Cultura

Mis lecturas de vacaciones de diciembre

Estos son los libros que leí en vacaciones, en Punta del Diablo, durante diciembre de 2025. Días de mar, de Kindle en la mano —más cómodo que el papel esta vez— y de lecturas elegidas casi al azar, como suele pasar cuando una se permite bajar un cambio.

Vuelvo de ese descanso prontita para empezar un año distinto, lleno de proyectos. Pero si tengo que decir la verdad, el proyecto más importante va a ser uno solo: el disfrute personal. Leer por placer, sin apuro, sin obligación, y después compartir lo que esos libros me despertaron.

Ojalá estas reseñas te resulten útiles, te den ideas, te acompañen o te acerquen a tu próxima lectura.

Encuéntrame, de André Aciman

 

Encuéntrame es la secuela de Llámame por tu nombre, un libro muy conocido —y muy querido—, también por su adaptación al cine. Pero esta segunda parte no es lo que una espera de una secuela tradicional. Y eso, para mí, es parte de su encanto.

Es un libro que me emocionó. De esos que tocan fibras profundas. Habla del amor, de la pasión, de los vínculos que no se cortan del todo y de cómo el pasado sigue dialogando con el presente, incluso cuando creemos haberlo dejado atrás.

La historia está narrada desde el punto de vista de tres personajes: Elio, Oliver y, de manera sorpresiva, Samuel, el padre de Elio. Ya con eso sabemos que la novela va a tomar un rumbo distinto, porque entramos en la intimidad de un personaje que conocíamos, pero al que nunca habíamos escuchado de esta manera. Y es justamente con él con quien empieza el libro.

La novela se divide en cuatro partes: Tempo, Cadencia, Capricho y Da Capo. Los títulos no son casuales: remiten a términos musicales (que incluso se explican dentro del relato) y funcionan como una clave para entender el ritmo de la historia y sus distintos momentos temporales. El libro avanza y retrocede en el tiempo, pero sin perder nunca el hilo emocional.

En Tempo, revivimos una visita que Samuel le hace a Elio en Roma, unos diez años después del final de Llámame por tu nombre. Los saltos temporales están muy de moda y a veces pueden marear, pero acá funcionan. A mí esta primera parte me sorprendió mucho; tal vez porque no daba dos pesos por ese vínculo. Ese viaje cambia la vida de Samuel para siempre. Se reencuentra con Elio y, para saber qué pasa después, hay que leer.

En Cadencia, han pasado unos cinco años. Esta parte está narrada por Elio y lo encontramos ya adulto, viviendo y trabajando como pianista en París. Ahí aparece Michel y se abre una nueva etapa de su vida, con todo lo que eso implica.

Capricho se centra en Oliver, unos veinticinco años después de los hechos de Llámame por tu nombre. Sabemos qué fue de él, qué decisiones tomó, cómo siguió su vida. Y, claro, aparece la pregunta inevitable: ¿pensó alguna vez en Elio durante todo este tiempo?

De Da Capo no voy a decir nada. Prefiero no arruinar la experiencia.

Solo puedo decir que es un libro que disfruté muchísimo, y no sé si fue solo por la historia o también por el contexto: leerlo tirada en una hamaca paraguaya, en Punta del Diablo, ayudó bastante. Me gustó cómo se entrelazan las distintas partes y, sobre todo, las reflexiones sobre el amor, la paternidad y esas historias que, de algún modo, nos acompañan para siempre.

Mi niñera de la KGB de Laura Ramos

 Me fascinó este libro. Todavía no sé si fue la mezcla entre la historia personal de Laura Ramos, las descripciones de ese Montevideo que quiero tanto, las referencias locales —restaurantes míticos como El Águila, la mención al expresidente Óscar Gestido— o el asombro constante que provoca la vida de su protagonista.

Porque sí: María Luisa estuvo casada con Felisberto Hernández. Y cuando leí que le cosió el vestido de novia a Ida Vitale, casi me caigo de la silla. ¿Cómo pudo esta mujer vivir en Montevideo, cuidando niños y trabajando de modista (que encima no le salía del todo bien), cuando llevaba encima una historia tan extraordinaria? Una historia que incluye ser espía rusa y haber colaborado en el asesinato de Trotsky.

Leí el libro casi sin soltarlo. Solo paré para comer… y para dejar la hamaca paraguaya cuando cayó la noche. Lo recomiendo muchísimo. Si te gusta la historia, Laura Ramos la cuenta con una maestría literaria admirable y con una investigación monumental, realizada pese a todos los obstáculos que se le presentaron.

No debe haber nada más apasionante que la vida de un agente secreto. El género de espionaje, tan explotado durante la Guerra Fría, siempre supo fascinar. Pero descubrir que la amable señora que cosía ropa y cuidaba a los niños del grupo de amigos de tus padres había sido una especie de Mata Hari —que envenenó a su marido, un espía italiano, que estuvo casada con Felisberto Hernández (quien le dedicó el extraordinario relato Las hortensias) y que, como si faltara épica, participó activamente en el asesinato de Trotsky— supera cualquier ficción.

Esta es la excéntrica y fascinante historia que cuenta Laura Ramos, hija insumisa de una familia atravesada por la vanguardia estética y política de los años 60. Su padre, Jorge Abelardo Ramos —recordarán los más grandes— fue una figura central del llamado “trotskismo nacional”; su madre, Faby Carvallo, una feminista culta y militante del amor libre. Laura reconstruye la vida de África de las Heras, espía de la KGB, condecorada con la Orden de Lenin, la máxima distinción de la URSS, a quien ella conoció simplemente como la entrañable María Luisa.

Pero el libro va mucho más allá del anecdotario familiar. La autora comprendió el alcance histórico de su descubrimiento y emprendió un viaje que la llevó por Montevideo, Cuba, México, Ceuta —en el norte de África, donde todo comenzó— y hasta Inglaterra, donde se conservan los archivos secretos de la ex URSS, en el Churchill College.

Con compromiso personal y rigor histórico, se mete de lleno en una historia que la atraviesa y que está sólidamente respaldada por una bibliografía exhaustiva.

El relato sigue la vida de la protagonista desde sus días en la resistencia republicana, donde se destacó como combatiente y conoció a la legendaria Caridad Mercader, madre de quien ejecutó el asesinato de Trotsky. Luego, convocada por los servicios secretos soviéticos, integró un comando paramilitar de la KGB y se infiltró en la retaguardia alemana en Ucrania, donde demostró tal valentía que recibió la ciudadanía rusa.

Más tarde, cuando la URSS decidió instalar un centro de espionaje en Sudamérica, la enviaron a Montevideo —un verdadero “nido de espías”, según uno de los entrevistados—. Allí vivió y trabajó durante veinte años sin ser descubierta por ninguna agencia de inteligencia ni por sus amigos de la izquierda rioplatense, para quienes esta revelación fue, décadas después, un verdadero shock.

Un libro que se lee con asombro permanente y que demuestra, una vez más, que la realidad puede ser mucho más increíble que cualquier novela.

 La vida es breve, etcétera, de Veronica Raimo

Cómo me gustaría escribir como Veronica Raimo. Escribir así y hablar de Montevideo, de mis vecinos, de esas escenas mínimas que parecen inofensivas y de pronto se vuelven raras, incómodas, inolvidables.

Pienso, por ejemplo, en el cuento El encargo: una mujer toca timbre para pedirle plata a la vecina y colaborar con una corona de flores. De ese gesto mínimo nace una relación impensada, bizarra, utilitaria para ambas, que se va torciendo de a poco. O en El regalo, donde una mujer recién mudada encuentra sobre el felpudo que dice wellcome, con un gato dibujado, un pepino dentro de un preservativo. Así empieza todo. Así de absurdo, así de perfecto.

Los relatos de Raimo son hilarantes. Su humor es irónico, original, filoso. Te dan ganas de leer todo lo que escribe porque logra sacarte de tu vida y meterte de lleno en un mundo extraño y muy gracioso, donde nada es del todo normal, pero todo resulta inquietantemente verosímil.

También tiene frases que te dejan sin aire. En el cuento Presencia, que gira en torno a una ruptura, escribe:

Una ruptura no es un momento fijo en el tiempo.
Esculpida.
Inmóvil.

Una ruptura no es una transición, un punto de inflexión.
No hay un antes y un después.

Una ruptura es una experiencia continua.
Es detonante y permanencia.”

Este texto me sonó como una piña en la panza.

Los cuentos son cómicos y amargos al mismo tiempo. Las relaciones están llenas de asperezas y las mujeres —impulsivas, a veces alocadas, traicioneras y, aun así, dispuestas a fiarse de cualquiera— son expertas en dejarse llevar, pero no tanto en soltarse. Por estas páginas circulan mujeres demasiado perezosas para ser rebeldes, racionales pero supersticiosas, capaces de inventar mundos imaginarios solo para después destrozarlos sin piedad.

Terminé el libro con una certeza: salgo corriendo a comprar su último libro. Porque cuando una autora te provoca estas ganas, no hay mucho más que pensar.

Yo no sé de otras cosas de Elisa Lev

Es un libro extraño, y me gustó justamente por eso. Porque incomoda un poco, porque saca de la zona conocida. Me atrapó la forma en que retrata la vida en un pueblo aislado: cómo se mira al que llega de afuera, cómo se construyen los vínculos, cómo se convive con la muerte y con la falta casi total de atención médica.

La novela es el relato que Lea, una joven de diecinueve años, le hace a un forastero mientras espera que aparezca su perro, perdido en un bosque al que nadie se anima a entrar. No hay cobertura, no hay policía que busque a los desaparecidos. Ese bosque, siempre al borde, parece tragarse a las personas. Mientras espera —porque Lea sabe que el perro va a volver— le cuenta su vida, la del pueblo y la de un mundo que, según dicen, estaba por terminarse.

Lea vive atrapada entre el deseo de irse y la certeza de que todo lo que sabe solo sirve ahí. Tiene una hermana enferma, una madre que se llama como ella, un amor que no la quiere y una sensación constante de nudo en el estómago. En ese pueblo casi vacío, donde todos se van y casi nadie llega, afuera pasa poco, pero por dentro ocurre todo.

El pueblo huele a campo, a pasado, a cosas no dichas. Los rencores se heredan, la memoria queda abierta como una herida y la muerte circula con naturalidad, incluso entre quienes dicen no temerle. Lea observa, piensa, rumia. Cree que el dolor no se llora, que se guarda hasta que sane solo. Habla para que lo no dicho no se enquiste.

La escritura de Elisa Levi es poética y delicada, pero no inofensiva: entra despacio y, si te agarra, te aprieta la garganta. La novela habla del duelo, la precariedad, la injusticia, el miedo al futuro y la responsabilidad con el lugar que habitamos.

Al final, queda flotando una idea poderosa: el mundo que se acaba no es el planeta, es la infancia. Es la vida en el pueblo antes de dar el salto a lo desconocido. Ese abismo que asusta, pero al que, tarde o temprano, hay que animarse a mirar.

Un libro para leer sin apuro y ver qué nos despierta. Porque algo, seguro, deja.

 


Hoy es primero de enero de 2026, así que no quería dejar pasar la oportunidad de desearles un muy feliz año. Que sea lo que cada uno necesite: para algunos, viajes; para otros, un desafío laboral cumplido; para otros, simplemente un poco más de calma.

Para mí este año es especial. Entro en una nueva década y el gran desafío es ese que parece simple y no lo es tanto: quedarme con lo que suma y aprender a soltar lo que no. Ojalá sea un año con mucha gente querida cerca y, sobre todo, con muchos —pero muchos— libros leídos.

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Janet Rudman
(02 Enero 2026 , 08:06)

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