Por Salomón (Lalo) Vilensky
N. de Red: El autor de esta nota, el uruguayo israelí Salomón (Lalo) Vilensky, es el Director del mayor parque industrial de la Galilea, Dalton. Reside en el kibutz Farod. Todas las fotos publicadas entre estas líneas, que él nos ha proporcionado, son de impactos de misiles en la zona aledaña a Dalton, concretamente entre el parque y la ciudad de Tzfat, Safed, a 4 kilómetros.
A continuación, su texto.

En el norte de Israel no necesitamos análisis geopolíticos sofisticados para entender lo que está pasando. Lo vivimos.
Volvimos a lo mismo: incertidumbre, refugios, sirenas y la sensación de que nada cambió.
Después de semanas de guerra —con el Líbano, con Irán en el trasfondo— la pregunta es simple y brutal: ¿para qué sirvió?
Se gastaron miles de millones. Se agotaron recursos militares. Hubo muertos de ambos lados. Familias enteras volvieron a los refugios con sus hijos y sus nietos.
Y hoy, Hezbollah sigue ahí. A pocos kilómetros. Antes a 3, ahora a 10. En términos reales, no hay diferencia.

Entonces, ¿cuál es el logro estratégico?
Más aún: lo único nuevo que aprendimos es que los misiles iraníes llegan, y que la Iron Dome no es infalible. Un 95% de efectividad suena alto en un informe militar. En la vida real, significa impactos. Significa casas destruidas. Significa muertos.
Y en el norte hay todavía miles de personas sin refugios adecuados.
Durante décadas se prometieron soluciones. No llegaron.
Pero al mismo tiempo, el Estado sí encuentra recursos para otras prioridades. Se destinan presupuestos crecientes a sectores ultraortodoxos y a grupos políticos que no participan en la defensa del país en la misma medida, pero que sí condicionan la política nacional.
Esa no es una discusión ideológica. Es una cuestión de prioridades.
Mientras en el norte faltan refugios, en Jerusalén sobran acuerdos políticos.
Mientras las familias viven con miedo, el gobierno liderado por Benjamin Netanyahu sigue tomando decisiones que parecen responder más a su supervivencia política que a una estrategia de largo plazo para el país.
Y hay algo todavía más preocupante: el rumbo.
Porque detrás de estas decisiones hay una visión. Una visión impulsada por sectores ultrarreligiosos y nacionalistas que promueven una idea de conflicto permanente, de un Israel que debe imponerse sin resolver nunca el problema de fondo.
Esa visión no ofrece futuro. Solo ofrece más guerra.
Israel tiene derecho a existir. Tiene derecho a defenderse. Pero no puede seguir actuando sin una estrategia de salida.
No se puede entrar en guerras sin saber cómo terminarlas.

No se puede seguir acumulando rondas de violencia esperando resultados diferentes.
Y no se puede seguir ignorando a una parte del país.
En el norte no estamos solo con miedo. Estamos cansados.
Cansados de promesas incumplidas.
Cansados de decisiones que no cambian la realidad.
Cansados de sentir que somos una periferia sacrificable.
Lo más grave no es la guerra.
Lo más grave es la falta de dirección.
Si esto sigue así, no estamos construyendo seguridad. Estamos construyendo una rutina de conflicto que heredarán nuestros hijos y nuestros nietos.
Y eso no es inevitable.
Es consecuencia directa de decisiones políticas.





