Juan Pedro Mir. Maestro y docente de Pedagogía e Historia de la Educación.
La escena de un educador que acompaña a sus alumnos hasta la muerte es insoportable y, sin embargo, nos dice algo esencial del oficio docente: ser maestro es decidir estar, incluso cuando todo invita a retirarse.
El tema con el cual abrimos esta nota, la tragedia y valentía del educador judío Janusz Korczak, supera indescriptiblemente los desafíos con los que lidiamos los docentes en Uruguay. Con todo respeto, recurrimos a aquel horror no por considerar que haya punto de comparación entre ambas cosas.
Hay escenas que uno preferiría no imaginar. Una de ellas es la de un maestro que camina, en silencio, rodeado de niños, hacia la muerte. Se cuenta que Janusz Korczak, médico y educador judío polaco, decidió no abandonar a los niños del orfanato que dirigía y los acompañó hasta el final, subiendo con ellos al tren que los llevaría al campo de exterminio de Treblinka.
La escena es radical, abrumadora, casi religiosa. Hablar de ella tiene un doble riesgo: caer en la sensiblería fácil o en el panfleto heroico. Prefiero ir por otro lado: mirar qué dice de la tarea docente. Porque en esa marcha final hay algo que también atraviesa nuestra escuela de todos los días: el lugar del maestro que decide no abandonar.
Korczak lleva ese gesto al límite absoluto: da la vida con y por sus alumnos. Pero si dejamos la escena solo en el pedestal del martirio, la volvemos intocable e inútil. Lo fértil es dar un paso atrás y leer qué acto se condensa ahí. Y el acto es éste: un adulto que, en el momento más oscuro, elige estar con sus niños y no salvarse solo.
Acompañar es poner el cuerpo.
Si sacamos la escena del tren y la traemos a un aula uruguaya, el núcleo no cambia tanto. Acompañar, en educación, es poner el cuerpo. No hay docencia verdadera solo desde el discurso, el expediente o la plataforma digital. El maestro radical —en el sentido de ir a la raíz— es el que se juega en su presencia.
Estar no es solo cumplir horario. Estar es ofrecer tiempo cuando un alumno se quiebra, sostener la mirada cuando todos prefieren desviar los ojos, escuchar un relato de violencia o de duelo sin apurarse a cerrarlo con una frase hecha. Estar es quedarse emocionalmente en el aula cuando el conflicto explota, en vez de retirarse hacia el cinismo (“ya no hay nada que hacer”) o la pura defensa (“yo no me meto”).
Korczak, en su versión más extrema, acompaña a sus alumnos hasta la frontera de la vida. Nosotros no estamos llamados a imitar ese gesto literal, pero sí a preguntarnos cuánto estamos dispuestos a poner el cuerpo en nuestras escuelas reales: ¿hasta dónde acompaño al alumno que atraviesa una enfermedad prolongada, un duelo, una crisis familiar?, ¿hasta dónde me quedo cuando la violencia entra por la puerta?
Hasta el final… ¿de qué?
“Hasta el final” no es solo la muerte. La vida escolar está llena de finales pequeños:
• el final de la infancia cuando aparece el primer desencanto fuerte;
• el final de un grupo que se desarma;
• el final de una trayectoria cuando un estudiante deja la escuela “por problemas”;
• el final de un año marcado por episodios de violencia y sillas vacías.
En esos momentos, la institución puede responder solo con burocracia (“hay un protocolo, hay un informe”) o también con presencia. Los procedimientos son necesarios; lo que hace diferencia es si, además, hay un adulto que decide no despegarse afectivamente, no “borrarse”, no reducir la situación a papeleo.
Korczak, en su escala trágica, se niega a abandonar el lugar. En la nuestra, la pregunta es más modesta y más difícil: ¿qué finales concretos acompaño yo? ¿Cuál es el niño al que no llamé cuando dejó de venir? ¿En qué velorio de familia no estuvo nadie de la escuela? ¿Qué conflicto elegimos “pasar para adelante” porque nos cansó?
La radicalidad cotidiana del maestro
Si dejamos a Korczak como estampa de sacrificio, termina sirviendo para exigir heroísmos imposibles a docentes exhaustos. No se trata de eso. Su figura empieza a hablar cuando la leemos como espejo exagerado de algo que sí nos toca: la radicalidad cotidiana de un maestro que se toma en serio su tarea.
Radical, en la escuela de todos los días, puede ser:
• seguir buscando caminos con un grupo ya etiquetado como “conflictivo”;
• presentarse en el hospital a ver a un alumno internado, aunque no figure en ninguna letra chica del cargo;
• sostener un vínculo respetuoso con una familia enojada, en vez de romper relaciones;
• hacerse presente en un velorio, en un mensaje, en una llamada que dice: “acá estoy”.
No se trata de romantizar la entrega sin límite ni de exigir docencia en estado permanente. Solo puede acompañar de verdad quien también cuida de sí, se apoya en un equipo y pone bordes saludables a su trabajo. La radicalidad del maestro no es la del sacrificio ciego, sino la de la decisión consciente de estar, una y otra vez, donde duele.
Más allá de la sensiblería y del panfleto
La escena de Korczak caminando con sus niños puede usarse para todo: como imagen emotiva para “enseñar valores” o como arma arrojadiza (“si no estás dispuesto a tanto, no sos buen maestro”). Ninguna de esas lecturas le hace justicia ni a él ni a los docentes reales.
Ir más allá de la sensiblería y del panfleto implica dejar que esa escena funcione como pregunta, no como mandato imposible. Una pregunta incómoda, pero fecunda: ¿En qué lugares concretos de mi práctica estoy dispuesto a quedarme, a acompañar, aun cuando el sistema, la institución o el cansancio me empujan a retirarme?
La respuesta no se juega en grandes discursos, sino en detalles: a qué niño escucho hoy un poco más, qué conflicto encaro con seriedad en vez de mirar para el costado, a qué familia llamo aunque intuya que la conversación será difícil.
Volver a la escena, volver a la escuela
Vuelvo a esa fila de niños, a ese maestro que camina entre ellos, al silencio duro de una marcha hacia el horror. No para regodearme en la tragedia, sino para dejar que una chispa de esa radicalidad ilumine pasillos mucho más modestos: un recreo ruidoso en el barrio, un aula tensa, una reunión con familias que llegan enojadas.
Korczak llevó hasta el extremo la lógica de acompañar. A nosotros se nos pide algo menos dramático y no menos exigente: no abandonar. Estar cuando es más fácil irse. Mantener el vínculo cuando la violencia, el cansancio o la desilusión nos tironean hacia el otro lado.
Ser maestro, al fin, es eso: caminar con otros un tramo del camino, sabiendo que hay dolores que no podemos evitar ni resolver, pero también sabiendo que nuestra presencia —limitada, frágil— puede ser la diferencia entre atravesar ese tramo en soledad absoluta o hacerlo, al menos, con un adulto que decidió no escapar.




