En comunidad

Cómo me paro frente a un antisemita

Por Fanny Berger

No debemos ni reaccionar, ni justificarnos, ni pelearnos con el antisemita, porque el dolor de nuestra herida persistirá y él seguirá en su misma postura frente a nosotros.

Anna Freud, la hija menor del padre del psicoanálisis, describió un mecanismo de defensa denominado identificación con el agresor, que implica que una persona victimizada adopta inconscientemente rasgos y conductas de su agresor con el fin de manejar su angustia y trauma. Busca reducir el miedo o el enojo y pasar de amenazado a amenazar; o sea, de un rol pasivo a otro activo. Pero la herida no sanará: persistirá con el dolor concomitante.

La mujer golpeada siente en su inconsciente que se merece dicho trato; entre otros motivos, permanece junto al golpeador. Nosotros, como judíos, podemos afrontar juntos, con firmeza y convicción, lo que nos dicen y hacen. No somos merecedores de las difamaciones y discriminación hacia nosotros. Elegimos desprendernos de todas las mentiras sobre nosotros; nos hacemos cargo de lo que nos corresponde y soltamos lo que es del antisemita.

Otro mecanismo de defensa puede ser la huida: alejarnos de la comunidad, de nuestras raíces, o sea, la asimilación a la sociedad donde vivimos. Esto implica negar la esencia judía para intentar ser como los otros y así evitar la persecución y discriminación. En la Alemania previa al nazismo, el índice de asimilación era muy elevado y no evitó el Holocausto.

La única salida es conectarnos con la pertenencia al pueblo judío, su cultura, su historia, e iluminar nuestra resiliencia. Aceptar con orgullo y valentía nuestro judaísmo. Nada te puede herir si intentás sanar tu herida transgeneracional, aunque quede una cicatriz.

 
Un ejemplo de nuestra propia historia

Ante el numerus clausus, que era una cuota judía discriminatoria diseñada para limitar o negar el acceso a diversas universidades, estas cuotas se generalizaron en los siglos XIX y XX en universidades prestigiosas en Europa Oriental: Polonia, Hungría, Rumania, Austria, Alemania, Rusia, Yugoeslavia. Siempre nos vamos a Europa Oriental, cuna del Holocausto. Sin embargo, es bueno recordar que en Canadá y Estados Unidos existió el numerus clausus en algunas universidades.


En Canadá, en la Universidad de McGill (de 1920 a 1960), en la Universidad de Montreal y en la Facultad de Medicina de Toronto.
En Estados Unidos, la Universidad de Harvard, en 1926, estableció un cupo para el número de judíos admitidos. La mayoría de las escuelas de medicina circundantes (Cornell, Columbia, Pensilvania y Yale) tenían cupos establecidos. En Yale, hasta los años 60, el número de judíos no podía exceder el 10%.

Lo más importante es que no pudieron reprimir nuestro ferviente deseo de estudiar a nivel terciario. En la actualidad, en todos los países se permite el ingreso a judíos sin cuotas y el número de universitarios y profesionales es muy elevado.
No pudieron reprimir nuestra voluntad de estudiar a nivel universitario.

Ante la Shoá, construimos un Estado luego de 2000 años de diáspora. No nos quedamos llorando por el tercio de nuestro pueblo asesinado por los nazis y sus colaboradores. En nuestra memoria, el dolor persistirá siempre, pero, a solo tres años de finalizada la Segunda Guerra Mundial, el pueblo judío iluminó sus fortalezas y construyó un Estado independiente.
No pudieron exterminarnos; al contrario, mantuvimos el fervor de ser libres en nuestra tierra.

Ante el 7.10.23, que es el primer progromo desde la creación del Estado de Israel, debemos unirnos, estudiar nuestra historia para entender nuestro presente y, sobre todo, conectarnos con nuestras fuerzas personales para formar parte activa del pueblo judío. Esta unión tiene que estar basada en el amor y respeto a nuestros ancestros, aunque existan diversas y profundas divergencias.

 
PARA VOLAR SE NECESITAN RAÍCES, no solo alas.

Espero poder decir: NO PUDIERON DIVIDIRNOS INTERNAMENTE A PESAR DE LAS DIFERENCIAS.

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