Cultura

Mis lecturas de diciembre

Y llegamos al final del año. Un mes sin talleres, con tiempo para sumar libros nuevos y dejarme sorprender por lecturas que, sinceramente, me volaron la cabeza.

Gracias por estar acá y por leerme. Como siempre digo, estas recomendaciones no persiguen otro objetivo que el placer de leer. Son libros que me encuentro en el camino, que me llaman, que me acompañan, y que después tengo ganas de compartir.

No vas a encontrar terror ni ciencia ficción en este espacio. Elijo reseñar lo que leo y lo que logra captar mi atención, lo que me conmueve, me inquieta o me deja pensando un poco más. Ojalá alguna de estas lecturas también te encuentre a vos.

Tata de Valerie Perrin


No podía parar de leer. Tatá es una de esas novelas que lo tienen todo: romance, secretos del pasado que vuelven, misterio y una forma de narrar tan cálida que dan ganas de quedarse a vivir entre sus páginas. Leerla es como degustar un postre lentamente, disfrutando cada bocado, pero con esa ansiedad deliciosa de querer saber cómo termina.

Mi marido me preguntó varias veces si me sentía bien. Y tenía razón: es uno de esos libros que te quitan el hambre, las ganas de hacer cualquier otra cosa y, al mismo tiempo, te generan miedo de que se termine. Porque cuando llegás a la última página, el vacío es real. Yo no había escuchado nunca hablar ni de la novela ni de su autora, Valérie Perrin, y ni siquiera recuerdo dónde leí el argumento por primera vez. Solo sé que algo ahí captó mi atención. Y no se equivocó.

Escrita por Valérie Perrin y con casi 600 páginas, Tatá atrapa desde el inicio. El misterio se plantea de forma tan simple como inquietante: un día, Agnès recibe la noticia de que debe volver a Gueugnon, el pueblo de su infancia, para reconocer el cuerpo de su tía Colette. El problema es que Colette murió… hace tres años. O eso creían todos.

Desde ese momento, dos preguntas persiguen a Agnès: ¿quién es la mujer que enterraron entonces? y ¿por qué Colette hizo creer a todo el mundo que estaba muerta durante tres años? Agnès, directora de cine, atraviesa además un divorcio doloroso mientras su exmarido y su nueva pareja ocupan las revistas del corazón. Tal vez por eso decide dejar París y regresar a Gueugnon: para resolver el misterio y, claro, para enterrar por fin a su tía.

Tatá es una novela emocionante y delicada, íntima y a la vez universal. La recomiendo muy especialmente.

 Nazis y judíos de Ariel Magnus


Este es un libro especialmente interesante para quienes, aunque sea de oídas, conocen la colectividad judío-alemana de Belgrano, tan distinta de otras comunidades judías porteñas como las del Once o Villa Crespo. Ariel Magnus parte de un lugar muy personal: el PH de la calle Monroe donde vivían sus abuelos, pared de por medio —y no de la manera más pacífica— con una vecina nazi. Desde ahí, el libro se abre para mostrar cómo era la vida en el Buenos Aires de los años 50 y 60.

Con muchísimas fuentes y datos históricos, Magnus reconstruye la presencia de nazis en la Argentina, sus vínculos con el poder y sus trayectorias, al mismo tiempo que narra cómo los judíos alemanes lograron integrarse a la sociedad argentina y vivir con bastante tranquilidad después de huir de Alemania tras la llegada del nazismo. El contraste es fuerte: mientras algunos nazis se refugiaban y armaban redes, los judíos alemanes construían una vida relativamente estable, muy cohesionados entre ellos y, curiosamente, con pocos lazos con otros judíos inmigrantes de distintos orígenes.

Uno de los aspectos más llamativos del libro es el universo familiar del propio autor: cinco abuelos alemanes y, entre sus hermanos, tres de cuatro viviendo hoy en Alemania. Esa identidad —judía, alemana y argentina— atraviesa todo el texto y le da una cáracter muy particular.

Magnus retoma la idea de “las dos aldeas”, una expresión de un periodista alemán, para describir esa convivencia extraña y tensa entre alemanes judíos y alemanes nazis en Buenos Aires. Todo parecía duplicado: teatros, escuelas, cafés, clubes. Separados, pero vivos. Cercanos, pero sin mezclarse. “Si los alemanes nazis tenían poder, te mataban. Si no lo tenían, se podía convivir”, resume el autor con una crudeza que impacta.

Yo llegué al libro buscando más realidad ficcionada y me encontré, en cambio, con un ensayo muy cargado de información. Aun así, hay detalles que me resultaron especialmente cercanos, como la mención al ITUS, ese lugar frente al mar donde iban los ieques uruguayos y que también formó parte de la historia de mi familia política. La experiencia de los judíos alemanes en Uruguay, como bien se deja entrever, fue bastante distinta, quizá por una cuestión de número.

Un dato interesante es que Magnus escribió este libro primero en alemán y luego lo publicó en español, agregando información nueva, como la bat mitzvá de su sobrina Alma. También aparece la figura de Perón, señalado como alguien que protegió y ayudó a nazis en Argentina, aunque —según Magnus— no fue antisemita, ya que los judíos vivieron de manera tranquila durante sus gobiernos.

No es una lectura liviana ni una novela en el sentido clásico, pero sí un libro potente, lleno de información, memoria y preguntas incómodas. Ideal para quienes disfrutan de los cruces entre historia, identidad y experiencia personal, y para quienes quieren entender mejor ese capítulo complejo y poco contado de la Argentina del siglo XX.

 La dificultad del fantasma de Leila Guerreiro


En este libro breve y fascinante, Leila Guerriero sigue las huellas de Truman Capote, quien llegó a esta zona de España en 1962 con la idea clara de encerrarse a escribir la que sería su gran obra. Y lo hizo. Pero lo que Guerriero se propone no es repetir el mito, sino ponerlo en duda.

A través de entrevistas, lecturas y una investigación minuciosa —marca registrada de su escritura—, Leila descubre que gran parte de lo que se cuenta sobre la estancia de Capote en Palamós es, directamente, falso. Desde el nombre de la panadería donde supuestamente compraba hasta el lugar donde habría dormido. Salvo algunas personas muy mayores, casi nadie recuerda con certeza su paso por el pueblo. Y hay un dato clave: quienes tuvieron contacto con él no hablaban inglés, y Capote no hablaba español. El mito, entonces, empieza a resquebrajarse.

Guerriero llega a esta región en abril de 2023, después de publicar su celebrado La llamada. Un retrato (Anagrama, 2024), y se instala en una residencia de escritores pensada exclusivamente para escribir. Allí convive con Sabina Urraca y Marcos Giralt Torrente, mientras avanza en este proyecto que combina crónica, ensayo y reflexión literaria.

Durante su estadía, Leila se hospeda en el hotel donde Capote pasó algunas noches y visita la habitación 213, donde él durmió. Recorre los lugares que se le adjudican, habla con ancianos del pueblo, rastrea versiones contradictorias y vuelve una y otra vez a las biografías de Capote, el primer paso de toda su investigación.

El libro también vuelve sobre el origen de A sangre fría, esa novela que Capote empezó a imaginar en 1959, cuando leyó en el New York Times la noticia del asesinato de la familia Clutter en Kansas. Lo que iba a ser un reportaje terminó convirtiéndose en algo mucho más ambicioso. Capote viajó al lugar con Harper Lee, entrevistó a vecinos, se acercó a los asesinos —especialmente a Perry Smith— y dio forma a eso que él mismo llamó la novela de no ficción.

Con su mirada aguda e irónica, Guerriero deja frases memorables, como cuando define una ruta turística “pretendidamente basada en una novela de ficción que cuenta parte de la vida de un escritor que se enorgullecía de haber inventado la novela de no ficción. Pues fantástico”.

Este libro es un placer para leer con calma. Breve, inteligente, lleno de preguntas más que de certezas, funciona casi como un descanso: una invitación a pensar cómo se construyen los mitos literarios, y qué hacemos, como lectores, con esas historias que tanto nos seducen. Ideal para quienes disfrutan de la buena crónica.

Nada es verdad de Veronica Raimon


Me encantó descubrir a esta autora contemporánea, completamente nueva para mí, que escribe desde lo íntimo y lo familiar con una naturalidad desarmante. Nada es verdad es una novela que gira alrededor de la familia, del vínculo con el hermano y, sobre todo, de la figura de la madre, y que inevitablemente me hizo pensar en Léxico familiar de Natalia Ginzburg.

La prosa de Veronica Raimo es directa, sencilla, sin vueltas ni adornos innecesarios. El humor está ahí, sutil, inteligente: de esos que te sacan una sonrisa silenciosa más que una carcajada. Es uno de esos libros que dan ganas de tener en papel, para volver a él en un día difícil, cuando necesitás una lectura que acompañe.

Narrada en primera persona, Raimo le da voz a Verika, una niña de ocho años que crece en un barrio de Roma dentro de una familia algo excéntrica. A través de sus recuerdos, la autora construye un álbum de escenas y emociones que fueron moldeando a la mujer que es hoy. Más que una sucesión de anécdotas, la novela se sostiene en ese mar intenso y desordenado de afectos que atraviesa la infancia.

Con una estética realista y una mirada honesta, Verika cuenta su rebeldía frente al entorno, sus miedos, sus obsesiones, sus pequeñas y grandes angustias. El tono puede resultar irreverente por momentos, pero siempre está atravesado por la ternura y la verdad. No hay florituras ni eufemismos: la niña llama a las cosas por su nombre, y esa relación directa y virginal con el lenguaje es profundamente seductora.

Nada es verdad, ganadora del Premio Strega Giovani, causó sensación en Italia y no es difícil entender por qué. Es una novela sensible, honesta y luminosa, que invita a dejarse envolver por la mirada de una niña que cuenta, con palabras simples y verdaderas, la apasionante aventura de crecer. Ideal para quienes disfrutan de la literatura íntima, familiar y profundamente humana.

La llorería de Martin Sivak


defensas ni poses. Una lectura que duele, pero de la mejor manera.

El libro parte de un golpe íntimo y brutal: un abandono amoroso por mensaje de texto, en la víspera de la Nochebuena de 2018. Desde ahí, Sivak empieza a tirar del hilo y el relato se abre en múltiples direcciones. Aparecen otras relaciones, la muerte de su madre, Nora Sivak, y una travesía latinoamericana junto al documentalista británico Sean Langan que, sinceramente, me voló la cabeza.

El orden del libro es parte de su magia. El tiempo no es lineal: vamos y volvemos, nos perdemos en los años, retrocedemos y avanzamos tratando de entender, de unir las piezas. Y en ese movimiento, el lector entra de lleno en la experiencia. A mí me pasó algo muy fuerte: la frase que da título al libro me resultó extrañamente familiar, como si alguien de mi entorno la hubiera dicho alguna vez. Esa cercanía hizo que me sintiera parte del viaje, caminando al lado del narrador y del documentalista.

En estas páginas conviven y se mezclan géneros: diario íntimo, cartas, crónica periodística. El resultado es una especie de autobiografía fragmentada, construida por capítulos que dialogan entre sí a través del tiempo. El viaje con Langan —desde la Buenos Aires de 2002 hasta México—, los encuentros con Hugo Chávez y Evo Morales, y la intensidad política del continente se cruzan con el dolor más privado de las pérdidas.

Este libro es muchas cosas a la vez: un manual del llanto, un tratado sobre la amistad, una reflexión sobre el periodismo, la enfermedad, la frustración y el apetito intelectual de un joven de 25 años, pero también la mirada de un hombre de más de cincuenta, padre de dos hijos, que aprendió a “llorar durante 50 minutos sin disimular”.

Leer a Sivak es dejarse atravesar. No es un libro cómodo ni complaciente, pero sí profundamente humano. De esos que acompañan, que te hacen sentir menos solo y que se quedan resonando mucho después de cerrar la última página. Si estás buscando una lectura honesta, intensa y bellísima, este libro vale muchísimo la pena. Salí a buscarlo

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Gracias por estar del otro lado. Nos seguimos leyendo.

Janet Rudman
(21 Diciembre 2025 , 16:07)

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