Este viernes se cumplió un mes desde la sumamente prematura y trágica muerte de Graciela y Ariel Hendel en un accidente automovilístico en Estados Unidos. La noticia sobre la tragedia fue estremecedora para sus múltiples seres queridos, para los mundos de afectos que mantenían en Uruguay, donde nacieron, donde se conocieron y desde donde partieron hace décadas a otros rumbos.
Mucha gente entre sus compañeros de la Escuela Integral, del movimiento juvenil Betar, y de todos los círculos que tocaron, quedó conmocionada. Es que a Guila-como llamábamos todos a nuestra querida compañera- se la podía asociar solamente con cosas hermosas, puras, buenas, no con sufrimiento. Ella miraba la vida con el corazón. Y Ariel, el gran amor de su vida, le correspondía plenamente. Juntos siempre, parecían uno. Y juntos se fueron.Bendita sea la memoria de ambos.
Para honrarlos y plasmar su eterno recuerdo, pedimos a sus hijos Gabriel, Yael y Ben, que compartan con nosotros sus sentimientos y pensamientos en este duro momento, para que a través nuestro pueda llegar a mucha gente que los quería.
Graciela y Ariel Hendel eran los padres de Gabriel (37), Yael (35) y Ben (31). Tenían tres nietos: Mila y Naia, hijas de Gabriel y su esposa Veronika, y Zev,hijo de Yael y su esposo Wiz.
Y eran los amigos de tantos....desde la Generación 78 de la Escuela Integral los recordaremos con especial cariño y nostalgia.
A continuación, el texto que nos envió Yael, en nombre suyo y de sus dos hermanos Gabriel y Ben. Gracias a ellos. Les deseamos que no sepan más de dolor y que en el bendito recuerdo de sus padres hallen consuelo.
De Yael Hendel
El 7 de Octubre fallecieron nuestros queridos padres Ariel y Graciela Hendel. Un día ya difícil para la comunidad judía se volvió más tragicó aun. Mis hermanos Gabriel y Ben y yo recibimos miles de mensajes de gente que los quería, contándonos cómo ellos les mejoraron la vida. Entre la calidez, las invitaciones a fiestas judías cuando no tenían aónde ir, sopa cuando estaban enfermos, consejos sabios cuando lanzaron un emprendimiento y miles de gestos más. Su impacto fue local e internacional, dentro de su comunidad o con gente distinta en otras partes del mundo, laboral y personal. Pero todos los mensajes empezaban con la misma frase: “no hay palabras”. Por esa razón les comparto el homenaje que yo (la hija Yael) leí en el servicio conmemorativo para que puedan entender qué significan para mí como padres:

“Lo último que me escribió mi mamá fue una foto de una carretera con una vista, con el pie de foto: “Salió el sol y se ve hermoso.”
Cuando me estaba preparando para caminar hacia el altar en mi boda, una lluvia repentina caía sobre la jupá y mi mamá trataba de animarme y rezar por lluvia. Cuando caminé por el pasillo, salió el sol. Mi mamá siempre decía que ese fue su momento favorito de la boda.
El sol brilló el día de su funeral. Golpeaba fuerte, diciendo “aquí estoy”. Alguien me habló después y dijo que su sonrisa era como el sol. Sus flores favoritas eran los girasoles. Su luz era tan brillante que podía penetrarte y llenarte de optimismo y vitaminas.
Otra manera menos cliché de describirla sería como una boya. A veces la arrastraba el peso de las noticias, de la vida, de las formas en que la vida no coincidía con sus sueños. Pero veía un arreglo de flores hermoso en el separador del estacionamiento y volvía a salir a flote. Una foto de sus nietos y volvía a salir y tocar el cielo. Todo lo hermoso que veía, incluso si lo veía un millón de veces, era como si fuera la primera vez.

Cuando íbamos a Montevideo, señalaba dónde vivía cada una de sus amigas.


Señalaba la cuadra donde vio por primera vez a mi papá, con la corbata del uniforme torcida y una sonrisa despreocupada, y pensó que tal vez le gustaba.
Era porosa, sin límites, desbordante, como las sopas que hacía para cuidar a personas que acababa de conocer. Hirviendo en la estufa porque se distraía mandando mensajes a los tres mil amigos que tenía en WhatsApp.
Como se mencionará infinitamente, su mayor impacto fue que vivía por y a través de los demás. Vivía a través de los demás, pero también era inquebrantable en sus convicciones. Tenía sus teorías sobre el mundo y no venían de las tendencias sociales ni de un partido político específico. Cuando las películas de Disney decían que lo más importante era “creer en uno mismo”, ella decía que lo más importante era cuidar de los demás, elegir una carrera práctica que aprovechara tus fortalezas y tener cuidado con los mensajes capitalistas e individualistas. Era difícil ver películas de Mary-Kate y Ashley con ella. Pero mirar las películas extranjeras que alquilaba de la biblioteca me dio mucho más que Disney. No para creer en mi misma, pero para creer en el arte y en la belleza de la mente de mi mamá.
Tenía un profundo respeto por la naturaleza, por la biología y por la idea de que todos estábamos destinados a desempeñar un papel específico en la sociedad. Siempre supo que el suyo era conectar a los demás. Una especie de idishe mame mezclada con una anciana del pueblo. Nos enseñó a valorar comunidad y a crear comunidad. Crecimos lejos de la familia pero teníamos a los judíos latinos inmigrantes que creaban un mundo dentro de nuestro mundo Americano. Y al mismo tiempo sembró nuestra conexión con Uruguay e Israel.
Teníamos casas y shabats por todo el mundo, con y sin ellos. Esos lazos seguirán sirviéndonos en un mundo en el que ellos ya no están.
Como madre, la imagino siempre en la silla papasan que teníamos en la sala, leyéndonos Frog and Toad, o animándonos a leernos entre nosotros. Estábamos tirados en la alfombra, con almohadas y mantas sacadas de distintas camas, y tal vez eran las 10 de la noche…nadie sabía la hora porque no le importaba. Cuando una niña era mala conmigo en la escuela, me acercaba en la silla en forma de huevo y me preguntaba qué pasaba 17 veces antes de que yo se lo contara. Y decía: “esas chicas no valen tu tiempo; puede doler ahora, pero un día sabrás quién eres y ellas no importarán, y yo creo que eres la mejor.” En ese momento, parte de mí se enojaba porque adelantaba los sentimientos. Pero ahora, más que nunca, entiendo que ese era su papel.
Mis compañeras estaban para decirme que mi separación en la secundaria era devastadora. Ella estaba para asegurarse de que mantuviera la mirada en el horizonte y supiera que era más fuerte que ese momento. Decía: “Tú sos fuerte como Victoria.” Eres fuerte como la madre de tu padre.
Necesito esa fuerza más que nunca ahora. Para aceptar que ella no le leerá Sapo y Sepo a mi Zevi. Para poder ser como el sol para él.

A mi mamá le sorprendía lo parecido que sueno a ella cuando le hablo a Zevi, y también cómo mi hermano Gabriel les habla a sus hijas. Las mismas canciones, entonaciones, pronunciaciones intencionalmente mal dichas. Probablemente venían de su madre, que murió cuando ella tenía 5 años. Ambas están criando a nuestros bebés a través de cada tonito cantado.
Ojalá pudiera terminar el discurso aquí. No solo porque es una línea conmovedora, si puedo decirlo yo misma, sino porque ya sería suficiente dolor perder solo a ella. Pero tal vez hay una razón por la que tuvieron que irse juntos. Para que no tuvieran que vivir el uno sin la otra. Para que los niños no tuvieran que pasar por esto dos veces. Sería propio de ellos, pensar en nosotros al final. Pero todos los “tal vez” y los “podría ser” no pueden ser.
Estoy escuchando todos los apodos que mi papá tenía en sus distintos mundos: the “Oak” (roble), “Bones” (huesos). Todos hablan de una solidez. Oak, porque sus raíces se aferraban firmemente a la tierra. Sabía quién era, encontraba significado en ser el pilar firme que sostenía a la familia. Te arreglaba el auto, te ofrecía su auto, nos recogía en San Francisco a la una de la mañana, nos ayudaba a abrir cuentas de inversión, le reclamaba al Bank of America por haberte inscrito en una tarjeta de crédito sin permiso. Era alguien que querías tener de tu lado si querías ganar. Porque él quería ganar. Y lo hizo. Se fue de este mundo respetado en su campo. Experto en karate, autos, krav magá, tango. Bueno… más o menos tango.
Pero como siempre lo recordaré es más que nada como alguien divertido. Te amarraba al presente sumergiéndose completamente en sus bromas. Tú eras un sándwich y él te untaba mayonesa en la espalda. Y corrías mientras él venía con el palillo para sostener el sándwich. Corrías, pero no querías que el momento terminara. El caudal de su creatividad y humor era infinito. Podía hacer un juego de cualquier cosa. Incluso si no era un juego competitivo, siempre ganabas si él estaba de tu lado.
Era “Bones”, era duro y fuerte y a veces un poco calcificado. Mantenía todo unido. Pero también, como en un esqueleto, encontrabas en él una maleabilidad y suavidad. Le encantaba analizar las letras de los tangos. Las películas de Disney que mi mamá despreciaba le hacían reír de una manera juvenil.
La última vez que estuvimos en Israel, me pidió que lo acompañara a ver las tumbas de sus padres. Yo no había estado en los funerales. Honestamente no quería ir. No quería verlo en un momento de vulnerabilidad. No sabía si sabría cómo estar en ese espacio, teniendo que sostenerlo. Pero fui, porque me dijo: “te llevo porque sos fuerte.” Y sí, lloró cuando pusimos las piedras sobre las tumbas y habló de su madre en sus últimos momentos. Se quebró, y vi al niño que vagaba por Montevideo jugando con gatos callejeros mientras su mamá le preparaba sandwiches calientes.
Me gustaría imaginar que él está con ellos ahora. Él es el sándwich y ellos son el pan. Están todos juntos, ambos lados haciendo un asado que se prolonga hasta la noche, y están mostrando a todos videos de sus nietos con un orgullo desbordado.
Hace un par de semanas, mi papá citó a su padre diciendo que la sabiduría es saber elegir a tus padres. Es el tipo de sabiduría absurda que lo caracteriza. Yo elegí a los mejores. Tuvimos mucha, mucha suerte, aunque el tiempo con ellos no haya sido suficiente. Trataré de honrarlos en cada momento, y en cada acción contar la historia de quiénes fueron.
No hay palabras, pero también hay infinitas palabras, y pasaremos el resto de nuestras vidas buscándolas y dándoles sentido”.





