Crédito de las fotos: Paola Liguori
Me encontré con Nunca podemos descansar del todo en una feria del libro judío organizada en la sede de Lamroth Hakol, en Florida, provincia de Buenos Aires. Había mesas repletas de nombres conocidos como David Grossman, Amos Oz, Adriana Riva, Eshkol Nevom, autores conocidos que ya leí.
Entonces apareció un librero —cuyo nombre no recuerdo— y me dijo: «Llevate este». Erara un libro de cuentos de Gabriela Mayer. No conocía a la autora, no había leído una reseña, no tenía recomendaciones de amigos ni había escuchado entrevistas. Solo tenía un título que me atrapó de inmediato: Nunca podemos descansar del todo.
Hay un placer difícil de explicar en comprar un libro de un autor desconocido. Vivimos rodeados de algoritmos, listas de "imperdibles", premios literarios y recomendaciones que parecen anticipar cada una de nuestras elecciones. Encontrarse con un libro sin todo ese ruido es un pequeño lujo.
Es casi como volver a leer de la manera en que leíamos antes: dejándonos llevar por una tapa, un título, una intuición o la pasión con la que un librero o una bibliotecaria recomiendan un libro.
Abrir esas primeras páginas es aceptar una invitación sin saber adónde conduce. Y pocas cosas me entusiasman tanto como esa incertidumbre.
Gabriela Mayer es cuentista y periodista cultural y le resulta inimaginable una vida sin escribir. Se graduó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Sus artículos fueron publicados en medios nacionales e internacionales como Infobae y la agencia de noticias dpa, donde se desempeñó como editora del servicio español durante más de veinte años. Está a cargo del área de prensa del Goethe-Institut Buenos Aires y coordina talleres de escritura creativa. Recibió varios premios y menciones en certámenes literarios; entre ellos por el relato “El jueves del sillón“, primer premio del Concurso Leopoldo Marechal en 2008, y por “La terraza“, segundo premio del Concurso de Cuentos Victoria Ocampo 2015. Algunos de sus relatos se tradujeron al inglés, alemán y serbio. Entre sus libros de cuentos se encuentran “Nunca podemos descansar del todo“ (Milena Caserola, 2025), “Sueños como cuchillos“ (Milena Caserola, 2022), “El pasado sabe esperar“ (Alción Editora, 2018) y “Todas las persianas bajas, menos una“ (Ediciones Al Margen, 2007).
Crédito ilustración de tapa: Lucía Martinez Mayer

Ser lectora y escribir son dos partes de un mismo todo: no se puede escribir sin leer. ¿Qué autores recordás haber leído en tu infancia?
Leí muchos libros de las colecciones Robin Hood e Iridium, desde “Mujercitas” y “Papaíto piernas largas” hasta los libros de Emilio Salgari (me encantaban los de Sandokán) y de Julio Verne. En casa no había televisión, así que dedicaba prácticamente todo mi tiempo libre a leer.
Yo solo leí "Nunca podemos descansar del todo" y me generó una perturbación particular, casi como una adicción: me daba ganas de más. En un mundo donde el terror y lo no racional están tan de moda, ¿qué buscás provocar en el lector?
Posiblemente en estos cuentos busque que los lectores se sientan en un mundo “conocido”. Pero, una vez que se acomodaron, aparece algo que perturba. Muchas veces introduzco, a través de los resquicios de la cotidianidad, algún elemento fantástico. Me gusta trabajar también con zonas grises, contradictorias, con el extrañamiento. Y exploro muchas veces los vínculos interpersonales, que son al mismo tiempo tan sencillos y complejos.
En este libro tus referencias son de un mundo sin celulares. En "Disculpen las molestias ocasionadas" eso queda muy claro, con un único teléfono público en el pueblo. ¿Cuál fue la intención detrás de esa elección?
De tanto usar el celular, nos fuimos olvidando de lo maravilloso que era poder mantener una charla telefónica. Hoy día resulta mucho más fácil intercambiar mensajes que entablar una conversación. Muchas veces, para tenerla, hay que coordinar antes un horario. Antes el teléfono simplemente sonaba y atendíamos. Entonces me gustó escribir una historia donde se resignifique el valor de esas comunicaciones telefónicas, ahondar en cómo marcaban la vida de la gente. Y quise también homenajear al teléfono público, ese noble aparato en vías de extinción.
Contame la historia de tu primer manuscrito: ¿cómo fue el proceso de edición hasta que llegó a la imprenta? ¿Qué sentiste cuando lo tuviste impreso en tus manos por primera vez?
Publiqué mi primer libro de cuentos en 2003 y lo hice –por única vez– mediante la autoedición. Después me arrepentí un poco, pero fue un gran aprendizaje. En el momento en que lo tuve por primera vez en mis manos sentí una felicidad inmensa, esa sensación de haber concretado un deseo que me había habitado desde siempre.
¿Qué significa para vos "ser escritora"? Cuando tenés que completar un formulario y te preguntan a qué te dedicás, ¿qué respondés?
Significa algo muy hermoso, que es el privilegio de construir un mundo en pocas páginas y además poder compartirlo con otras personas. Si me preguntan a qué me dedico, suelo decir “escritora”, junto con mis otras actividades profesionales. Muchas veces la gente que no tiene contacto con el mundo de la escritura se queda un poco sorprendida. Pero, en los formularios, no suelo identificarme como escritora. No sé muy bien porqué. ¡Me quedo pensándolo!
Si te preguntara en qué escritores encontraste algo que te inspiró —por el tono, el tema o lo que sea— ¿a quiénes me dirías?
En el género del cuento, soy muy fanática de Cortázar y de Fabio Morábito. También me gustan muchísimo otros autores como por ejemplo Samanta Schweblin y Abelardo Castillo.
¿Creés que hay momentos de la vida para cada libro, o si algo no te gusta hoy, no te va a gustar nunca?
¡Qué buena pregunta! Creo que las etapas que vivimos nos marcan también en esa suerte de diálogo que entablamos –o no– con un libro mientras lo vamos leyendo. Aparecen temas que nos movilizan o nos interpelan en determinado momento y en otro no. Quizás en nuestro mapa de lecturas vamos trazando una línea a lo largo de nuestras pasiones, curiosidades e inquietudes.
Un placer hacer estado en contacto contigo.





