo, influyente: fue quien acuñó el término mansplaining, tan certero como inevitablemente polémico. Pero en este libro parece perder el equilibrio entre la experiencia íntima y la prédica ideológica. Y ahí, para mí, el feminismo se le va un poco de las manos.

En Recuerdos de mi inexistencia, Solnit repasa su juventud en San Francisco, sus primeros años como escritora y su formación intelectual y política. La ciudad, como en las mejores crónicas urbanas, funciona como espejo de su crecimiento: barrios de comunidades diversas, vecinos entrañables, jazz en el aire, hasta que el avance del progreso —o del dinero— borra la identidad de los lugares. En ese sentido, recuerda a Vivian Gornick, aunque Solnit observa desde la distancia, mientras Gornick escribe desde el fondo de su alma.

El libro tiene momentos potentes, especialmente cuando conecta la escritura con la supervivencia: ese escritorio que una amiga —víctima de un intento de femicidio— le regaló, y desde donde ella promete escribir para hacer oír su voz. Es ahí donde Solnit brilla: cuando el feminismo se vuelve experiencia, no consigna.

Por momentos, sin embargo, la lectura se vuelve fría, distante, demasiado controlada. Solnit analiza con lucidez, pero cuesta sentirla cerca. Quizás porque, más que narrar, explica; más que compartir, enseña.

Aun así, el libro vale la pena: por su inteligencia, por su mirada crítica, por las reflexiones que deja sobre la violencia, la escritura y la libertad de las mujeres.

“Me gustaría que las mujeres que han venido después de mí puedan evitar algunos viejos obstáculos”, dice Solnit. Con Recuerdos de mi inexistencia, lo logra en parte. El resto depende de que sigamos leyendo, pensando y discutiendo lo que incomoda.

La campesina de Alberto Moravia

La campesina, publicada en 1957, es considerada por muchos críticos la mejor novela de Alberto Moravia. Una historia poderosa, contada en primera persona por una mujer, que logra una de esas voces literarias imposibles de olvidar. Es una novela dura, sí, pero también profundamente humana, brillante, emocionante y magníficamente escrita. Pura literatura.

La trama sigue a Cesira, una madre campesina que huye con su hija Rosetta a través de una Italia rural devastada por la guerra. En ese camino, Moravia retrata con precisión y verdad las actitudes de la gente en tiempos extremos, donde sobrevivir día a día es el único objetivo posible. Cesira protege a su hija como a su bien más preciado, mientras ambas esperan la llegada de los ingleses, vistos por los campesinos como salvadores.

Pero La campesina no es un libro deprimente. Todo lo contrario: es una historia sobre la determinación de seguir adelante contra todo pronóstico, sobre la fuerza de una madre y la capacidad humana de resistir incluso en medio del horror.

Escrita con un estilo preciso, claro y sin artificios, Moravia logra —en sus propias palabras— “presentar cosas complicadas con exactitud y claridad, sin simplificarlas”. Ese equilibrio entre profundidad y transparencia marcó el rumbo de la narrativa realista italiana de los años cincuenta y sesenta.

La novela tuvo además un enorme éxito internacional gracias a su adaptación cinematográfica, dirigida por Vittorio De Sica y protagonizada por Sophia Loren, bajo el título Dos mujeres.

Moravia, que conocía bien la vida rural (pasó meses refugiado entre campesinos junto a su esposa Elsa Morante durante la guerra), muestra sin idealizaciones la dureza y las contradicciones del campo italiano. En su mirada, el campesinado no está libre de los vicios morales de las clases dominantes, lo que en su tiempo resultó provocador viniendo de un autor marxista.

En La campesina, la guerra no tiene héroes. Nadie sale victorioso. El enemigo no son los alemanes ni los aliados, sino la guerra misma, que despoja a todos de su humanidad. Y sin embargo, entre tanto horror, surge la figura de Michele, joven antifascista y universitario, símbolo de dignidad y pensamiento libre. Su recuerdo se convierte en la base de la resurrección moral de Cesira y Rosetta.

En definitiva, La campesina es una novela de guerra, sí, pero sobre todo es una novela sobre la vida: sobre la capacidad de resistir, de cuidar y de no perder la fe en medio del derrumbe. Una historia que, más de medio siglo después, sigue siendo tan conmovedora como necesaria.

Hotel du Lac, de Anita Brookner


Llegué a Hotel du Lac por recomendaciones en Instagram. La protagonista, una escritora llamada Edith Hope, es un personaje enigmático. Algunos críticos la comparan con Virginia Woolf, aunque a mí me recordó más a La dama del perrito de Chéjov: ese clima contenido, la soledad elegante, la melancolía de lo que no se dice.

La novela transcurre fuera de temporada, en un hotel frente al lago Lemán. No hay mucho para hacer más que pasear por la orilla, observar las montañas y vestirse para cenar. Entre los pocos huéspedes —cinco ingleses y un francés— circula una atmósfera de discreción y rareza, como si todos escondieran algo.

Sabemos que Edith ha hecho “algo imperdonable”, pero Brookner demora en contarlo. La narración avanza con una inteligencia calma, llena de ironía y de observaciones sobre la soledad, el amor y el lugar de las mujeres que no encajan.

Hay cartas, escritas por la protagonista a un amante, que sostienen buena parte del misterio. Lo epistolar tiene algo que ninguna tecnología puede reemplazar: esa mezcla de distancia, deseo y confesión.

Publicada en 1984, Hotel du Lac ganó el Premio Booker y consagró a Anita Brookner. Es una novela elegante, inteligente y contenida: detrás de sus frases suaves, hay una crítica feroz a las convenciones sociales y a los finales felices que no siempre llegan. Tiene algo extraño la novela pero no me terminó de convencer.

 

 

 

 

 

Janet Rudman
(02 Noviembre 2025 , 17:00)

Ultimas Noticias Ver más

Mi Sinaí
Mundo Judío

Mi Sinaí

04 Junio 2026


Eleva la Llama - Rectificando Rebeliones - El MIsterioso Hombre en el Carruaje - Bendiciones Antes de Comer 2

Esta página fue generada en 0.0697420 segundos (5913)
2026-06-06T16:28:41-03:00